Al final del verano se hicieron amarillentas, sobre todo en lo más alto de las copas, donde la savia apenas llega de puro cansancio, por el calor acumulado y la evaporación de las cosas. Y ya en otoño, cuando se hicieron doradas, cayeron al suelo porque el oro tiene un elevado peso específico y los peciolos no soportan esa carga de bella e inmensa riqueza. Si no estás cuando caen, dios el sarcástico, las convierte en laminillas húmedas de oropel barato, sin ningún valor en los mercados de metales preciosos. Los buscadores de oro lloran con su codicia insatisfecha observando casi incrédulos la hoja entre sus dedos que no vale una mierda ahora. Los usureros tristes y decepcionados, ansiosos de acaparar; deciden así buscar setas y hongos que huelen a humedad y moho y que, en muchos casos nacen de la infamia de la tierra; cosas que callan muy astutos ellos para semejar hábiles y sibaritas culinarios al llegar a sus casas con su vergonzoso fracaso áureo a cuestas, allá en el fondo del cesto, bajo las sucias setas. Yo al igual que dios, me río feliz de estas deliciosas frustraciones de otoño. Me gustan más las hojas que manchan las montañas de menstruación, me hace pensar más en las mujeres y follarlas.
No identifica el porqué de esa extraña y dulce melancolía envuelta en una gasa ensangrentada de esperanza por algo indefinido. Por fin se da cuenta de que camina por los alrededores del centro veterinario donde llevó a su compañero antes de saber que moriría. No podía imaginar que se iniciaba el descenso a la imparable muerte. A veces ocurre que la tristeza se encapsula en el tiempo, y permanece intacta al desgaste. Debería extirpársela con una navaja de afeitar, por el cuello; se dice sin darse cuenta de que su puño está cerrado con fuerza. Es desgarrador visitar el último lugar donde empezó a acabarse la vida. Y por alguna razón sus pies lo llevan allá. Tal vez en su dolor hay una esperanza ingenua, deliberadamente inocente para conjurar esa densa tristeza: pudiera ser que su compañero se hubiera perdido y se encontraran en el último lugar donde aún no había tragedia. Y llevarlo consigo de nuevo a casa. No deberían doler tanto los seres tan pequeños. Es ilegal. Apenas pesaba cuatro kilos. Y tanta tristeza provocando interferencias líquidas en su campo de visión… Algo no está bien en el planeta. Las desmesuras de la tristeza y la fatalidad son absolutamente desproporcionadas a su propio peso. A su importancia como ser humano. Es un mediocre y sus padecimientos deberían serlo también, no estas toneladas que caen encima de su ánimo y le aplastan los latidos del corazón haciéndole pensar que morir es una buena forma de salir de esta opresión asfixiante. El dolor de los que amas y mueren es tan profundo que no llega ningún consuelo a él; se queda entre las entrañas pulsando como una infección caliente con su triste radiactividad que hace mierda cualquier sonrisa y perder el control de la inmutabilidad. Malditas estas putas ganas de llorar… ¿Y ahora cuál será la próxima, hijo puta? Piensa mirando al suelo, más allá de la basura que hay en él. Más profundo. No busca, solo odia hacia abajo porque el peso de esa pequeña tristeza no le permite mirar al cielo.
Hay tal cantidad de ignorancia, ergo desinformación, que los periódicos de media y gran tirada se permiten escribir editoriales doctrinales sin pudor alguno, como las hojas parroquiales de los domingos. En definitiva predican como en internet lo hace la chusma, ganan lectores y prestigio para tener influencia y vender sus servicios al poder. Tan paternalistas y moralistas como el mejor de los panfletos falangistas o comunistas de antaño. Es pura literatura barata evangélica con sus “creemos que” “legislación bienvenida” “dificultar acceso a los jóvenes” … Predican de una forma retórica y sibilina dando la bendición a un ministerio (como el periódico La Vanguardia, por ejemplo) que la educación de los hijos la debe proporcionar el estado. Y el estado cuidará de su salud y les instruirá en ella. Igual con sus hábitos de comida, bebida, sobre los peligros de fumar y los beneficios de beber alcohol. Porque continúan callando, los muy putas periodistas, médicos prostituidos y otros funcionarios inquisitoriales; que los crímenes de toda calaña, los accidentes mortales laborales y de tráfico, el hundimiento afectivo de las familias, la ruina de la economía doméstica y la salud son la consecuencia del alcohol, no del tabaco. Esconden los muy putas periodistas las grandes concentraciones de estudiantes borrachos y las grandes manadas de obreros ebrios y narcotizados semanalmente en las salas de fiesta y baile de cualquier puta capital del mundo. Y es socialmente aceptado que el fin de semana existe para emborracharse, aunque se maten durante el proceso (cosa que me da algo de esperanza, sinceramente y con alivio lo escribo). Es mejor un borrego narcotizado como sea, que fumando y recapacitando durante un descanso en la esclava jornada laboral. Y por supuesto es mejor que aspire toda la mierda de un disco abrasivo, que el humo de un cigarrillo. ¿De verdad los idiotas lo son tanto para no ver lo obvio de la manipulación? ¿De verdad creen en la prensa y en su “Creemos que”? La prensa evangelista calla lo obvio y lo molesto para que el poder le acaricie la cabeza. Seguramente estarán deseando que el estado eduque a los “jóvenes” como obreros, como especialistas, técnicos o catedráticos según un análisis genético; pero sobre todo por la influencia y dinero que las familias puedan tener en el gobierno materno-paternal que cuida (intentan) de todos nosotros de mierda. Estos periódicos, sueñan con constituirse en los privilegiados portavoces (una especie de BOE franquista o como el Pravda de la Unión Soviética exterminadora) de un nuevo falangismo o comunismo disfrazados de un Gran Hermano con falso pelaje democrático. Tolerante y exquisitamente educado hasta la náusea. No es de extrañar que las secciones de cartas de los lectores, sean un catálogo de mediocridad y pedantería donde los afines al régimen del paternalismo y la coba a los gobiernos y sus políticos, escriben de su amor por esta sociedad, su integración y lo muy muy muy respetuosos que son. Aburren hasta la médula de los huesos. A mi hijo, ni el estado y mucho menos un periódico con ansias de ser el evangelio de la moralidad le ha enseñado nada. Yo lo he instruido y educado sobre la vida, le he facilitado acceso a conocimientos y no ha doctrinas castradoras. Lo he educado alejándolo de toda esa falacia de trabajo en equipo y la ferviente fe en las instituciones corruptas y tiranas. Y desgraciadamente no fuma porque no quiere, muchas veces le he invitado a hacerlo. Afortunadamente, tampoco bebe.
Sin un rostro no soy nada, no soy nadie. Solo un error genético. Un espécimen que se extinguirá sin dejar rastro de su existencia. Sin rostro hay una libertad salvaje, cruel y absoluta. Sin cara no hay escrúpulos, ni vergüenzas, ni temor, no hay humanidad. Follarte sin mirarte, penetrarte abominablemente y no amarte con todo el daño que conlleva. Hundir mi cabeza sin rostro entre tus muslos y estremecerme en tu coño como una abominación hambrienta en la oscuridad de mis instintos atávicos. Incapaz de decir que te amo, mi puta. No obedecer o sentir el peso de precepto o moral alguna. Eyacular en tu piel y que se deslice el semen derramándose en la tierra, sobre las bocas abiertas en los rostros sin carne de los muertos. Muertos que tardan demasiado en serlo. ¿Sabes que hay muertos tan estúpidos que se lamentan de cierta dificultad para respirar? Dicen que sienten un asma. Los muertos suelen tardar demasiado tiempo en serlo, y cuando lo son, están confundidos. Si tuviera rostro, se me escaparía una risa inconsolable. Soy feroz. Soy una bestia indescriptible, sin rostro soy invisible. Nunca he soñado con buscar curas para enfermedades y dolores, para el hambre, la sed, la pobreza, la imbecilidad, la cobardía o la envidia. Con rostro me parecía bien y ahora, perfecto que exista todo eso entre los humanos. No quiero intervenir en nada, no quiero modificar ninguna miseria. No espero salvación para mí, para nadie. Me muevo con comodidad entre el sufrimiento, el dolor y la mortificación ajena. Mientras mueren o sufren, solo pretendo amarte silenciosa y sigilosamente, sin rostro, sin miradas que delaten lo mierda que soy. Me basta sentirte como un aire fresco en mi piel. No soy gracioso, no soy ingenioso, no soy risa, ni siquiera un llanto de hastío en un lugar solitario. Sin rostro soy nada y soy superior a todo lo que me rodea. Soy la complejidad indefinible, una angustia filosófica y teológica. Soy la plena aceptación de la muerte y sus consecuencias y la decidida voluntad de sentir soberbia por ello. Tal vez sea el primer paso de mi desintegración al fin. Se borrará todo de mí con el paso de los días en una muerte inhumana y única. Mientras eso ocurre y la humanidad sufre, solo quiero estar contigo, en algún rincón donde no te moleste. Y cuando lo necesites tomes mis manos que aún no han desaparecido y las lleves a tu coño, pidiéndome follarte tan desesperada como silenciosamente. Sobre los muertos y ante los humanos que sufren y mueren o ríen su imbecilidad. Antes de que el amor se borre también, cielo. Por favor…
Y si no te quiero ¿qué pasa? Solo ha sido un experimento doloroso de imaginación. Había una paloma muerta, tan bonita que parecía dormir simplemente, como si la muerte no pudiera corromperla. Me ha dado una pena repentina ver como dormía ajena a su propia muerte. Ocurre que a veces el día se oscurece y espesa en mi cerebro y busco hacerme daño para disipar demasiada adrenalina concentrada. Estar en un tiempo y lugar equivocados, tiene consecuencias psicológicas malas para mí y para la humanidad si no me controlara. Es una paranoia irracional. Es mejor así, cielo; que no sepas de mis autodestrucciones y mis viajes a un lugar enfermo en lo profundo de mi cerebro. Entra con tanta facilidad y dulzura un alfiler en el oído, que es sorprendente su dolor demoledor e inconsolable. Lo dulce mata con mucho dolor. No te culpo, hermosa mía, es una conclusión. Digo que el dolor entra sin darme cuenta hasta que estalla y lloro rojo. Si no te quiero es un experimento doloroso para medir el nivel de dolor y angustia que sería mi vida sin ti. Cuanto más duela, mayor será la intensidad de mi vida. Ya te he dicho de mi irracionalidad desatada. ¿No quererte? Es algo imposible, no puede ocurrir. Mi estructura molecular está cohesionada por las frecuencias de tu amor. Si no te quisiera sería desintegración. No es un escribir banal, amor. Es que a veces mi soledad y libertad es tan hermosa y salvaje, que necesito compartirla contigo buscando mil excusas para escribirte, para emocionarte si tuviera semejante habilidad. Soy tosco, mi amor. Y si te quiero… Que la muerte tenga piedad de mí, que me anestesie antes de llegar para no ser consciente con el último suspiro de que ya no estarás conmigo. Me horroriza saber que cuando acabe la función no tendré tiempo de tomar un café contigo y criticar la gran obra que acabó. Perdona amor, es inevitable pensar en lo peor cuando en mi aislamiento nada me distrae de lo que quiero y amo. Además, tengo décadas de vida que demuestran que todo sale mal con tanta facilidad… Maldita la cobardía que surge de amarte… Si no te quiero… Eso no puede ocurrir en este mundo a menos que muera, porque mi imaginación es muy enorme; pero limita con la muerte en todas direcciones. Perdona mis sórdidos momentos de soledad, cielo. Te quiero, te quiero, te quiero…
La amo silenciosamente, es el centro de gravedad en mi cuidada soledad. La amo estoicamente, con todas la certezas y frustraciones por lo que no será y lo que pudo ser. La amo con determinación. En el tiempo que ya no da más de sí. La amo insistentemente en la vida que ya es prácticamente muerte. La amo sin ser necesario, solo porque existe, porque es. Con una añoranza que me corroe como un cáncer al despertar sin besarla en un nuevo día. La amo tan seriamente como un infarto. Sin un ápice de frivolidad, con toda la tragedia. Hoy te necesitaba, cielo. No es un reproche, es tan solo un estoico cumplido, amor.
Ocurre a veces que llego cansado a cualquier lugar. El hecho de realizar el más leve movimiento me cansa. Me duele. Es la biología, el cuerpo pide descansar de una vez por todas. Pero es delito quedarse quieto, varado como una ballena en la playa. Así que me meto el cansancio en el culo y me muevo. Una vez he llegado al lugar, el cansancio desaparece con un cigarrillo y las primeras palabras que escribo en la libreta. No irás a pensar que me olvido de ti. ¿Verdad, mi diosa? He dicho cansado, no amnésico. Lo cierto es que cuanto más me alejo de mi casa, más me acerco a ti. Pudiera ser que confundiera cansancio con ansiedad. A lo mejor, sueño sin darme cuenta con el rotundo abrazo que aplastará tus pechos contra el mío. Pudiera ser que además de cansado, dolorido y ansioso; debiera concluir que estoy caliente. Amarte es un maravilloso caos. Bye, amor.
Me tatué un 666 en el antebrazo sin asomo alguno de pudor, bien visible. Por una vanidad mitómana. En el otro brazo, un circuito electrónico, porque no soy una creación de Dios, apenas humana. Y en una mano llevo tatuada una placa metálica con mi inicial: mi propio y válido bautismo. Soy inorgánico en esencia. Y cuando hay tormenta, paseando por la montaña pienso: Si Dios existe que me parta un rayo. Y se me escapa una risa pérfida. No ocurre nada no hay rayo que se me acerque, solo estoy jodido y mojado. Abandonado en este planeta que no pedí. Esperaba que la vejez me aplacara; pero estos putos músculos palpitan violentamente henchidos de sangre. Como mi rabo. Si Dios existe, me espera una muerte apoteósica. Mientras tanto, follo y fumo. Está bien, fumo más que follo, nunca he sido muy sociable, tengo una dificultad patológica para entablar relaciones sociales. Y así es imposible encontrar otra mujer que no sea de pago. Y soy demasiado hermoso para pagar por sexo. Si Dios existiera, me la tendría jurada. Es romanticismo, ese que ayuda a dormir pensando que has vencido a todos los subnormales divinos y mortales con los que te has cruzado a lo largo del día. A veces me sangran los tatuajes. Estigmas de un jesucristo que no acaba de entender qué cojones hace aquí.