Tengo una sobredosis de ansiedad de ti. Me he chutado en vena tus palabras y sonrisas, tus sueños y amaneceres injustos. Y mi piel destila gotas de tu alma. Te juro que no es sudor, porque siento el cuerpo helado por dentro. Estoy absolutamente colgado de ti. No distingo si en mi cabeza riges tú o yo. He esnifado recuerdos contigo e incluso he dudado de que los sueños lo fueran. He despertado sentado en una roca a la orilla del río. La lluvia de pelusas de los sauces, como seres celestiales ingrávidos y volátiles sobre el cauce, dibujaban tu rostro en el aire. Irremediablemente me arrastraban a ti. He sorbido una gota de sangre que descendía por la nariz y me he lavado el rostro con el agua fresca de tu líquida mirada. He imaginado el planeta desde el espacio, sus distancias e inconsecuencias. Y un repentino latigazo de solitud me ha provocado la necesidad de escapar contigo de nuevo. Escapar de la dimensión real… Pero no me quedaba más morfina de amor. Por el pliegue del codo una pequeña boca pide más de ti y llora una gota de sangre con hambre. Las venas se rasgan con el ánimo. No sé, es difícil amar y comprender. Arrastrando mi mono de ti he caminado con un saco de tristezas que solo debe abrirse en la oscuridad y su aislamiento. En la habitación del llanto de mi hogar. Volveré a encerrarme en mi laboratorio de amor ilegal y quemaré más palabras tuyas escritas en papeles rasgados como mi pensamiento. Y sublimaré las cenizas con lágrimas. Destilaré la materia oscura y la esencia será de mil partes de ti por una de mí. Las sobredosis de ti no matan; es imposible que pueda causar un daño el exceso de ti. Principalmente se debe a que no hay exceso, soy insaciable. No importa lo que se espese mi sangre con tus palabras procesadas en mi alambique de la desesperación. No importan las cenizas tantas veces esnifadas, adheridas en los pulmones y las impurezas que pudiera haber por mi torpeza en la elaboración. Aunque dudo que sea un ventaja no morir por narcosis de tu amor. Estaría bien morir suave y plácidamente. Es una dura prueba de entereza salir de la psicodelia de amarte en un momento y lugar sin ti. Lo que no haga tu amor, el tiempo lo hará. Sin embargo, hay tanto tiempo que el desgaste es eterno como el infierno. He alucinado en algunos viajes que esos seres que flotan sobre el río y lentamente caen en el agua, como si no quisieran, son capaces de arrastrarme río abajo y llevarme al mar cuyas todas aguas conducen a ti. No tengo necesidad alguna de despertar, no me preocupa. La ingravidez de la inexistencia es ese descanso que buscan los alquimistas yonquis del amor, cuando se colocan con sus propias drogas. A veces, cuando la vida duele mucho, tengo un mal viaje al meterme un jaco de tu alma y ocurren cosas horribles; la ventaja es que al despertar no hay esa tristeza que incinera la ilusión de los sueños. Sin embargo, he perdido el tiempo. La tristeza, más hermosa que cualquier alegría, llega cuando te disipas entre las volátiles pelusas que, arrastradas por suspiros y trinos nievan blanca y cálidamente sobre el cauce del río. Y Linda Ronstadt cierra hermosa y sensualmente su Blue Bayou…
Perdimos la esperanza. Desde hace ya muchos tristes años, no hay posibilidad de cambio y liberación con la muerte de los poderosos, con los mal llamados “magnicidios”, porque no tienen nada de magnos aquellas cosas asesinadas. Ahora nadie los mata. Estamos abandonados. Nadie asesina a un poderoso. Los asesinos se han prostituido al poder, han ofrecido sus culos a políticos, burócratas y sacerdotes del Estado por unos fajos de billetes. ¡Qué tristeza! Ya no se ejecuta a presidentes, ministros o generales. Los asesinos son ahora putas matando a gente que no importa, gente fácil. El siglo XXI se ha convertido en la era más triste y sin esperanza para la libertad y la nobleza. Los poderosos ya no tienen depredadores y viven tantos y tantos años… Tan malos y tan longevos. La desesperanza hace de la vida caminar por un denso barrizal de miseria, sin ilusión alguna. Y mientras tanto, los poderosos demasiado vivos esnifan la coca que sus putas asesinos les proporcionan en sus despachos presidenciales e institucionales. Son tiempos sin esperanza. Nadie los mata ya. No habrá cambios hacia la libertad y el conocimiento. Estamos en la Segunda Edad Media Mundial. Pobres de nosotros. Nadie asesina a un jerarca. Estamos perdidos. Acabados.
Se juntan, reúnen, asocian y compiten. Se solapan bellezas y coloridos unos sobre otros en un caos de hermosa psicodelia. Tanto que me hacen ajeno al planeta. Me pregunto qué cojones hago yo aquí, tan gris, tan incoloro… Tan neutro y anodino. Corporativistas orgullosas… No comprendo mi existencia en el planeta ante la Corporación de la Belleza y el Color.
La grisentería me sienta bien, mejor que el color. De una forma natural nací gris. No me parece mal. Soy el hombre cemento por dentro y por fuera. Y mi superpoder es hacer ceniza del mundo con mi visión de rayos anodinos. Porque si mi pellejo es gris, mi pensamiento y su visión, es gris cobalto. Consigo contrastar, incluso, el gris con el gris… Soy un artista de la grisentería y todos sus mediocres matices. Podría decir que soy un mierda también, pero odio la teatralidad y la falsa humildad. Nunca aprenderé a callar a tiempo. Es algo natural, denigrarse uno mismo con desparpajo nace de esa grisentería. Todo yo soy una incongruente rebeldía monocromática a un mundo policromático. Qué anarquía más idiota la mía, coño. Como si le dijera al sepulturero que no se apure, que me entierro yo solo. Pero bueno, en este mundo, follas quieras que no. Con hermosas daltónicas…
¿Te han dolido alguna vez los huesos por dentro, como si un tallo espinoso creciera en el tuétano? Es un dolor profundo como la fosa de las Marianas. E irritante como el siseo de un político o religioso en la televisión. Y ahí, dentro del hueso donde habita el mal y su dolor, no llega la medicina y su calmante paz. Tres días atrás, con un taladro intenté hacer un agujero en la tibia para dosificar aspirina directamente en mi podrida médula. Debe de dolerte mucho la vida para combatir un dolor interno con uno externo que te aplicas tú mismo. Quiero decir que no es un acto de valor o locura, es simple desesperación sin complicación psiquiátrica alguna. Todo el mundo lo haría si se encontrara en mi lugar. Si es locura o no carece, de interés; lo único que importa es acabar con el puto dolor de dioses e idiotas místicos que, tantas propiedades beneficiosas le achacan de mierda. Es exactamente lo que ocurre con el amor. Es una excrecencia calcárea, un tumor que envuelve el corazón oprimiéndolo. Una coraza impermeable a la cura y que no hace más que crear ansiedades y melancolías por lo que no puede ser. Y no te lo puedes extirpar, el amor o te pudre la vida o lo asimila el organismo mientras disfrutas de sus poderosas cualidades espirituales y carnales. El dolor de mi hueso no es como el amor, no tiene posibilidad alguna de disfrutarse y si desaparece, será conmigo. Coloqué en el portabrocas del taladro inalámbrico con iluminación de leds (un cacharro de última generación que me costó una pasta), una broca de vidia de seis milímetros. Y la suspendí encima de la tibia, unos diez centímetros por debajo de la rodilla para no tener que adoptar una postura forzada para las posteriores curas. Y apreté el pulsador del taladro. Taladrar la piel y la escasa carne que cubre la tibia fue sorprendentemente rápido incluso ladeé la cabeza con ademán de satisfacción. A la milésima de segundo siguiente ya me había meado y sentí que mi mente se rompía en mil pedazos y cada fragmento quería escapar de mí y así escapar del dolor. Fue tan brutal, que incluso el dolor quería huir de sí mismo. Me dieron ganas de reír insanamente; pero fue imposible, aquello no hizo más que empezar. En efecto, cuando el filo de la broca giró sobre el hueso, me quedé ciego. Lo último que vi fue la batería romperse cuando estrellé el taladro contra la pared. Mientras todo eso ocurría, me precipitaba a velocidad vertiginosa a un abismo. No sé cómo, pero salí de mi carne y me hice vapor frente a mí mismo. Pude ver y oír mi cabeza golpear escalofriantemente el suelo de gres con el rostro épicamente contraído por el dolor, allá donde estaba sentado para practicar mi auto cirugía. Alguien me dio la estatuilla del Óscar y lloré emocionado ante el público. Me di cuenta de mi innata fealdad por la contracción del rostro durante el descenso; pero nada de eso me dolió ni humilló. Sentirme lejos de mi cuerpo fue maravilloso, el dolor desapareció instantáneamente, me sentía libre un millón de veces. Pensé que había muerto y sonreí. Cuando desperté lloré desconsoladamente porque no estaba muerto. No recuerdo haber sentido mayor tristeza en toda mi vida. Y conmigo el dolor también despertó y se hizo poderoso. Y conquistó mi vida toda. La invadió e hizo de mí un prisionero de guerra. Otra vez. Un fragmento ensangrentado de la broca, se encontraba entre mis pies, lejos del valioso y caprichoso taladro. No puedo explicar el terror que me provocó ver la fea herida de la tibia, como si un pequeño volcán fuera, expulsaba un líquido ambarino, un suero tiznado de sangre residual que adquiría un tono escarlata al coagularse. No sabía cómo podría recomponer todo ese daño en apariencia pequeño, pero lucía como un sol poderoso en mi universo doloroso. Me puse en pie y todo el peso de mi cuerpo cargó sobre esa pequeña superficie tumefacta de la herida. Era un dolor aplastándose a sí mismo, era tanta la presión que un reguero ámbar comenzó a bajar por la pierna hasta llegar al tobillo y ramificarse graciosamente como un río en un mapa. Como es natural, me sentía ya muy cansado del dichoso dolor. ¿Y si el infierno existía y ya me estaba pudriendo en él? Me arrepentí en el acto de no haber ido más a misa y aceptar el cuerpo de Cristo y la bofetada del cura como tanto borrego ha hecho a lo largo de la mísera historia humana. Encendí un cigarrillo mordiendo con ira el filtro y ofendido por el olor de mis meados. El hedor de la orina desapareció con el primer chorro de agua fría en la ducha; pero cuando el agua contrajo la herida allá abajo, lejos de mí, el dolor se rebeló contra la profilaxis. Tanto qué, cómo llegué a la cama y me dormí, es ya un clásico del espacio en blanco en mi existencia. Las pulsaciones de la herida era la banda sonora de mi sueño. No era especialmente molesto, pero si un tanto perturbador, parecía que algún tipo de vida se estaba desarrollando en mi pierna. Lo cierto es que el dolor interior del hueso, ya no existía, o si existía estaba enterrado por el nuevo que me había provocado yo solito. Espero que un clavo saque de verdad otro clavo, sinceramente. Temo al ridículo cosa mala. Sea como sea, dormí largo y fructuosamente. Incluso soñé que compraba una batería nueva para el taladro inalámbrico. Parece que no, pero cualquier superficialidad consumista ayuda a ser optimista de mierda. Desperté con fiebre, la herida se había inflamado como si ocultara un albaricoque en la tibia y estaba amoratada como las uñas de los cadáveres. El pus amarillento formaba una cúpula preciosa que por momentos se derramaba ladera abajo. Me incorporé y el trallazo de dolor ya no tenía importancia comparado con la cirugía de la broca, y si no hacía otro experimento conmigo mismo, podía morir tranquilo por la infección y delirando, sin apenas dolor o su percepción. Y ahora, tres días pasados desde el infierno taladrador debería preocuparme por la herida y lo que surge de ella. Ayer fue un pus verdoso que creaba un arroyo espeso hasta el tobillo, pero la inflamación mengua por el drenaje natural aunque un médico haría un gesto de desagrado; de esos que dicen que esto no va a tener un final feliz. Y el dolor es tan soportable como cuando se te pudre una muela. Una minucia sin importancia. Lo que no duele no me preocupa. Bueno, lo que no duele mucho; porque cada paso que doy un vidrio cruje en la tibia y hace eco en el cerebro, como si estuviera a punto de hacer crac. Y ahora está surgiendo un tallo espinoso como una zarza; pero sin moras. Al menos de momento. Podría parecer preocupante, yo lo considero repugnante. Es una metáfora de mi vida: cosas que surgen y que nunca florecen. He intentado tirar de él; pero me rasca el alma del hueso y levanta los dedos del pie como si tirara de las riendas de cinco caballos que levantan molestos la cabeza al tiempo. Nunca he subido en un caballo, me parece injusto para el animal, soy demasiado pesado. Pero he visto películas… En vista de los resultados, me inclino a no extraer este amor que me oprime sólidamente el corazón. Uno de esos amores que nunca se materializan y por tanto se enquistan formando un hueso que encapsula el corazón. Y lo asfixia, si eso fuera posible. Ni por toda la piedad del mundo y la total ausencia de dolor voy a pasar por el mismo trance del taladro. Soy un idiota que se cree muy fuerte y solo soy un mierda. Un mierda que se mea encima. Así que como todo está perdido es una estupidez prolongar la agonía. Dejaré que la infección que provoca el tallo haga su trabajo y moriré en un delirio, sin enterarme apenas. Sin que lo sepa nadie. Me han llamado varias veces desde la empresa para que les explique mi prolongada ausencia. Para lo que me queda en el convento me cago dentro. Tengo veintiocho cajas de cigarrillos en la despensa, me da paz ver el tabaco junto con las latas de atún y berberechos. Tabaco es todo lo que necesito a falta de un buen antibiótico y un antipsicótico. Porque pensar en comer me provoca náuseas. Con las tijeras en la mano he tirado del tallo para cortar cuanto pudiera. Ya medía cuarenta centímetros y me hería la piel con cada movimiento que hacía. Por el corte ha surgido una materia espesa y marfilina, es el tuétano del hueso del que se alimenta la planta. No ha dolido nada; me pasaría la vida cortando la zarza… Las espinas estaban sucias de mi médula ósea. Quieras que no, inquieta. Cuando el dolor es tan ausente, tiendo a pensar que se debe a que hay muerte o necrosis en ese lugar de mi cuerpo. Soy pesimista por sistema, qué le vamos a hacer… Y entre la piel y el tallo, el verde amarillento surge como una lava continuamente, está visto que el tallo y yo nos provocamos rechazos, somos naturalezas distintas peleando continuamente por gobernar el cuerpo y las cosas que contiene. La podredumbre es como la muerte, inevitable también. Son cosas molestas, embarazosas. Porque todos sabemos lo que es la vejez: un marchitarse, un pudrirse. Y ahora, buenas noches, porque he perdido el brillo de la visión. La luz del sol que se filtra por las ventanas es oscura, como cuando observas el mundo a través de la conjuntivitis. Como si la luz fuera filtrada por la negra muerte, como el fin de una película en blanco y negro. Y estoy un poco cansado, el corazón no funciona con alegría. A veces golpeo el pecho y parece que arranca de nuevo. Los dedos del pie están negros y la rodilla se ha deformado; parece el tumor de un árbol. Sinceramente, la amputación no acaba de convencerme. No me gustaría follar y que el muñón se elevara obscenamente al correrme. Debe haber cierta elegancia en todas las cosas. No hay dolor y el sueño es fácil. El cansancio es la mano de mi amor que surge de mi calcáreo corazón, acariciándome el rostro. Susurra “Duerme, duerme, duerme…”. “¿Cortarás el tallo si crece mucho, cielo? Me angustia, tanto…” Y sonríe flotando sobre mí. Es un ángel…
Si Dios no hubiera querido que folláramos, no te habría dado ese maravilloso coño. Dios quiere que te joda. Y no importa lo que él quiera, sino mi locura por ti. Dios te hizo deseable y el coño hambriento. Y a mí para clavarme profundamente en ti y humillarme ante su gran obra carnal. Dios hizo esos hermosos pliegues y rincones en tu coño para que pasara largo tiempo, toda la vida que me queda, tocándolo, descubriéndolo, aprendiéndolo, lamiéndolo y aspirado el clítoris con fuerza entre mis labios hasta inflamarlo y sensibilizarlo hasta tu paranoia. Dios hizo tu coño profundo para que mi glande inquietara tu alma. Temo que mi polla sea pequeña para tal fin. Dios pone así a prueba mi voluntad y tu coño mi humildad. Dios colocó tu coño lejos de tus ojos para que no me quedara paralizado admirando esas dos ventanas de luz que iluminan tu pensamiento y deslumbran el mío, con sus astros y galaxias que giran y se expanden dentro de ti. Eres el universo que contiene un universo. Y gracias a Dios, sé como interactúan tus obscenos labios con los pezones, cuando los separo en la intimidad cálida y protectora de tus muslos, con los dedos chapoteando impúdicamente. Se llaman Perdición D y Perdición I y te mortifican los pezones endureciéndolos; es la razón de que los maltrates como yo no me atrevería, ante mí esclavizado entre tus piernas de puta y deidad. Sé que cuando surja tu flujo espeso y dulzón empapando mis dedos, labios, nariz y lengua; no pasarán más de veinte segundos hasta que te corras con la espalda arqueada haciendo arte conceptual de la lujuria. Y yo sienta que debo sujetarte, contener ese placer para que no te parta. Sé que tus muslos intentarán cerrarse cuando el látigo del placer se extienda desde tu coño, al vientre recorriendo todo el torso para alcanzar cada ápice de tu piel y provocar un caos en tu pensamiento. Dios hizo mis dedos rudos y firmes para que en ese instante atenacen con fuerza la vagina contraída, pulsante, brillante de tu propio óleo sexual. Y hacer tu gemido profundo, exhalado como una muerte por tu boca entreabierta, abandonada a mí, a mi mano que oprime y cubre tu coño todo. Y tienes en ese instante mi vida en tus manos, porque detienes mi corazón y los pulmones en tu salvaje y ancestral sexualidad. Dios creó tu coño precioso y perfecto, elástico para abrazar y rodear hasta la asfixia mi pene cuarteado de venas, con el glande cárdeno del colapso sanguíneo. No quiero hablar de amor, me estoy corriendo, soy un ser salvaje y desbocado que observa como tu coño derrama mi leche… Y jadeando, apenas puedo creerlo. Cuando salga el sol, al despertar a tu lado tendré las precisas palabras para adorarte al oído, secretamente sin ser necesario. Y en el ritual del café las sonrisas necesarias para hacer feliz un día más contigo.
La adaptabilidad de la actual y nueva especie humana modificada parece ser infinita. Una humanidad insectil por su comportamiento social y ser plaga en el planeta, que es la mutación surgida del primer pacto social que estableció la esclavitud de la población al servicio de un individuo y su corte. En efecto, hubo un primer pacto de sumisión y adoración hacia otro individuo que ejercería de amo. Cosa que inexplicablemente exigió una humanidad cobarde e indolente. Profundamente imbécil por algún gen recesivo. Y a los idiotas les fue otorgado su deseo constituyéndose un poder autoritario de maneras supersticiosas que con el tiempo también llamaron política. Se inventó una legislación que los castigaba especialmente para proteger y enriquecer al jerarca y su corte que los gobernaba. En el libro de la biblia 1 Samuel 8,10-22 hay una muestra muy oportuna y divertida de la exigencia de los judíos al profeta Samuel para que pida a Yahvé (dios) que les dé un rey que los gobierne. A pesar de las condiciones que impone Yahvé para darles uno, ellos insisten en tenerlo. Y les metió a Saúl por el culo. De verdad que es para troncharse de risa. Y si tuviera algo de verdad o historia semejante cuento oportunista del Estado (supersticioso o religioso en este caso) lo haría aún más cómico. Lo más divertido de este pacto social está en que no sacaron ni el más mínimo beneficio de ¡nada! No puedo parar de reír. Un montón de imbéciles pidiendo un rey o un sumo hechicero a cambio de nada, incluso ofreciendo a sus hijos y a sí mismos en holocausto o sacrificio. Es de imaginar que por esto, la superstición haga tanto hincapié en el asunto del pecado original: no fue una estafa de dios y sus poderosos, era el pecado original que hacía idiotas a los seres humanos. Es fácil concluir que el pecado original no es más que una simple degeneración o merma intelectual genética, por causa de alguna mutación debida a la reacción nuclear y la contaminación radiactiva que creó aquel mítico meteorito que impactó contra La Tierra, haciendo de los dinosaurios churrasco requemado. El hombre no existía; pero sí algún tití chamuscado que cedió graciosamente su ADN contaminado y corrupto a la posteridad. Es para partirse el rabo de risa (quien lo tenga, aún lo conserve en su sitio o esté estrenando uno tras la operación). El ser humano actual es la única especie animal mamífera (porque hormigas, abejas, termitas y avispas tienen la misma mísera existencia) que se ha esclavizado a sí misma a un individuo más débil que ella; pero infinitamente hijo de puta y cuyo único super poder, fue haber nacido en la familia adecuada y entre los imbéciles adecuados. A partir de aquel pacto, el animal humano demostró su gran capacidad para adaptarse a todo capricho que se le ocurriera a sus amos o Estado con el paso del tiempo. Y se adaptó con pasmosa facilidad y naturalidad a que le fuera robada por el amo su caza, su recolección de frutos, su ganado y sus lechugas. Se adaptó, como los judíos y otras razas supersticiosas, a mutilar el pene de sus hijos y los de los primeros adultos, incluso se sacaban la polla ansiosos ante el rabino para disfrutar de un dolor enfermizo. Otros machos eran cobardes y preferían mutilar y estropear la vagina a las niñas y mujeres. Se adaptó el ser humano a todo ello con una facilidad que hacía que el rey o sacerdote dominante, eyaculara sobres sus cabezas sin poder evitarlo, al ver aquella masa humana imbécil a sus pies. En este caso, es difícil saber si la adaptabilidad a estas mutilaciones, es un producto de esa imbecilidad congénita o las ganas del rey o sacerdote de joder a la chusma por simple diversión como tantas veces hacen en la actualidad. En cualquier caso, al igual que los homosexuales con su orgullo, aquellos machos se sentían también orgullosos de exhibir su polla seca. Las mujeres no podían ni pueden hacerlo con orgullo, porque las enterrarían hasta el cuello y luego los machos apedrearían sus cabezas hasta matarlas. De cualquier forma, la adaptabilidad humana, es prodigiosa, un portento. Es lógico que en algún momento, alguien piense que sería un acto de piedad asesinar a centenares de miles de humanos para aliviarlos de esa “vida de mierda”; pero si somos objetivos los inteligentes, debemos respetar su libertad a elegir ser esclavos e imbéciles. El animal humano se adaptó con pasmosa facilidad a ser humillado por un rey, un conde, un presidente, un ministro o un sacerdote de cualquiera de las supersticiones que hay en oferta entre la especie humana idiota desde tiempos tan inmemoriales como aciagos. Se adaptó a ser juzgado culpable y siempre a favor de su amo por un juez o cualquier otro mierdoso jerarca que gobierna esa pasmosa, provechosa y beneficiosa adaptabilidad. Se adaptó a tirar de carros en sus centros de explotación que eran propiedad del amo con el que contrajo su pacto social para ¡nada! Qué risa. Hubo un individuo extraño que no era el amo ni el animal humano corriente, que le dijo a un palurdo aldeano: “¡Oye, tío! En lugar de montar al burro en el carro ¿no te parecería mejor ponerlo a tirar de él y tú te subes encima del grano que has sembrado y recolectado para tu amo a cambio de un plato de excrementos al día para alimentaros tú, tu parienta y tus hijos?”. Y el palurdo puso el burro a tirar del carro como aquel extraño aconsejó y exclamó: “¡Coño, esto es otra cosa!”. Se adaptó a viajar bajo tierra como los gusanos a su centro de explotación. Y se adaptó luego a pagar la mitad del poco dinero que le pagaba el amo, por un coche a precio de usura (que le vendió el amo también) para que acudiera a los centros de explotación. Se adaptó a vivir sacrificado las tres cuartas partes de su vida para pagar una jaula donde vivir, pensando que sería de su propiedad; pero muchos morían (y mueren) sin haberla pagado y con la sensación de que han hecho los idiotas desperdiciado mucho tiempo y oportunidades para ser animales decentes y no miserables hormiguitas que alimentan a la obesa reina. Se ha adaptado a los distintos caprichos del Estado, y perder su tiempo en acudir a un antro designado para elegir su próximo Amo con un papel que tira a una urna. Esto obedece a un truco del Estado Ganadero, para que los adaptables animales humanos disfruten de un espejismo de libertad y dignidad y al estar contentos, produzcan mejor y obedezcan de buen talante. Se ha adaptado a echar a la basura su infancia y juventud, para ser castrado mentalmente durante una veintena de años (en algunos casos se sobrepasa de largo) en centros de amaestramiento y condicionamiento conductual, llamados escuelas, institutos y universidades. Se ha adaptado a realizar breves periodos de trashumancia por carretera, mar y aire, con otros millones de reses iguales, hacia centros de ocio como premio que lo condicionará a seguir esclavizado con sumisión y respeto al Amo Estado. Actualmente, si montas a un esclavo humano cualquiera elegido al azar en cualquier vehículo por inseguro o peligroso que sea; te dará las gracias muy feliz él abrochándose inconscientemente un cinturón de seguridad que no ha visto; pero gracias a los centros de amaestramiento en los que ha perdido la infancia y la juventud, sabe que el cinturón de seguridad existe y debe amarrarse con él al vehículo. Lo dice un mandamiento y lo cumple, aunque no conozca la razón. El animal humano, está prácticamente programado. Se ha adaptado perfectamente a comer mierda gracias a las crisis económicas que el Estado Amo Cabrón Hijo de Puta le programa cada año aproximadamente; hasta que el animal humano esclavo muere de viejo, de enfermedad o de asco. En este momento del artículo o ensayo se está adaptando con una indecente alegría a copular de forma habitual machos con machos y hembras con hembras; porque el Estado quiere bajar la presión demográfica y ha pensado que para el nuevo animal humano, es un método divertido y lleno de festividad. Además, es ya proverbial la envidia congénita del animal humano actual y su “culo veo, culo quiero” y así se encuentran como peces en el agua, mostrando alborozo, alegría y ebriedad por todo el planeta con el culo al aire. Y además, con la emocionante y fascinante opción que les ha otorgado el Estado Cabrón Hijo de Puta: pueden operarse los machos para ser hembras y las hembras para ser machos. Y lo que es mejor: si tienes un hijo y no te gusta su sexo, lo llevas al médico (o dentro de poco para acelerar los trámites, a un local de tatuajes) y te lo transforman en lo que tú quieras, como si te hace ilusión un hermafrodita con la jeta de niña o niño. Incluso le podrás crear tú mismo por trámite en web su carnet de identidad nuevo y trans. Se ha adaptado con docilidad y servidumbre a mal respirar a través de un bozal y a los pinchazos de sustancias extrañas para su buen control veterinario por parte del Estado. Resumiendo, la adaptable y productiva actual especie humana es el triunfo de la gestión ganadera del Estado. Es básicamente, en términos estadísticos, un animal asustadizo que busca la protección del amo Estado y vive en permanente angustia si no se le decreta una orden que deba obedecer. Y por último, no podemos olvidar la virtud más notoria en la nueva especie humana, la más característica: En caso de que el Estado Amo Cabrón Hijo de Puta pida su sacrificio en una guerra para defender la riqueza y propiedades de los Amos, el actual humano esclavo dará su vida con fanatismo y fe inquebrantable en la bondad del Estado, exactamente como haría un perro con su dueño si lo apreciara. Y tiene mucho mérito el Estado al haber conseguido desarrollar semejante especie humana. Ahora, que estoy acabando esta obra informativa y divulgativa, se deber reconocer que nada es perfecto y por ello, el Estado francés tiene problemas con su ganado humano, parece que no acaba de adaptarse a ser parasitado y humillado por los líderes Amos y le pega fuego a todo. Pero no importa, estadísticamente la especie humana adaptada y esclava es mayoría en el planeta. Y por poner un ejemplo, casualmente España es el país paraíso de todos los Estados Amos Cabrones Hijos de Puta, todos ellos quisieran alcanzar pronto la excelencia ganadera de su población como este país imbatible, que la ostenta desde hace mucho más de medio siglo.
Las cosas bellas lo son por su sutileza, son livianas. Diáfanas como una ventana al dulce sol del amanecer. Un aleteo de mariposa, un pétalo a caballo de un soplo. Un trasluz volátil, efímero. Pero no pueden resistir el embate de lo horrendo, denso, opaco, oscuro. Tan oscuro… Tanto dolor y su muerte. Dame refugio. Aún quepo en tu corazón… Soy el hombre roto, muchas veces arrollado, aplastado por las brutales cosas horrendas. Me arrebataron mis pocas cosas bellas. Las desintegraron con la absoluta indiferencia hacia la ternura que hace posible todas las crueldades del mundo. Y siento que a mí con ellas. Me quedé tan vacío… Aún quepo en tu corazón. Por favor… Si pudiera crear cosas bellas, sólidas. Y a la vez sutiles, que parezcan de plata a la luz de la luna. Dime que es fuerte la luna, que es una belleza sólida luchando contra lo horrendo. Si pudiera crear de nuevo las ternuras despedazadas… ¡No puedo! Todo yo siento ser una triste fractura. Un muñeco sin brazos en un vertedero. No puedo crearlas, no aquí en La Tierra. Si no estuviera más muerto que vivo… Tan viejo, tan antiguo de mierda. No dejo de ver una y otra vez los cadáveres marchitos de los sutiles y bellos momentos descender ingrávidamente, como barcos a la deriva en un mar muerto. Y hacerse polvo al caer en mis zapatos. Sentía abrirse la carne de mi pecho y vaciarse el corazón. ¡Oh devastación! Soy un rimero de odios y rencores, grito veneno por vengar la muerte de las cosas bellas, caiga quien caiga, muera quien muera. Quiero dolor, sangre y muerte. Abrir fuego indiscriminadamente. Si no puedes con el enemigo, muere odiándolo. Seré un rencor inmortal. No quepo en tu corazón, cielo. Sin mis cosas bellas soy otra oscuridad, una ponzoña en ti.
Los monstruos que soñamos son los más sórdidos y angustiosos porque sabemos qué es lo que más nos inquieta, usamos nuestra propia información para aterrarnos. Tal vez sea un autocastigo surgido de los problemas de conciencia que la sociedad plantea al ser humano como especie animal. Pudiera ser que las pesadillas surgen en momentos angustiosos de la vida para consolarnos de que hay cosas peores que la realidad que estamos viviendo. Las pesadillas sirven de alarma, para despertarnos cuando en el organismo algo marcha mal. Sin embargo, en muchas ocasiones no hay una razón que las explique. El cerebro no es tan infalible y misterioso como muchos dicen; y se estropea, pervierte el descanso en terror y lo rompe. Castigos autoinfligidos, pánicos nocturnos a los que nos somete un cerebro cansado, fatigado, herniado de una mala realidad, de una naturaleza deformada y una vida pervertida a la cautividad. Los cerebros se estropean y también nacen defectuosos. En un medio urbano, artificial; en el que la alimentación y respiración están contaminadas de innumerables químicos, es de esperar que se estropeen los cerebros. Es el órgano más complejo y delicado; al que afecta su funcionamiento la temperatura, la alimentación, el estado nervioso y el aire. Realiza procesos electroquímicos susceptibles de ser alterados incluso por golpes y vibraciones. El organismo inevitablemente contaminado de la madre, es muy posible que desarrolle en el hijo un mal cerebro; funcional para las tareas más simples, deficiente para las más complejas. Y cuanto mayor es su edad, más degenera. O lo que también me parece más plausible, más lógico: nacer y crecer en cautividad, en un medio artificial como una ciudad, sin opción a vivir y desarrollarse en contacto con la naturaleza, como todo ser vivo espera por instinto; mina la integridad del proceso intelectual humano. En unos casos de forma gradual, en otros con una ruptura repentina y explosiva. Un trauma violento para todo ser humano que atenta contra su naturaleza animal innegable e inexcusable. Por fuerza es algo que puede llegar a estropear el cerebro de una forma perceptible. La cautividad causa locura y el instinto animal humano frustrado conduce a una tristeza fatalista que muchos no saben definir, que ni siquiera saben padecer. Y este mal durará hasta la muerte, porque rara vez los animales nacidos en cautividad podrán adaptarse jamás a la naturaleza. Los zoológicos para los animales, son lo que las ciudades para los animales humanos. Esto explicaría las actuales y frecuentes matanzas de individuos por un solo agresor, por ejemplo. La culpa, el rencor, el odio acumulado y la libertad arrebatada, es un presión que rompe la cordura. Y esto nos lleva directamente al proceso consciente y alevoso que ejecuta la civilización contra la naturaleza del ser humano: la educación. La educación tiene el fin de amaestrar y socializar a las crías humanas. Un proceso que lleva a sacrificar la infancia y la adolescencia en los centros de enseñanza. Centros de adiestramiento es lo que mejor los define; porque se trata de contener y retraer su instinto nato animal. Se puede decir en gran cantidad de casos, que el proceso de castración humana arrasa con una cuarta parte de la vida humana útil de todo individuo. Recuerdo mi infancia y adolescencia, sobre todo la infancia, como las épocas más oscuras y tristes de mi vida. No sabía el porqué, me faltaban datos para conocerme y explicarme. Años y años luchando contra todos aquellos dogmas diarios, aquellas asignaturas inservibles, la amenaza psicológica y la tortura de los exámenes, la amenaza física de los profesores y sus castigos. Prefería un castigo corporal a quedarme más tiempo en aquel tugurio. Ahora sé que ignorándolo, me revolvía contra aquella castración; mi instinto natural gritaba contra los amos que con látigo me domaban. Una castración que hoy día, perfeccionados los métodos de engaño o adoctrinamiento, se implanta con más malignidad. Es más emocional disfrazándola de bondad y fraternidad, de hábitos que atentan contra la territorialidad innata, contra la distancia de respeto y seguridad natural entre seres humanos. La escuela, el instituto, la universidad… La enseñanza en fin, rompe el desarrollo intelectual lógico del individuo infectándolo con conocimientos innecesarios para su naturaleza. Sometiéndolo al miedo y al castigo mediante evaluaciones, reemplazando todo pensamiento de libertad por el de humillarse y acatar la autoridad. Un proceso que va desde los tres años de edad de las crías humanas, hasta bien entrados los dieciocho si tienen suerte. De lo contrario habría que sumar un mínimo de cinco o seis años más de adiestramiento en la universidad. Veinticinco años es una cuarta parte de la vida perdida, tirada a la basura por el capricho del poder político o religioso, encargados de cebar el poder económico. Una cuarta parte de la vida de un ser humano arrebatada para pervertir y malograr los procesos intelectuales naturales desde casi el nacimiento mismo. Una doma (por socialización); pero es mucho más que eso. Es una mutilación, una amputación de la naturaleza humana. Durante esa doma en la infancia, nacen las pesadillas que será una imborrable herida abierta en el subconsciente hasta la muerte del individuo. Las pesadillas te gritan, te reprochan, te culpan; que han hecho de ti un pobre animal que no sirve para nada más que para producir riquezas para otros. Las pesadillas te piden que hagas algo que no puedes hacer; evitar tu humillación y degradación como ser humano en un mal lugar, en un mal tiempo, con mala gente destruyendo tu espíritu. Y llegada la edad adulta el animal ha sido humillado y sepultado. Enquistado o encapsulado en algún rincón o callosidad del cerebro. Que surja cualquier anomalía o enfermedad mental por ello es más que razonable. Se debe a que ese enquistamiento no es algo muerto, es un instinto que aún pulsa. Precisaría operarse el cerebro del recién nacido con la precisión de un profundo conocimiento para conseguir erradicarlo definitivamente. Escribiendo el presente ensayo o reflexión, siento como mi cerebro se irrita; mi pensamiento íntimo se convulsiona físicamente creando un dolor de cabeza, en algunos momentos, demasiado intenso. Me parece lógico. Incluso que reventara algún vaso capilar. La educación que en principio, siglos atrás, se creó como una forma alevosa de eliminar la independencia y el instinto animal humano en pro de la autoridad tributaria; hoy se asume por un poder ignorante y también amaestrado, como un acto necesario y de perfeccionamiento del ser humano. Se lo creen de verdad, lo veo en sus ojos y ademanes, en su retórica manida y vulgar. Un esperpento de paternalismo y beatitud. Ha sido tan profundo el amaestramiento y mutilación intelectual de las generaciones humanas, que filósofos, políticos y religiosos son absolutamente ignorantes de lo que han hecho con ellos. Del producto que han resultado ser. Hay que evocar en este punto la mezquindad de estas castas y su conclusión: si la mutilación intelectual les ha proporcionado una vida cómoda, ante todo por haber nacido en la familia adecuada; vale la pena continuar con la mutilación en el resto de seres humanos porque es un bien para “esas pobres bestias”. Esto en el caso de que fueran conscientes de que son el resultado de un domador de bestias. Tal vez algún individuo de estas castas, pudiera ser consciente de su estatus de humano pervertido y roto; pero no de forma eficiente a juzgar por su fe en el sistema y desmedido ego; sino como una pequeña luz iluminando su cerebro sin acertar a identificar qué es. Más allá del conocimiento útil y habilidad lógica del lenguaje como comunicación eficiente y característica fundamental del ser humano; se ha infectado definitivamente la conducta humana y sus necesidades intelectuales con conocimientos inútiles a su naturaleza primordial, cuya finalidad es aplastar el instinto, enterrarlo profundamente ante la incapacidad de extirparlo quirúrgicamente. La evolución es un proceso de miles de años, el daño que se está haciendo hoy, si la humanidad sobrevive a su propia evolución, se verá en nuestros sucesores como los monstruos de ese lejano futuro. Imagino que serán seres de morfología antropoide con un insignificante cráneo, ya que el cerebro en aquel futuro sucesor del nuestro, se habrá reducido a una quinta parte. Tal vez luzcan, como los insectos, antenas formadas por cimbreantes tendones desnudos de piel para comunicarse, tras siglos de anular el instinto y la conducta humana lógica, innata. Y con ello, su lenguaje característico. Porque otra de las actuales imposiciones de la educación, para acabar, es el claro mensaje de “escucha y calla”. Un dogma que está actualmente en pleno auge con la implantación del audiolibro que inevitablemente llevará a la castración humana inyectada directamente en el cerebro. Evitando así, que ejerciten las crías humanas adiestradas por el estado, la importantísima actividad y capacidad de leer y descifrar; de visualizar la forma física de la palabra, su imagen en definitiva. El más valioso proceso nemotécnico que jamás la humanidad podrá superar con ninguna otra ciencia o disciplina y que fortalece y agiliza su inteligencia innata. RIP…