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¿Cómo sabrán tus labios ahora que tanto te pienso retando al tiempo y la memoria?
Cómo si hace unos minutos los hubiera besado.
Saben a luz, la que me falta en mi vida oscura de apenas un metro de horizonte en cualquier dirección.
Sin ti la oscuridad dimana de mí. Y surge en tromba por mis labios secos y los ojos opacos de grisentería.
El recuerdo de tu boca luminosa es una cicatriz que rasga y cauteriza mi razón en dos vidas: contigo y sin ti.
Luz y oscuridad, la eterna lucha aplicable a todo en la vida.
Y la luz de tus labios está cada día más lejana. Pronto se extinguirá y ya no podré distinguir entre vida y muerte.
La oscuridad que me cubre es un manto espeso como el alquitrán y hace los días oscuros e indistinguibles. Eternos.
No llega nunca el momento de la muerte, tal vez tema que la contamine de oscuridad.
Sin embargo, respiro en un ataúd.
No tengo miedo, sólo es la desesperación por una pérdida infinita.
Es el brillo y color de tus labios la única imagen que demuestra que una vez habité la luz.
Habité en ti, dentro y a tu alrededor respirándote.
Ni siquiera encuentro el cuchillo para cortar el flujo constante de negritud que surge de mi pensamiento partido y corre por mis venas de mierda.
La oscuridad es abandono y humillante incapacidad.
Todo son malas noticias…
Oscuras.

Foto de Iconoclasta.

Te he soñado.
Con tu piel nocturna bañada en haces de plata.
He triturado vidrio con los dientes por ansia en mi cápsula oscura que orbita invisible a tus ojos que reflejan dos planetas dulces de miel.
En algún momento del sueño me he preguntado qué sería de mí si no te hubiera localizado entre todos esos millones de seres masticantes.
Se me ha formado una perla roja en un lagrimal. Lo he visto en el reflejo de la ventanilla. No duele, sólo turba y angustia.
Dicen que no hay luz sin oscuridad. Yo digo que, aunque mi oscuridad se disuelva en lo Oscuro Supremo, tú esplenderás argenta en la penumbra, áurea en el día.
Un bronce aterciopelado bajo las oscuras nubes…
No sé qué hacer para escapar de la cápsula, de mí mismo; pero además, no sé si quiero hacerlo.
Sé que cuando me acerco al espejismo desaparece.
Y es horrible, aniquilador el vacío que queda.
Mi lejana oscuridad preserva tu presencia en la vida. En la mía.
Y cuando despierto oscuramente, ese primer trago de melancolía en la tierra me disuelve cosas por dentro.
Misericordia…

Las dos caras de la moneda, en el mismo instante, en el mismo lugar y yo entre ambas.
Es un magnífico privilegio el mío.
Estoy donde debo.
No necesito nada más.
Miro al sudeste para encontrar el sol radiante y su luz. Al noroeste, y dándole la espalda a la luz, la oscuridad plomiza y majestuosa.
El paisaje inspira en mi pensamiento una metáfora de la vida en cautividad mientras observo la aguja de la brújula estabilizarse e indicar la dirección de la oscuridad que me da paz.
De luz hay tanta… Mis ojos tienen cierta edad y una mirada atávica que he trabajado segundo a segundo.
Allá en la ciudad, en cautividad, si miras a la luz das la espalda a la mezquindad y su maldad, al oscurantismo, la represión y la esclavitud a la que te condenan al nacer con pecados, mandamientos y leyes. Con sus condenas siempre pendiendo sobre tu cabeza, afiladas y mortales para la libertad. Y como al cielo plomizo, nada detiene.
Se podría creer que la luz es la esperanza; pero sería una puerilidad, un infantilismo indigno de un ser humano adulto.
Sin embargo, es lo que hace el humano cautivo en sociedad: mirar la luz esperanzado en la milagrería de sus amos y sacerdotes que muestran sus puñales rituales para hacer de él sacrificio a nadie.
Escupo la colilla del cigarro con displicencia molesto con la metáfora y su alegoría, algo que sólo se da lejos de aquí; en este momento a millones de años luz de mi pensamiento.
En libertad las metáforas se diluyen y pierden todo significado ante la belleza y majestuosidad del cielo y la tierra, de lo palpable, visible e incorruptible por los sacerdotes legisladores de pecados, condenas y privaciones que alzan desde el púlpito sus símbolos doctrinales predicando absurdidades con codicia.
Amo la oscuridad y la luz que sin hipocresía y con la sencillez de un respiro el planeta ofrece en libertad absoluta.
No necesito nada más, ni una moneda.
Es todo y soy con ello en este instante y lugar, entre la oscuridad y la luz; donde los sacerdotes en una justicia salvaje son cadáveres cubiertos con hojas muertas alimentando la tierra.
Donde podría partirme un rayo o la luz templar mi piel, sin más consideraciones.
Y lo mejor, elegiré entre la luz y la oscuridad, no le temo a la libertad.
Sin palabras farfulladas o urnas construidas con deshechos.
Elijo la cara o la cruz, según mi ánimo. Relajado e ilusionado, ahora sí; es mi precisa y firme elección.

Fotos de Iconoclasta.

Amar deshilacha la mente en las precisas emociones que escondemos por supervivencia y las expande como el prisma descompone la luz blanca en todos sus colores.
Y observando cada una de esas maravillosas emociones desplegadas, robarle un beso porque está preciosa.
Arropar su coño con mi mano…
Abrazar toda su gama tonal espiritual y emocionarme.
Y soportar la mortificación de la sangre congestionándome la polla.
Deslumbrarme con ella y doblegar la triste cotidianidad, como el agua refracta la luz quebrando las uniformes líneas rectas. Rompiendo lo sórdido, mediocre y previsible.
Descubriendo su clítoris atómico, duro y resbaladizo entre mis dedos…
Besarle con los dientes los labios y lamer como bestia hambrienta su coño con líquidos ruidos en una dimensión silente.
Mi rabo partido por su poderosa refracción en su líquida vagina.
El amor es como la luz. Nos descompone a ambos haciéndonos seres de luz. Y a través de la refracción y descomposición, la vida al fin se muestra asombrosa y fascinante.
Como mi leche escurriéndose entre sus muslos trémulos, agotados de placer.
El amor y su asombrosa refracción torna el cansancio en una deliciosa desidia y pereza; despertando a su lado la tarea más importante del día ha sido realizada. Con ella todo lo demás puede quedar relegado para más tarde.
Voraz, despertarla con mi baba cubriendo sus pezones y mis dedos crispados en su vientre deseando su piel peligrosamente.
Ella responde mordiéndose los labios, cerrando el puño en mi pene, domando mi brutalidad, refractándola a su antojo.
Y un café sereno en la mañana, frente a frente, para concluir que tal vez no sea un espejismo, un capricho de la luz. Porque los sexos aún laten y los ojos aún tienen reflejados en sus iris todos los colores de la luz del amor y el deseo.
Es desesperante la física que lo descompone todo.
Es privilegio tener su luz cada día como un faro que barre las tinieblas de un mar sólido, hostil y sus embates de hipocresía.

Desde que a finales del otoño caen las primeras heladas nocturnas, el hielo en algunos lugares no se derrite y se acumula noche tras noche, allá donde el débil sol invernal no puede llegar porque las montañas crean umbrías que se extienden por la tierra.
Sombras que el frío pinta de blanco cada noche y cuyos contornos observo con la curiosidad de mi pensamiento atávico e inquebrantablemente asombrado.
Los parajes son metáforas de uno mismo; es un ejercicio, a veces cruel, encontrarlas o formarlas o deformarlas. O pervertirlas para que todo cuadre en tu cabeza.
Metáforas y coincidencias del pensamiento necesitado y voraz de vida y muerte, calor y frío, hambre y comida, dolor y follar…
Los lugares son eternos, estuvieron allí en el nacimiento del primer humano y continuarán cuando muera el último. Al morar en ellos, la tierra y su hielo nos contamina de sí misma.
Unos, los más, buscan la luz y la calidez. Yo estoy bien entre la escarcha acumulada, vieja y agreste porque no hay nadie en ella.
He visto asaz de humanos, los conozco a todos.
Duele más un golpe en la carne fría que la caliente.
Sin embargo, necesitas profundizar más el filo en la carne fría para que sangre. Si has de cortarte las venas o tirarte por un precipicio, que sea en tierra cálida; todo son ventajas para los inquietos suicidas.
Frente al definido límite de lo templado y lo helado, es parecido a asomarse a un barranco, pero sin muerte. Un paso más y metes el pie en la frialdad. En ambos casos, inevitablemente, imaginas con inquietud la consecuencia de avanzar.
Caminando por el hielo los pies pierden temperatura gradualmente en un acto parecido al de la muerte, así se deben enfriar los cadáveres.
No importa, no soy forense.
Es por no callar, sufro verborrea aguda.
Pero si fuera forense, llenaría de ceniza la fría boca del cadáver al que no le molesta ya quien fuma.
Si das el paso al bando blanco sentirás el hielo crujir, la suela de la bota enfriarse y los dedos encogerse incómodos. Y un poco más tarde, babosas que trepan por tus piernas robando el calor la sangre.
Me gusta pisar con fuerza el hielo y el crujir de mis botas que hace los pasos potentes, lo que no son en la tierra templada…
Aún me quedan rastros de una injustificada vanidad.
Es un hielo bueno, que no parte los huesos haciéndolos salir astillados por la carne, como cuando caes al resbalar velozmente en el pavimento de la sucia ciudad.
Con cierto esfuerzo, habitamos donde debemos o elegimos.
Si podemos…
Porque nacemos en cautividad y es difícil escapar de los cochinos amos y sus mierdosas calles y ciudades.
Hay lugares a los que no llega la calidez de la luz en todo el día, en todo el invierno.
Permanecen mudos en la gélida luz, esperando el ansiado próximo equinoccio, como las ramas desnudas de los árboles pidiéndole al cielo algo de calor.
Tienen algo cruel y viejo las zonas heladas a pesar de su blancura que evoca bondad.
En el hielo la piel se llena de una escarcha que te come la energía y te detienes a menudo, más que cansado, harto al final del invierno.
Y te preguntas cosas absurdas al observar la luz detenerse ante la raya que separa blanco y tierra: ¿teme la luz congelarse? Es como un perro que furioso ladra, pero no da un paso más.
Afirmo también, en base a la experiencia, que la esperanza es lo primero que se pierde y se congela durante eones en ese paraje donde hay una luz insuficiente para templar los sueños.
No hay esperanza alguna para sentir la calidez de la piel amada; sin embargo, con el primer paso del día en el hielo, pienso en ella y su calidez.
Pareciera entonces que el hielo se deshace y chapoteo en agua.
Mi amada cálida puede más que el sol…
La esperanza está congelada; pero el amor y la fantasía de amarla es un fuego imparable que hace mis pasos líquidos como su lejana mirada que me diluye todo por dentro.
El humo del cigarrillo no sube con la frialdad del aire y su rostro se dibuja en la voluta de humo flotante.
Una comadreja, con su coqueta mancha blanca en el pecho me mira de lejos con curiosidad, se pregunta si estoy vivo o muerto en el páramo de nadie.
Bueno, puede que no esté muy vivo.

Foto de Iconoclasta.

La Luna y su corona, un halo multicolor que la convierte en un sol frío, en un ojo abierto en la oscuridad del cielo.
Un búho cósmico ha abierto un párpado…
Vale la pena alzar la mirada al cielo nocturno y observar a la voluble Luna.
Es tan fascinante que obliga a observarse uno mismo presa de las aleatoriedades de la vida y las cosas malas que ofrece a los que no nacimos en el tiempo y lugar correctos. Y caes en la cuenta de la inmensa oscuridad que eres. Que no luces, no brillas, no hay nada que te corone.
No fascinas.
Sólo te matan.
Y es inevitable pensar en ti como la luz a la que me aferro en mi negritud.
Otra vez…
Eres mi Luna. Ojalá fuera yo la corona que te rodeara, ser tu halo es una de esas imposibilidades que me preocupan: no rodearte entera y hacer de ti una perla en mi núcleo de apagados colores.
Te pienso sostenidamente, perdido en ti; y en lugar de fría y lejana, la Luna se hace cálida como las caricias de los amantes desfallecidos.
Hoy la Luna luce con corona, es su majestad de las noches frías.
El centro de oro en una gélida aurora boreal que la envuelve.

Y alzamos la mirada a la majestad, preguntándonos si conoce nuestra existencia.
Es tan deseable como letal.
Una corona lunar… Podría ser que la Luna se siente alegre o tal vez furiosa, no sé… Depende de la tristeza de mis días.
No sé qué pensar, me pierdo en mí mismo.
Concluyo que a la Luna no le queda bien la corona. Está muy guapa desnuda y blanca. La corona la vulgariza.
No es habitual que luzca como un átomo, el más grande del cielo; pero cuando lo hace pierde la nitidez y la pureza de su piel de plata.
A la Luna la amo desnuda, como tú ante mí.
La Luna y tú nacisteis para ofrecerme un atisbo de la belleza más pura, una condescendencia piadosa para un ser mínimo como yo.
También es fría y me roba el calor de la mirada cuando más falta me hace, cuando hace obvio que estoy abandonado aquí.
Te quiero desnuda, os quiero desnudas y frágiles en mis brazos, sentir así que existo, que no soy inmaterial a vosotras.
Es posible que no quiera corona y se sienta agobiada. Enfadada.
Cansada de protocolos…
Aún así impacta con su corona de poder.
¿Y si la Luna está enojada y muestra su halo de oscuros colores de guerra?
Tal vez se sienta así más sola, encerrada en su propia ira.
Sola e irritada allá arriba…
Con lo bella que es desnuda y blanca, fría y lejana, vanidosa y hostil.
Tanto deseos y sueños que provoca, y tan letal…
Tan árida.
Es el cadáver más cercano a nosotros en el espacio y algunos pretenden hacerla diosa, guardiana piadosa y la personificación de los amantes bajo el influjo de su conjuro de lechoso amor y fría luz.
Quieren verla así porque rechazan la muerte que hay en el universo. Ingenua y cobardemente se obstinan en creer que al morir no mueren y vivirán en algún lugar del cosmos venenoso y congelador.
Los humanos son cobardes y la Luna indiferente a quien vive y muere.
A veces pienso que cuando esté tan muerto como la Luna, mi vapor subirá hasta ella y descenderé en su superficie, como el polvo que la cubre. Y así, tal vez, observe a las cosas vivas de la tierra sin sentir nada por ellos, como si nunca hubiera estado allá, donde he estado muriendo toda mi vida.
Estar sobre tu piel desnuda y ya no esperar, sólo estar en paz.

Fotos de Iconoclasta.

Es un día de sol otoñal, de los que hacen sudar al caminar largo rato y al detenerse, la piel se enfría más rápidamente de lo que se consume el hálito del moribundo atiborrado de morfina.
Si te detienes estás muerto, desconfía de dios si existiera.
Pienso en las infecciones pulmonares y la penicilina.
Y extrañamente, en el soleado camino, se encuentra orando al sol una mantis en lugar de estar fundida con la hierba.
Cuando me he acercado a fotografiarla no se ha movido de su lugar, simplemente ha girado su predadora e impía cabeza y me ha observado con su mirada gélida a pesar del sol que la baña.
¡Qué valiente!
Me emociona ese ingenuo coraje de los animales pequeños. No temen, no huyen y protegen su tiempo y lugar que ocupan.
–No eres más que yo –dice con su mirada mecánica y las mandíbulas mordiendo las palabras apenas han salido.
Lo mata todo… Qué envidia.
Y no lo soy, no soy más que nadie. No necesito que una mocosa mantis me lo diga. Sólo nos parecemos en el verde de los ojos, si se le puede llamar “parecido” a su verde intenso y vital contra mi verde irritado por el sudor, el acumulado exceso de luz y desgastado por un hartazgo vital.
Todas sus patas son perfectas, yo tengo sólo 1,2.
Ella es perfecta, eficaz, una cazadora nata. Yo un cerdo que se alimenta plácida y cómodamente.
Ella es estilizada, la cima de una evolución perfecta. Yo un gorila a medio hacer, torpe y asqueado de mi especie.
– ¿Por qué estás en el camino y no oculta en la fronda?
–Porque soy alérgica al diente de león y hay mucho por aquí.
– ¿Cómo va la caza?
–No tengo hambre, sólo quiero secar la humedad de mi coraza.
–Como se dice que eres tan voraz…
–Yo no viviré tanto como tú, me he de apresurar en cazar y matar cuanto pueda, no es una cuestión de hambre, si no de trabajo. Disciplina, disciplina… –divaga ella olvidando mi presencia.
–Pues ahora mismo estás muy tranquila, relajada.
–Estoy pensando en cómo sería devorarte, no seas frívolo.
–Te podría haber pisado.
–Claro… Lo que no ocurre, no importa. No soy humana y mi tiempo es breve.
Ninguna parte de su cuerpo se ha movido en todo este tiempo, y su mirada ha adquirido la frialdad de la luna muerta. Parece haber eclipsado el sol. Tan pequeña…
Pienso que está neurótica, nada es perfecto.
Le digo adiós, como se saludan los caminantes en alta voz, sin que sea necesario, antes de alejarme cojeando de su camino. Me responde con un adiós rascado, triturado.
Las comparaciones entre ella y yo no son odiosas, son tristes. Aunque muerdo con fuerza el cigarro por una rabia que arde en mi cerebro, la tristeza me arrastra siempre a la ira, tal vez por hacerme sentir avergonzado.
No puedo entender cómo, en algún momento, mis padres llegaron a sentirse orgullosos de su hijo. Madre me quería tanto que me hace sentir ser un fraude, aún que está muerta. Incluso en la adultez vi en sus ojos el brillo del cariño. A veces pillaba a mi padre mirándome con orgullo. Agradezco a sus amados cadáveres aquellos halagos.
No sé… Los padres se equivocan tanto como los hijos, incluso más porque abusan de su tamaño y fuerza.
La mantis mira al sol pensando en cómo devorarlo. Sus espinosas garras se agitan en un tic constante intentando desplegarse y cazar.
Y agradezco al día el encuentro con la señorita mantis, agradeciendo también no ser el señor mantis atraído por esos ojazos suyos.
Aunque morir no es bueno ni malo, simplemente sucede.
Así que le deseo sin dramatismo o teatralidad alguna, larga vida (más que la mía) a miss mantis, ella sabe disfrutar del planeta con su orgullosa mirada y estilizada perfección letal.
Dios es un mierda, es imposible que la creara.

Foto de Iconoclasta.

No hay nieve, solo incineración y muerte.
Mentira, soy yo lo único que muere. Todo es más fuerte y vivo de mierda que yo.
Y no me gusta la muerte luminosa, humilla los cadáveres.
Los árboles han perdido su fronda protectora y el sol atraviesa sin descanso mi carne dejando ver la silueta de los huesos en mis manos.
Soy una radiografía nómada.
Un hombre invisible.
Pero no me siento hombre, no me siento nada.
No tengo hojas que ofrecer en sacrificio al sol invernal.
Exige mi piel y el alma que hay debajo…
Lo cierto es que no importo tanto como para que el sol exija nada de mí, es la cruda y cocida realidad. Fui un nacimiento anodino y busco patéticamente trascender unos segundos siquiera antes de evaporarme.
Una ceniza que camina a la desintegración…
Debí ser piedra y algo mutó que me hice cosa orgánica y combustible.
¿Dónde están los dedos de mis manos? Y mi cigarrillo…
Me aterra no tener sombra, soy íntegramente mediocridad. He perdido mi opacidad, la prueba de mi existencia.
Es estremecedora la luz, cochina luz calcinadora…
Los árboles con sus incombustibles cortezas resisten el bombardeo solar y es público silencioso de mi evaporización.
¿Cómo he conseguido morir así?
No quiero ser luz. Ni que se quiebren mis piernas de ceniza y desmoronarme en una nube de polvo en el sendero.
Y el bosque protector inalcanzable.
Es terrible, nunca he tenido suerte…
Soy un privilegiado que folla con la Dama Sórdida, la diosa podrida de la humanidad sin rostro.
Voy a morir incinerado e indoloramente aún que estoy vivo. Como si la indignidad fuera indolora.
No jodas…
Sin un ataúd que proteja mi cadáver durante un segundo siquiera.
Yo no quiero morir así.
Quiero sangrar y gritarle puta a la vida con dientes fieros, escupiendo baba roja.
Que duela morir.
No así, evanesciéndome en la luz, un alma llorando por su carne.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Es sorprendente su ímpetu y entusiasmo al recibir el nuevo día hablando, cantando, riendo…
Amanece cuando ella abre los ojos, aunque el sol lleve horas calcinando las pieles.
Amanece cuando inunda con su voz mi mundo, que está en ella.
Literalmente, cuando ella amanece se rasgan mis tinieblas.
Y el sol siente que no ha hecho bien su trabajo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

A veces no odio el sol, a veces no odio que me caliente más de lo que estoy.
Agradezco su tibieza cuando la gelidez me ha enfriado tanto la sangre.
Cuando los dedos de una pierna casi muerta se parecen aterradoramente en su cérea palidez a un cadáver (la carne de mi padre muerto).
¿Has probado alguna vez, tras mirar el fuerte reflejo del sol en la superficie de las cosas y las pieles, a cerrar los ojos rápidamente?
Es como hacer una foto y capturar el calor, un calor amable que hace rojiza la oscuridad de ti mismo y da calor a un pensamiento frío, un poco cansado muchas veces.
Te lleva a suspirar por consuelo y paz.
Así te amo yo, cielo.
Suave, templada y luminosamente.
Como un destello de consuelo y esperanza dentro de ti, donde más profundo podría llegar jamás.
Quiero pensar, necesito desesperadamente creer que soy luz y calor en ti.
Esplender en tu alma…
Sin que te des cuenta, cuando cierres los ojos al mundo, entraré yo y sonreirás porque estaré bien en ti, seré una foto perdida en el tiempo, en tu pensamiento.
El mundo no está bien, nos lo han estropeado todo.
Y yo que me creo fuerte, quiero combatir el mal por ti, en ti, dentro de ti. Una caricia mortecina y cálida en tu alma. Un “todo está bien, amor”. Sin palabras, sin toda esta hemorragia de letras que no consiguen definir tanto amor.
Lo que no evitará que te joda, que me meta en ti furioso como una bestia en celo, con la lengua destilando una baba animal, con mi rabo trémulo, henchido de sangre y semen.
En tu coño.
Coño adentro… Sin piedad…
Lo he intentado, quería ser sencillo, suave, una pequeña existencia esperanzadora en tu pensamiento. Inevitablemente, amarte no es tan sencillo ni sutil. Es brutal.
Primigenio.
Que mi calor llegue a ti, mi amor.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.