No creo en mi alma, soy más del cerebro. Lo cual, me hace irremediablemente mortal porque sólo las almas se reciclan en otra dimensión, en otro cuerpo, en algún paraíso, en el infierno o cuelgan como invisibles materias oscuras en el cosmos esperando algo que no llegará nunca. Tampoco creo en vuestras almas. El vapor que desprende un cadáver carece de identidad. Lo sé por el humo del tabaco que no habla y porque he visto muertos; como los seres que quise y se pudrieron sin más. Es importante la palabra adecuada para que defina el preciso pensamiento. La exacta tristeza. El silencio define la ausencia de todo. Un silencio es una muerte. Una palabra exhalada o escrita es un pedazo de vida, tal vez de una longitud de dos segundos a lo sumo. El vapor es un silencio sin boca ni manos, mi cerebro seco exactamente. No es algo malo, tan solo es una tragedia más de nuestra tangibilidad. Y el amor es la necesaria ilusión para desear la opacidad de la carne. Aunque también el odio… Pero mientras somos sólidos podemos elegir. Cada cual usa su carne según sus posibilidades, según su peso. Según defina con exactitud o ambigüedad la comprensión de lo que le rodea. Tengo un millón de razones para odiar antes de ser vapor. Y sólo una para amar: tú. Elijo el amor contigo y, tal vez, un día hacerme vapor deshilachándome con un pequeño calor entre tus dedos y en tu cabello cuando cubre mi rostro aislándome en ti.
Los franceses han demostrado en muchas ocasiones que la violencia es la única forma de arreglar las cosas ante el totalitarismo y el arribismo de las castas privilegiadas. Al menos para demostrar al Estado que los abusos y caprichos contra las castas pobres o trabajadores no salen gratis. La violencia es el único modo y vía para responder al Estado cuando ofende, denigra, segrega y prohíbe incluso respirar libre y dignamente. En la España del Caudillo Sánchez, al igual que en tiempos previos a la Guerra Civil del 36 del siglo pasado, los políticos y “comunicadores” (prostituidos al Régimen) siguen interpretando y recitando su teatro, y por ello, ante toda esa retórica basura no queda más lugar que para la violencia. Porque las palabras se van y sólo quedan las humillaciones, la pobreza y una dignidad irrecuperable. Los políticos respetan las leyes porque tienen la esperanza de que en un momento dado, las aplicarán ellos. Leyes suyas y para ellos exclusivamente, como cualquier ser humano con inquietudes culturales ha podido ver y entender en las crónicas de las civilizaciones. Como aquellos pacíficos que quisieron votar y nada más se llevaron palos, si hubieran sido violentos y hubieran atacado y defendido, hoy tendrían otra percepción de sí mismos. Las leyes se han creado por el Estado y para el Estado. Y el Estado es de quien está en el poder en este caso, el Caudillo Sánchez; no hay forma posible de que el Estado pueda devolver dignidades, dinero y humillaciones porque así lo legislan los jueces de su propiedad. El Estado decreta que tú perteneces a una clase inferior y que en determinados lugares hay gente que trabaja menos que tú, y se va a ver favorecida por encima de ti. Eso no tiene ninguna salida legal que pueda repararse, o pones la nuca para que te hagan el descabello o pegas. Por no mentar que actualmente los políticos españoles forman una casta aristocrática de intocables, a los que se les ha disculpado de cualquier condena por delitos de robo, prevaricación y corrupción o cualquier otra cosa que se les ocurra cometer. Así que no existe ninguna vía posible de protección contra el dictador y sus caprichos. Eso hay que tenerlo muy claro y no creerse las babosadas de los presentadores de televisión y sus figurantes con guion redactado por el Estado. Tal vez sea esto lo que busca el actual Caudillo en funciones: la violencia y con ello, la excusa para invadir las calles e instituciones con el ejército. Es muchísima gente la que ha perdido el respeto y la confianza en el Estado, o lo que es lo mismo, el gobierno del Caudillo Sánchez. Es obvio, como en toda dictadura, que quien votó al Caudillo, no vea un golpe de estado a la libertad y la dignidad, contra las mínimas necesidades biológicas como el derecho a respirar libremente y la posibilidad del sustento; sólo ven un acto de “bondad, concordia y convivencia”. Pero a la amnistía segregadora, clasista y humilladora, se une el rencor por las humillaciones y extorsiones que decretó el Estado Español (el Caudillo Sánchez) por el coronavirus y que en el colmo de la hipocresía de los jueces del Estado, la llamaron “inconstitucional” y por tanto ilegal. Cuando todos habíamos sido vejados y extorsionados por el Estado. España es un país de deficientes endogámicos, mucho más que en cualquier otra nación del mundo. De ahí surge esa fascinación endémica y congénita por los dictadores humilladores como Sánchez y anteriormente por Franco. Además, una población que felicita y apoya a la policía, es una ciudadanía ingenua e infantilmente ignorante porque policías, militares, jueces e incluso médicos son sicarios del Estado. Jamás dudarán de devorarte si luchas contra un decreto que te condene a la indignidad y la segregación. Todo lo malo puede pasar de nuevo mientras los políticos se hacen sus pajas mentales y discursos para idiotas sobre el respeto por la ley y condenas a la violencia: una nueva guerra civil, sus muertos, tullidos, hambre, destrucción y enfermedad. Respetar las leyes de un Caudillo, es lo mismo que vender a tus hijos a un traficante de esclavos. Y se ha llegado a esta situación de nuevo, porque en su endogámica ignorancia el Estado ha apretado tanto el lazo en el cuello de las castas parias o trabajadoras, que prefieren morir violentamente y defendiéndose que pudriéndose de asco perteneciendo, por capricho del Estado, a la casta más desfavorecida, mientras las otras son impunes y opulentas. Ha apretado tanto la soga como para que una niña no pueda afirmar que es niña, o un niño, niño. Es una abominación de características bíblicas. La violencia no se puede medir ni legislar, es inherente al ser humano y cuando a un animal lo acorralas, se defiende. La violencia es una justicia y libertad salvaje, un rasgo congénito humano, y no hay ley ni dios quien la pueda impedir. Así que menos mierdas de periodistas prostituidos al régimen del Estado Español y políticos que juegan a ser santos y ecuánimes como la puta que los parió, mientras los jueces firman sentencias de condena, pobreza y humillación contra unos ciudadanos y a otros premia y galardona a conveniencia propia. La violencia no arreglará nada, con toda probabilidad; pero no importa. Lo único que importa es que al enemigo, ni agua. Aunque el enemigo sea el Estado y tengas todas las de perder. Nadie, ni cuarenta mil millones de votantes de mierda y la mayoría piojosa que forman, me va a convencer que otro tipo vale más que yo. Es ahí donde radica la nobleza y la efectividad de la violencia: humillaciones, las mínimas. No importa ganar, nunca se puede ganar al Estado y su ejército de sicarios; sino conseguir que al dictador o al Estado no le salgan gratis las leyes que te hacen mierda.
La chusma infantilizada, ingenua e ignorante de los decadentes y cobardes países occidentales consumistas, no acaba de comprender la realidad y esencia más básica del ser humano: si alguien mata a tu hijo, padre, madre, hermano, etc…, te pasas todo derecho internacional, nacional o nazi de mierda por el culo. La guerra es la única forma posible de libertad en estas sociedades consumistas, globales y decadentes de mierda. Matar libremente como se hace en la guerra, sin que nadie te aplique las mierdosas leyes del Estado es la libertad más pura y primigenia. Retornar a nuestra verdadera naturaleza sin un bocado en la boca como llevan los caballos. Ernest Hemingway lo reflexionó así: Sin duda, no hay cacería como la caza de hombres y aquellos que han cazado hombres armados durante el suficiente tiempo y les ha gustado, en realidad nunca se interesarán por nada más. Y buscando venganza por tus muertos, no podría ser más espectacular esa salvaje y libre libertad. Matar al enemigo… No existe mejor y más apasionante caza. No importa la patria, no importa el puto general: importa dar caza a quien ha matado lo que querías o quien lo amenaza. Es por ello, por esa libertad que gozan los humanos soldados, por lo que las guerras jamás son breves. Nunca cesará una guerra hasta que alguno de los bandos se sienta satisfecho con los muertos que se ha anotado y el otro abatido por la cantidad de muertos que ni siquiera puede enterrar. Lo han prohibido todo en Occidente con el surgimiento en las pseudo democracias de un Nazismo venenoso de carácter sanitario, homosexual, climático, y corruptor de la biología humana; surgido con la epidemia del coronavirus o “la covid 19” a inicios del año 2020. La libertad hoy sólo se puede encontrar en la violencia ante la continua presión del Estado Nazi contra los ciudadanos asalariados no funcionarios; como el derecho simple, claro y biológico de ser mujer u hombre. Un derecho que el Estado ha abolido y dicta, independientemente de los órganos sexuales con los que se ha nacido, quién es hombre o mujer con su doctrinal sintaxis perturbada. Se ha prohibido y perseguido respirar libremente a cielo abierto debilitando y enfermando a la ciudadanía asalariada no funcionaria; se ha extorsionado a la misma población a meterse en la sangre una vacuna que no vacuna, se ha encarcelado policial y militarmente a esa misma población en sus casas arruinándola, prohibiendo su sustento. Se le ha prohibido deambular como todo animal libre con el acoso policial y militar. Se pervierte la educación de los hijos tergiversando la historia en hagiografías hacia el nazismo sanitario y su homosexualismo, confunden a la infancia con complicados seres extra sexuales que padecen todo tipo de parafilias, como ninguna especie animal en el planeta ha sido castrada de su esencia. Los graves delitos de los políticos son perdonados e incluso galardonados cuando hay gente asalariada no funcionaria pudriéndose en las cárceles por delitos leves. La guerra y su violencia es el último reducto de libertad y dignidad humanas en este momento. El Estado ha hecho lo peor, los que lo forman son hijos de la endogamia, líneas sanguíneas malas con malas inteligencias y malas naturalezas: han acorralado a la presa (la población) sin permitirle otra opción que la violencia, la defensa de su naturaleza misma. Muchos violentos no saben porque actúan así, pero es instintivo. El primitivo instinto con el que nacemos dicta cuando es el momento de luchar, cuando la esclavitud y su humillación es insoportable como forma de vida. No saben muchos que están combatiendo un nazismo feroz, biológico y sectario que los castra de todo pensamiento y libertad con la colectivización insectil. Que pudre su instinto reproductor básico. Pudre la ética y la justicia de la naturaleza humana. El derecho internacional o cualquier otro, solo sirve de papel para limpiarse el culo cuando hay una guerra. Los derechos internacionales no son más que un trabajo descansado que se han buscado los miles de funcionarios que forman el Estado. En la guerra matas, por placer y coincide con lo que te pide el Estado. Y la venganza es una justicia explosiva y llena de luz y esperanza; porque matas también al jerarca que te oprime cuando apuntas y disparas a un enemigo no conocido. La humanidad corre sin poderlo evitar y por necesidad, hacia una gran nueva guerra mundial, buscando ciegamente la dignidad de la especie humana reducida hoy a una vida insectil y ganadera. Porque ante la destrucción total y los soldados embrutecidos, el actual nazismo homosexual sanitario climático no podrá imponerse de nuevo. Y morirán, por fin, los que deben morir en justicia y conciencia.
La sumisión cobarde, mezquina e histérica disfrazada de teatral dolor y solidaridad de los grandes y decadentes rebaños humanos de las viejas y muertas ciudades occidentales (sobre todo del cadáver que es Europa), hacia los asesinos islámicos; es exactamente la misma que lucieron los rebaños humanos como odio contra los no vacunados de la inútil vacuna y los que no se calzaron el bozal nazi de la humillación con la “pandemia” del coronavirus o la covid 19. Incluso deseaban fervientemente la muerte de los enfermos para que se acabara el resfriado que el gobierno les decretó en sus huecas mentes; se veía en sus miradas cobardes de desconfianza, en cada gesto ajustándose el bozal o tapándose con la mano la boca, aterrorizadas las bestias. Y ahora demuestran a los asesinos, su simpatía por sus crímenes y causa para no ser degollados como lo han sido los israelíes. Es exactamente esa misma cobardía mezquina, ya genética en una especie humana camino de la extinción, sus últimas cobardías antes de desaparecer del planeta, o al menos de sus sucias e insanas granjas (ciudades les llaman). En definitiva, salvo salir en la foto de la simpatía para que el asesino no los degüelle cuando el Estado le dé cobijo en su país europeo decadente o africano (en el caso de España), no se manifiestan o lloriquean hipócritamente por otra cosa. Otra pandemia más de cobardía, servilismo y aplausos al enemigo. Es pura indignidad y nauseabundo ver mearse a miles de reses humanas encima de gente asesinada en nombre de dios.
No quiero ver la lluvia tras la ventana, soy parte del paisaje. Un accidente más. Mejor fuera que dentro. (No aplicable a su coño) Fuera también puedo alardear de melancolía observando a las nubes devorar las lejanas cimas. Y cuando el cielo se despeje ¿seguirán allí? Temo con cierta tristeza pueril. El toro se ha acercado a la alambrada y muge: quiere estar tras la ventana. Lo entiendo, el agua me corre por la espalda. No todas las bestias compartimos los mismos gustos. Me da paz que no estemos condenadas a tener un único y mierdoso pensamiento global. Ha descendido asaz la temperatura, me emociona sosegadamente, sin dramas. Es un saludo lejano del otoño, somos viejos conocidos y me pregunta con guasa: – ¿Estarás por aquí dentro de un mes? –No seas astuto –le respondo–. Morir no es banal, solo habitual. Escucho el rumor de un trueno lejano, no me ha oído. Observo las gotas bombardear los charcos y pienso en las bombas e Hiroshima. Una idea no del todo incruenta. Supongo que el temporal crea interferencias y no puedo imaginar qué hace ella en este instante. Más que solo, estoy aislado. Otra vez… Bueno, soy un elefante viejo en el oficio que con la trompa se tapa el orificio. Es lo único que puedo hacer, errar con una serena desesperanza. Así que aprovechando que tengo los pies mojados y el alma gélida, me detengo en un charco a fumar. No me puedo mojar más, no son necesarios los remilgos. Soy un paisaje desde lejos, desde el interior de las ventanas. Un tronco melancólico de ramas quedas. La melancolía que otros miran tras el vidrio perlado de gotas. Es una cuestión de elección. La libertad tiene estas cosas. El ala del sombrero gotea, observo con innecesaria y pedante poética; reflexionando en lo rápido que se consume el cigarrillo a pesar del agua. ¿Por qué insiste la chusma en que deje de fumar? A mí me importa una mierda si viven o mueren. La banalidad es también una compañera guasona con sus sorprendentes sinsentidos.
La fantasía de los humanos-bestias como licántropos, sirenas, medusas, esfinges, arpías, sátiros, centauros, vampiros, etc…; en el imaginario humano adulto está íntimamente ligada con el sexo. Imaginar, soñar o reflexionar cómo sería el acto sexual con estos seres fantásticos o mitológicos de características humanas y por otra parte la bestialidad y violencia implícitas en el acto sexual, excita escrupulosa y secretamente la libido de muchas gentes. El sexo brutal, doloroso y peligroso, absolutamente desinhibido; en las mentes adultas supera el miedo al desgarramiento de la carne, de los huesos y los órganos. Porque en los sueños no hay límites, no debería haberlos; de lo contrario sería una patológica castración que haría de la humanidad una manada de focas esperando que las orcas las devoren en la playa donde dormitan. Apáticas, desidiosas, incapaces… El acto sexual con estos humanos-bestias lleva implícita una sumisión o posesión masoquista de la que mucha gente no se atreve a hablar, exteriorizar y mucho menos proponer; pero avergonzados imaginan y sueñan con sufrir o provocar el dolor. El hombre lobo arañando sus pezones, penetrándola con un pene oscuro y velludo que la golpea profundamente hasta el intestino, empalándola… La vagina redundantemente húmeda de la sirena, sus gritos enloquecedores al penetrarla, equiparable al riesgo de follar con una mantis. Los vampiros subyugando con hipnosis a hombres y mujeres. Un acto sexual por aspiración de la sangre y el alma. La penetración de los colmillos en la carne como el acto íntimo donde ¿quién necesita un pene o una vagina para subir al cielo orgásmico? Y el gran premio: vivir como ellos eternamente. La bestia solo hace lo que debe, para lo que nació, comer y follar. No es el miedo a tales bestias, no en los adultos lo que les apasiona. Es la esperanza de un sexo irracional y brutal que rompa los límites marcados con alambradas de espinos morales a su libertad y pensamiento. En los adultos mediocres es un deseo oculto y vergonzoso, inevitablemente excitante. Porque han degradado el sexo a un mero trámite biológico y social: certificar que follan ante la sociedad y una mujer preñada que lo demuestra. Un sexo triste, meramente funcional, que no se atreve a rebasar las normas establecidas; ante las bestias humanas que leen o miran o sueñan, son arrastrados a elaborar las fantasías más voluptuosas y violentas hasta humedecerse y excitarse. Nunca han follado con los ojos vendados, atados, amordazados o fantaseando con juguetes, texturas, viscosidades o insultos susurrados con un follar brusco. Se excita ante el vampiro que le muerde las areolas dolorosamente, pensando que nunca ha tenido una mano en el coño que la masturbara, que chapoteara entre sus muslos mientras conduce reprimiendo el gemido y manteniendo una estresante y paranoica atención a la marcha del vehículo. Ser gozados, violados, poseídos en los momentos más improbables… No, los mediocres no usan de la fantasía en su follar estandarizado de ciudadano integrado. Son pura asepsia emocional e imaginativa. Pura incapacidad para gozar como de verdad desean, con esa faceta animal que les ha sido extirpada en escuelas, universidades y trabajo. Atenuada con drogas que esconden sus humillantes incapacidades. No son necesarios psicólogos o sociólogos para explicar lo obvio. Solo basta nacer absolutamente desinhibido y prestar la suficiente atención para retener los datos que formarán las conclusiones. Los que sueñan escondidamente mortificados con sus monstruos sangrientos, son los grandes frustrados sexuales, aunque no lo sepan y ante la película ignoran con embarazoso rubor sus genitales removiéndose ocultos entre calzones y bragas como fieras enjauladas, ahogados en sus propios fluidos y fantasías siempre retenidas en el oscurantismo sexual ya ancestral. Ante una vida mediocre y esclava, cancerígenamente mediocre; sólo las potentes fantasías sexuales de placer, violencia y posesión sexuales, pueden soslayar durante unos minutos esa vida deprimente de los nacidos en una cautividad que la humanidad, a lo largo de milenios ha cultivado con apatía, conformismo, cobardía, obediencia y estupidez.
He admirado una garza blanca y deslumbrante avanzar silenciosa y coqueta por el lecho del río. Y su cuello oscilar adelante y atrás al son de una inaudible melodía. A un pequeño corzo saltar ante mí la alambrada del campo sin rozarla. Así de fácil… Un lagarto verde como una joya, presuroso hacía crujir las hojas secas de la vera del camino huyendo de mi sombra. Y un águila vuela con una serpiente agitándose entre sus garras. El gato hace crujir un ratón entre sus fauces… Hubo un tiempo de sorpresa. Ya no. Ahora admiro serenamente lo libre y salvaje. Sin sonrisas, grave como una infección por gusanos en el corazón. No importa el frío o si el sol aplasta la tierra y arrasa mi piel en sus horas de mayor verticalidad; yo también me dejo ver. Soy un animal más. Porque las horas del sol vertical, son las que más soledad e intimidad ofrecen; cuando todos los esclavos temen obedientes a los amos de la plantación. Soy tenaz por mucho que duela todo. Y el miedo me lo paso por el culo, junto con los consejos pueriles. No sé si algo me cazará, pero como al resto de animales, no me preocupa. Lamento no ser salvaje y útil como las bestias; pero no tengo la culpa; nací en cautividad, fui un esclavo más de la plantación citadina. Así que amar es lo único libre y salvaje que ejecuto. Con posesión atenazar su coño y ordenarle: ¡Méate en mi puta mano! Sentir el calor real y tangible de su amor que oprimirá mi rabo henchido de sangre en lo profundo de su impúdico coño. Y si no obedece enzarzarnos en una lucha de pieles sudadas y gemidos reproductores. Amar salvaje, carente de toda educación, de premisas. Amar sucio y brutal. Con todas las palabras, con todos los fluidos. Amar hasta herir… Hasta avergonzar a las divinidades que el Estado creó. No es un amor apto para la moralidad y legalidad vigentes en la plantación de esclavos en este momento y lugar aberrantes. Es libre y salvaje, la voluntad del deseo limpio de toda hipocresía y enseñanza. Algunos creen que es imposible amar así; bueno, como siempre se equivocan los ignorantes. Porque la mayor parte de los esclavos perdió la gracia humana de la libertad y su imaginación feroz. Tampoco parecía posible que al haber nacido en cautividad, mi pensamiento fuera tan ajeno a la civilización, tan impermeable a las sagradas enseñanzas del Estado y sus sacerdotes. Tan alejado de madre y padre silenciosa y sigilosamente… Era consciente de mi delito de ateísmo al Estado y sus santos. Soy viejo y afirmo que los viejos viven demasiado por cobardes artificios, y eso los hace mezquinos, llorones inútiles, una carga egoísta y parasitaria para los que les rodean, que callan hipócrita más que piadosamente el estorbo. Demasiados años regalados los convierte, también, en viejas gallinas en continua lucha ruin, porque son los médicos de la plantación los que luchan por ellos manteniéndolos con vida un día más con la supersticiosa aleatoriedad de la química. Aunque sea metiéndoles un palo en el culo para que puedan sentarse en la mesa sin meter la frente en el comedero. Los viejos deben morir cuando el cuerpo así lo pide. Deben dejar un recuerdo elegante y digno, no esa mezquindad llorona y cobarde de una vida longevamente cobarde. Porque la edad debería hacerte valiente y sabio; pero los nacidos en cautividad muchos de ellos, son viejas tortugas que comen lechuga podrida mirando a ninguna parte después de llegar del médico por enésima vez a la semana. Y les asusta lo que a una gallina no le importa. La sabiduría no la han conocido en su vida tramposamente longeva; sólo los palos del amo y su obediencia de culo apretado por miedo a lo que les pudieran meter. Moriré libre y salvaje, con el amor intacto como ahora, sucio y feroz. Sin mezquinos retrasos, sin indignidades que dejen de mí un asqueroso recuerdo. Y procuraré morir bajo el sol o la lluvia, no con una sonda en la polla. El amor debe ser libre y salvaje hasta mi muerte. Con salvaje amor cómplice… “Quítate las bragas, levanta el vestido y hazme una paja ahora que muero”. Si no estuviera tan lejos de todo al morir…
La escena transcurre en Alemania, cerca del Berlín de 1931. Es cine en estado puro, un puñetazo de arte e historia directo al corazón. El director convertido en doctor en antropología social. Con qué aparente sencillez… Una de las escenas más terroríficas para cualquier persona con inquietudes de libertad y librepensamiento. En una película musical sorprende visceralmente esta inyección de crudo fanatismo que muestra con inteligencia y efectividad la miseria moral y asesina que una nación, sus gentes, puede llegar a alcanzar. En 1933, Hitler fue elegido jefe de estado por el pueblo alemán. Terror emocional puro. Con solo esta escena, Bob Fosse se elevó a genio del cine. Alguien debería enseñar esto a los jóvenes en las escuelas y universidades; no los evangelios de la globalidad oscurantista. Que sean capaces de identificar este escalofrío del caníbal fanatismo tan repetido y actual. Tan probable en todo tiempo de la historia. Aunque estoy seguro de que no entenderían, no sabrían lo que ven. La amorfa masa votante no entiende, no identifica lo obvio, mucho menos las sutilezas. Margaritas a los cerdos. Ningún camello ve su propia giba. Tan bucle en el tiempo… “¿Sigues creyendo que les pararéis los pies?”
Vivo como los gatos: entre los humanos y lo salvaje, sin merma de su condición de cazadores natos, sin dependencia humana alguna. Así, razono las posibilidades y las imposibilidades las sueño. Sólo que no soy gato y mis mundos son inconciliables y mi adaptabilidad gatuna es cada día más rígida. Jamás he deseado ser buen hombre o ciudadano. Cuando pierda el dominio de mi mente caeré en el mundo imposible. El de la razón me da jaqueca. Así que cuando enloquezca moriré en el acto, porque no seré de este planeta y su atmósfera irrespirable para mi naturaleza onírica.
No hay tragedia en el árbol tumbado por el viento. Incluso es motivo de alegría por su leña. Con los seres humanos anónimos ocurre lo mismo, por el espacio libre que dejan. Los árboles no lloran por sus muertos y los humanos se angustian porque el cadáver les recuerda cuál es su destino final. Los hay que lloran por perder a un ser amado; pero la práctica es que la indiferencia es una absoluta mayoría; la vida es corta y solo los estafadores y maníacos sienten dolor por cada humano muerto en el mundo. Son los únicos que tienen tiempo para las indiferentes muertes. Los antílopes no lloran por el que devoran los leones a pocos metros de donde pastan y no hay nada que reprochar. El mundo gira a la misma velocidad cuando muere un árbol, un humano o un amor. Los amores muertos no dejan residuos y sus vapores no afectan más que a los amantes, es una tragedia íntima que todo ajeno ignora y de poco alcance radiactivo, no más de tres o cuatro centímetros desde la piel. No hay responsos por los árboles, humanos y amores muertos, no para todos los cadáveres. Solo puedes sinceramente, observar los restos y las tristezas que evaporan y razonar que no es tu momento. Que ya lloraste a los que debías y que la vida es una mecha rápida e imprevisible. Podría ser amable y desearle buen viaje al árbol caído (como el ángel…); pero no pide ni necesita hipocresías. No puedo regalar un tiempo que se me escurre rápido entre los dedos. No pierdo el tiempo con los muertos porque son demasiados y no todos fueron buena gente cuando respiraban. Soy selectivo. Existentes ciertas insensibilidades que se desarrollan con la praxis vital, herramientas necesarias para que los forenses puedan hacer su trabajo relajadamente. Y para que yo la siga amando sobre todos los cadáveres de La Tierra. Así que cierro los ojos ante la repentina ráfaga de aire fresco que relaja mi piel y el tabaco templa mis pulmones rudos y experimentados. Buen viaje, arbolito. Tampoco cuesta tanto saludar a los muertos si te apetece cuando nadie te ve. Y podría sonar Spiegel im Spiegel es un buen momento; pero nada es perfecto.