¿Cómo sabrán tus labios ahora que tanto te pienso retando al tiempo y la memoria? Cómo si hace unos minutos los hubiera besado. Saben a luz, la que me falta en mi vida oscura de apenas un metro de horizonte en cualquier dirección. Sin ti la oscuridad dimana de mí. Y surge en tromba por mis labios secos y los ojos opacos de grisentería. El recuerdo de tu boca luminosa es una cicatriz que rasga y cauteriza mi razón en dos vidas: contigo y sin ti. Luz y oscuridad, la eterna lucha aplicable a todo en la vida. Y la luz de tus labios está cada día más lejana. Pronto se extinguirá y ya no podré distinguir entre vida y muerte. La oscuridad que me cubre es un manto espeso como el alquitrán y hace los días oscuros e indistinguibles. Eternos. No llega nunca el momento de la muerte, tal vez tema que la contamine de oscuridad. Sin embargo, respiro en un ataúd. No tengo miedo, sólo es la desesperación por una pérdida infinita. Es el brillo y color de tus labios la única imagen que demuestra que una vez habité la luz. Habité en ti, dentro y a tu alrededor respirándote. Ni siquiera encuentro el cuchillo para cortar el flujo constante de negritud que surge de mi pensamiento partido y corre por mis venas de mierda. La oscuridad es abandono y humillante incapacidad. Todo son malas noticias… Oscuras.
Animales acorralados por otro fascismo devorador; por lo “Mejor lo malo conocido…”.
Todo en España se palpa, huele y suena a mierda. Está tan podrida que un delincuente como el rey y ayatolá hispanocatalán Sánchez I el Arribista, sumo sacerdote masónico de la secta psoe, inventor de la Amnistía Corrupta Española 2024 y cobarde histórico, actúa impunemente gracias a un estado degenerado, degradado y corrupto en todas y cada una de sus instituciones. La culpa inicial fue del delincuente, el ayatolá Sánchez I el Arribista; pero la culpabilidad total es del estado en pleno por su continua dejación, prevaricación, corrupción y colaboración con banda criminal: Sánchez y su cártel de fascistas estalinistas estafadores. Por ello, ante el colapso de podredumbre y al estar toda ley al servicio de la dictadura sanchizta, no queda otro camino que la violencia civil para luchar contra un nuevo feudalismo medieval, su oscuridad y oscurantismo. Aunque solo sea para vengar la dignidad y libertad ofendidas y robadas. España está inmersa en otro medio siglo de oscuridad, vejación y extorsión de una aristocracia impune e inmune a toda ley que, como un agujero negro, fagocita toda libertad, futuro y dignidad de la plebe a la que decreta designios estalinistas criminales.
Me gustan las oscuras tardes veraniegas de tormenta, cuando cae rápidamente la temperatura del ardor y mi piel responde erizándose, evocando sus labios frescos, los muslos templados y vibrantes, los pezones duros que devoré y exprimí con ansia atávica. Y ella desfallecía voluptuosamente clavada a mí con la respiración entrecortada. Instantes frescos de íntima penumbra en la casa, en los que mi elaborada coraza se relaja y los recuerdos forman un manantial de agua oleosa y fría que anega mis órganos. Una sangre incolora… Una emotiva dilución de mí mismo. Y triste. Y eréctil. Hasta el puto dolor del alma y la polla. Una repentina y debilitante melancolía por todo aquello que nos quedó por hacer. Y follar… Follarte… Metértela… Enciendo el cigarrillo trescientos del día que sea hoy y sueño que aspiro su alma escondida entre sus atentos y brillantes ojos desafiantes, en sus dedos coreógrafos que me arrastran inevitablemente a un placer que aboca a la animalidad. Y su coño. Su bendito y hambriento coño. Y en mi tarde oscura invado con violencia su impúdica e impía humedad con la misma fuerza con la que el fulgor de los rayos me delata triste y abandonado en lo oscuro. Confirmo con mis defensas rotas que la necesito mil veces más de lo que creía intuir; pero ya es tarde La tormenta aleja y mi semen es un frío cadáver no nato, no formado, escurriéndose por mis dedos desfallecidos. Soy un mierda. Misericordia.
Está desenmascarado y acorralado por su estalinismo corrupto y arribismo criminal, él y toda su corte de sicarios ministeriales, leguleyos, burócratas y ratas de cloaca. El rey y ayatolá hispanocatalán Sánchez I el Arribista, sumo sacerdote masónico de la secta psoe, inventor de la Amnistía Corrupta Española 2024 y cobarde histórico; con sus homilías sobre la pureza y martirologio de su “Fiscalo General” el magdalena Ortiz (de su propiedad) y de la corrupción y prevaricación de los malvados jueces que lo investigan, está alentando, machihembrado con su corte de corruptos, una revuelta social de los pocos millones que le votaron, contra quienes investigan a su familia y órbita de poder íntima en el gobierno. Es el paso lógico de cualquier narco dictador hispanoamericano como en Venezuela, Cuba, Colombia, etc. Y por otra parte, los dictadores lo último que tienen es inteligencia, así que se le ve venir de una hora lejos, es previsible como un ascensor. Si consigue generar un estallido de violencia, como dictador del actual narco gobierno español tendrá razones “constitucionales” (su orco Pumpido lo avalará) para declarar un estado de guerra, de sitio, emergencia o como sea la pedagogía que se invente y así encarcelar de nuevo a la población, aplicar toques de queda militares, control de prensa y censura en internet. En ese instante en el que decrete las humillaciones y privaciones para “todas y todos”, habrá cerrado las cortes, como ya ensayó con sus decretos de encarcelamiento y extorsión policial por coronavirus. Con lo cual, se creerá inmune e impune a todo juicio o exigencia de dimisión. La cuestión que urge ahora es si tiene suficientes apoyos militares con los generales que ha ido condecorando a lo largo de su reinado para llevar a cabo un golpe de estado y asaltar con una estable seguridad la jefatura total del estado después encarcelar o expulsar al otro rey, al Felipe. Acto seguido, con una de sus homilías de mensaje telegráfico; pero de castrista duración, declarará España como república estalinista-islámica. E impondrá definitivamente un nuevo gobierno del terror y la corrupción al estilo hispanoamericano o islámico. Para ello, debe tener negociada (pagada) la complicidad de sus militares y policías. Si no fuera así, y ojalá no lo sea, estallará una nueva guerra civil que será la última esperanza para la libertad y la honestidad en España. En este instante, España y sus “todas y todos” están al borde de una guerra civil, al breve vuelo de una moneda lanzada a cara o cruz. Estando el ayatolá Sánchez I el Arribista acorralado y cada día acosado de corrupción por nuevos titulares en prensa, al ver que peligra la fortuna diaria que atesora en su moncloa, su única opción corrupta es un golpe de estado y su guerra civil para conservar su fortuna ahora y durante lo que le quede de vida (que ojalá sean unas pocas horas). Es la razón de que en este momento esté llevando al paroxismo a sus feligreses (votantes, militantes y soldadesca enchufada en puestos del estado cobrando dinero fácil) mediante homilías-arengas que ensalzan su corrupta santidad y bondad, que sólo sus crédulos fieles de cerebro abducido son capaces de ver y sentir sin el adjetivo “corrupta”. Es el mismo estilo de oratoria hitleriana, donde Hitler era adorado por ser el enviado de dios en la tierra alemana. En el caso del ayatolá Sánchez I el Arribista, habla por Alá. Los primeros momentos de la república española del arribismo, serán de una “libertad” plagada de cadáveres en las calles. Una violencia que se siente tan cercana como cotidianos son los fieles sanchiztas ciegos a la podredumbre ética y arribismo criminal de su nuevo caudillo Sánchez. Ya husmean en el aire aquel aroma a dictadura que los embelesó y los llevó a aplaudir los encarcelamientos multitudinarios por coronavirus español. Porque en otros lugares el coronavirus no era tan “mortal” como la variante española y no precisaban encarcelamientos masivos, ni bozal nazi “en exteriores” (uno de sus grandes negocios-timo junto a las vacunas). Sólo la raza humana ibérica, seleccionada milenariamente para cebar servilmente a sus dictadores puede sentir simpatía, cariño, admiración, fervor y servilismo hacia un dictador como el actual que prepara su gran golpe de estado, el mezquino Sánchez. Un personaje que en cualquier país europeo ya habría sido linchado y que repele incluso a sus colegas políticos europeos. Vibra y pulsa una peligrosa e indigna multitud que ha votado al ayatolá Sánchez I el Arribista, que no se acerca siquiera a la mitad de la masa votante, que ama a un mal personaje que causa repulsión y dentera en las personas con perspicacia y una mínima capacidad intelectual. Una chusma que ahora aúlla con espumarajos en la boca por la santidad de un leguleyo corrupto (el citado fiscalo general, la magdalena Ortiz), una especie de pervertido Calígula. A ojos con cierto brillo de inteligencia, el horizonte en España muestra medio siglo de dictadura otra vez, con su oscuridad y crímenes de estado. La vuelta de los delatores cobardes que ansían las propiedades de sus vecinos y para ello pedirán a su amo dictador repitiendo la historia, fusilamientos; algo que fue muy cotidiano en el franquismo rural. Y como es proverbial en toda dictadura. No tardará el rey y ayatolá hispanocatalán Sánchez I el Arribista, sumo sacerdote masónico de la secta psoe, inventor de la Amnistía Corrupta Española 2024 y cobarde histórico; en lanzar una homilía a sus “todas y todos” para que salgan a la calle a luchar por él: el Padre Dador de la paz, la bondad, la convivencia y la pureza del bienestar de su estado islámico. El horizonte de España se vislumbra negro como el ojo de un culo.
Amanece lloviendo en una mañana bellamente oscura, relajada de luz, con el sonido acolchado que el bajo cielo rebota sin matices, sordamente, como un susurro en el oído. Es un día a juego con la piel de los cadáveres y la silente inmovilidad de sus pulmones. Con el pensamiento oscuro llega la serenidad de la desesperanza. No hay nada que esperar, tranquilo. Y la depresión de los pusilánimes que intuyo, allá muy lejos, me provoca un conato de gozo añadido. En soledad soy puramente yo, inmune a la vergüenza y al control. Es la razón de que las emociones se derramen como un torrente dentro del cuerpo y las entrañas oscilen flotando en cálidos embates de llantos íntimos, densos y aterciopelados. Las tristezas se extienden con ternura entrando por los ojos infectando los dedos que, deliran acariciando algo invisible y hermoso en el aire. O cierro los ojos a una brisa que porta recuerdos y emociones por las que valió la pena nacer. Y así, indefenso a mí mismo bajo la lluvia, encuentro el cadáver de un pajarito, un ser pequeño y bello que crea una angustiosa oscuridad en el ánimo. Una cuchara tan roma como dolorosa se clava en el corazón y me arranca un trozo del alma que se me escurre por los labios en un gemido mudo. Es el suspiro más triste del mundo, un espectáculo digno de mí. Qué pena, pobrecito mío, que no conocía su existencia y he tenido el honor de conocer su muerte, su tierno cuerpo aún incorrupto. Tan pequeño y tanta desolación acumulada… Pienso y deseo que ojalá me muera antes de ver otra naturaleza muerta. Me siento ruin de seguir vivo ante esta hermosa y pequeñita vida que fue. Purgo la pena dedicándole mis inútiles mejores deseos, un adiós tardío y una pena atómica. Pareciera que acumulo muertes. Soy el contador de los cadáveres más bonitos del planeta. Conozco ese dolor de la muerte en sus garras cerradas y crispadas. Una certeza dolorosa. Los salmos sabios del horror y la pena. Lo conozco tan bien… Siento tanto que haya sentido esa angustia, la certeza del fin durante una pequeña fracción de tiempo. Pobrecito mío… Y yo tan vivo de mierda, como un puto cobarde. No puedo evitar quererlo ahora que está muerto helándose en un frío charco, con los ojos tan abiertos, mirando el cielo al que ya no volará. No puedo sentir indiferencia. Por favor… He perdido un trozo de alma y hay un agujero en el pecho que me roba la respiración. Me duele la cabeza tan adentro que pareciera que nunca más podré sonreír. Es hora de descansar, no quiero saber de más muerte que la mía. Misericordia. Estoy harto del frío en la piel tan parecido a estar muerto, de la gélida lágrima que no acaba de derramarse del párpado y amplía la visión del horror, una lupa lagrimosa y sórdida. Y aquí entre los seres bellos, no llevo la máscara de la impasibilidad. Estoy indefenso a las tragedias mínimas. Ojalá el próximo cadáver sea yo. Estoy agotado, cansado y triste de la peor forma posible, en libertad, en soledad. Sin que nadie interfiera en este dolor del súbito vacío. Tan pequeño, tan bonito… Soportando la muerte con los ojos bien abiertos. Que valiente, pobrecito mío. Y yo tan asquerosamente vivo. La vida es una pesada carga, ya no quiero saber o experimentar más. Soy más sabio de lo que hubiera querido ser jamás. Me quiero morir, aquí al lado del valiente. Desaparecer con él. Dios es un trozo de mierda, amiguito mío. No temas, el cerdo no existe y serás libre. Si pudieras ser algo tras morir… Me quiero acostar junto a él y ver las cosas que ya no ve. Y no penar más. Me duele inevitablemente el corazón.
Murf es una luz en la oscuridad que a veces parece soñar cosas malas o dolorosas y emite pequeños gemidos que me inquietan, provocándome un arrebato de existencial ternura. Es un escalofrío pensar que pueda sentir miedo o dolor soñando, como yo. Que sea consciente de su cautividad, como yo. Que no me quiera, como yo a tantos. Es muy pequeño y suave, no se merece esas emociones. No quiero. Quiero pensar que él está a salvo de esta mierda que creía sólo humana. Que destaque sin malos sueños en la oscuridad con un mullido y relajado brillo de serenidad. Y que sea inmortal. Que viva más que yo.
Te he soñado. Con tu piel nocturna bañada en haces de plata. He triturado vidrio con los dientes por ansia en mi cápsula oscura que orbita invisible a tus ojos que reflejan dos planetas dulces de miel. En algún momento del sueño me he preguntado qué sería de mí si no te hubiera localizado entre todos esos millones de seres masticantes. Se me ha formado una perla roja en un lagrimal. Lo he visto en el reflejo de la ventanilla. No duele, sólo turba y angustia. Dicen que no hay luz sin oscuridad. Yo digo que, aunque mi oscuridad se disuelva en lo Oscuro Supremo, tú esplenderás argenta en la penumbra, áurea en el día. Un bronce aterciopelado bajo las oscuras nubes… No sé qué hacer para escapar de la cápsula, de mí mismo; pero además, no sé si quiero hacerlo. Sé que cuando me acerco al espejismo desaparece. Y es horrible, aniquilador el vacío que queda. Mi lejana oscuridad preserva tu presencia en la vida. En la mía. Y cuando despierto oscuramente, ese primer trago de melancolía en la tierra me disuelve cosas por dentro. Misericordia…
Las dos caras de la moneda, en el mismo instante, en el mismo lugar y yo entre ambas. Es un magnífico privilegio el mío. Estoy donde debo. No necesito nada más. Miro al sudeste para encontrar el sol radiante y su luz. Al noroeste, y dándole la espalda a la luz, la oscuridad plomiza y majestuosa. El paisaje inspira en mi pensamiento una metáfora de la vida en cautividad mientras observo la aguja de la brújula estabilizarse e indicar la dirección de la oscuridad que me da paz. De luz hay tanta… Mis ojos tienen cierta edad y una mirada atávica que he trabajado segundo a segundo. Allá en la ciudad, en cautividad, si miras a la luz das la espalda a la mezquindad y su maldad, al oscurantismo, la represión y la esclavitud a la que te condenan al nacer con pecados, mandamientos y leyes. Con sus condenas siempre pendiendo sobre tu cabeza, afiladas y mortales para la libertad. Y como al cielo plomizo, nada detiene. Se podría creer que la luz es la esperanza; pero sería una puerilidad, un infantilismo indigno de un ser humano adulto. Sin embargo, es lo que hace el humano cautivo en sociedad: mirar la luz esperanzado en la milagrería de sus amos y sacerdotes que muestran sus puñales rituales para hacer de él sacrificio a nadie. Escupo la colilla del cigarro con displicencia molesto con la metáfora y su alegoría, algo que sólo se da lejos de aquí; en este momento a millones de años luz de mi pensamiento. En libertad las metáforas se diluyen y pierden todo significado ante la belleza y majestuosidad del cielo y la tierra, de lo palpable, visible e incorruptible por los sacerdotes legisladores de pecados, condenas y privaciones que alzan desde el púlpito sus símbolos doctrinales predicando absurdidades con codicia. Amo la oscuridad y la luz que sin hipocresía y con la sencillez de un respiro el planeta ofrece en libertad absoluta. No necesito nada más, ni una moneda. Es todo y soy con ello en este instante y lugar, entre la oscuridad y la luz; donde los sacerdotes en una justicia salvaje son cadáveres cubiertos con hojas muertas alimentando la tierra. Donde podría partirme un rayo o la luz templar mi piel, sin más consideraciones. Y lo mejor, elegiré entre la luz y la oscuridad, no le temo a la libertad. Sin palabras farfulladas o urnas construidas con deshechos. Elijo la cara o la cruz, según mi ánimo. Relajado e ilusionado, ahora sí; es mi precisa y firme elección.
La Luna y su corona, un halo multicolor que la convierte en un sol frío, en un ojo abierto en la oscuridad del cielo. Un búho cósmico ha abierto un párpado… Vale la pena alzar la mirada al cielo nocturno y observar a la voluble Luna. Es tan fascinante que obliga a observarse uno mismo presa de las aleatoriedades de la vida y las cosas malas que ofrece a los que no nacimos en el tiempo y lugar correctos. Y caes en la cuenta de la inmensa oscuridad que eres. Que no luces, no brillas, no hay nada que te corone. No fascinas. Sólo te matan. Y es inevitable pensar en ti como la luz a la que me aferro en mi negritud. Otra vez… Eres mi Luna. Ojalá fuera yo la corona que te rodeara, ser tu halo es una de esas imposibilidades que me preocupan: no rodearte entera y hacer de ti una perla en mi núcleo de apagados colores. Te pienso sostenidamente, perdido en ti; y en lugar de fría y lejana, la Luna se hace cálida como las caricias de los amantes desfallecidos. Hoy la Luna luce con corona, es su majestad de las noches frías. El centro de oro en una gélida aurora boreal que la envuelve.
Y alzamos la mirada a la majestad, preguntándonos si conoce nuestra existencia. Es tan deseable como letal. Una corona lunar… Podría ser que la Luna se siente alegre o tal vez furiosa, no sé… Depende de la tristeza de mis días. No sé qué pensar, me pierdo en mí mismo. Concluyo que a la Luna no le queda bien la corona. Está muy guapa desnuda y blanca. La corona la vulgariza. No es habitual que luzca como un átomo, el más grande del cielo; pero cuando lo hace pierde la nitidez y la pureza de su piel de plata. A la Luna la amo desnuda, como tú ante mí. La Luna y tú nacisteis para ofrecerme un atisbo de la belleza más pura, una condescendencia piadosa para un ser mínimo como yo. También es fría y me roba el calor de la mirada cuando más falta me hace, cuando hace obvio que estoy abandonado aquí. Te quiero desnuda, os quiero desnudas y frágiles en mis brazos, sentir así que existo, que no soy inmaterial a vosotras. Es posible que no quiera corona y se sienta agobiada. Enfadada. Cansada de protocolos… Aún así impacta con su corona de poder. ¿Y si la Luna está enojada y muestra su halo de oscuros colores de guerra? Tal vez se sienta así más sola, encerrada en su propia ira. Sola e irritada allá arriba… Con lo bella que es desnuda y blanca, fría y lejana, vanidosa y hostil. Tanto deseos y sueños que provoca, y tan letal… Tan árida. Es el cadáver más cercano a nosotros en el espacio y algunos pretenden hacerla diosa, guardiana piadosa y la personificación de los amantes bajo el influjo de su conjuro de lechoso amor y fría luz. Quieren verla así porque rechazan la muerte que hay en el universo. Ingenua y cobardemente se obstinan en creer que al morir no mueren y vivirán en algún lugar del cosmos venenoso y congelador. Los humanos son cobardes y la Luna indiferente a quien vive y muere. A veces pienso que cuando esté tan muerto como la Luna, mi vapor subirá hasta ella y descenderé en su superficie, como el polvo que la cubre. Y así, tal vez, observe a las cosas vivas de la tierra sin sentir nada por ellos, como si nunca hubiera estado allá, donde he estado muriendo toda mi vida. Estar sobre tu piel desnuda y ya no esperar, sólo estar en paz.
Si la humanidad fuera un organismo, un cuerpo; yo estoy alojado en su ponzoñoso corazón. Un corazón que hace lo que debe; pero es infeliz y bombea la sangre enfadado, con presión excesiva por ser envidioso e ignorante. Y hace la sangre espesa como el engrudo. Yo soy su infarto, el infarto de toda la humanidad; a la espera de hacer mi trabajo con rápida y entusiasta diligencia.