Los colores que ofrece la mañana son frescos, vibrantes, húmedos. Enérgicos y energizantes. Los del mediodía secos, aplastados por un sol despiadado que destruye las sombras y contrastes, es la verticalidad uniformadora. Como un dictador robando matices y creando un cromatismo anodino. Los colores de la tarde son relajados, llevan horas luchando contra el sol y, ahora que se hunde en el horizonte, se toman un café con tranquilidad porque lo peor ha pasado. Se oscurecen saturándose dramáticamente antes, para dormir negramente. Incluso las frecuencias están sometidas a los movimientos cósmicos. No es extraño así, que haya una hora preferida para morir. Y otra para follar. Luchar. Llorar. Desear… Sin embargo, el pensamiento no cesa en ningún momento, no afloja su enloquecido ritmo. Ni en el sueño. Es sortilegio y maldición. Es contra lo único que el sol pierde su poder. El jodido e incombustible pensamiento… No lo escribo con orgullo, sino con resignación; porque quisiera ser un color fumándose serenamente un cigarrillo al atardecer. Que el pensamiento cese, se relaje por unos instantes aún a riesgo de parecer imbécil. El pensamiento tiene el superpoder de lo infatigable. También de lo irritante, pero como efecto secundario. Y me vampiriza. Me canso de enlazar tonterías, de escribir en el borrador de mi cerebro. Y si dejo de hacerlo por algún ataque de amor o melancolía, tengo la sensación de morir un poco. Temo que al dejar de pensar, lanzo a la basura las deliciosas y frágiles ideas multicolores. O una negra y poderosa. O tu coño desflorado a mi lengua, a mi pene que ciego parece llorar un aceite denso de incoloro deseo. La locura no es algo de lo que sentirse orgulloso. No importa si el sol se pone, porque enciendo la luz en mi cerebro despertando los colores. Es un defecto con el que me parieron, no lo pedí. Sólo lo uso, como los dientes. Y esa luz en el cerebro, me da el consuelo y la fuerza de no sentirme arder. La noche es para escribir sin preocupaciones de que el procesador alcance una temperatura crítica. La tinta luce como si su color fuera matinal de fresca, vibrante y húmeda deslizándose ágil en la página y en tus muslos escribiendo los versos obscenos. No puedo, no quiero dormir con el remordimiento de haber perdido una graciosa, insignificante o tonta graciosidad. Dormirme sin pretenderlo es la única piedad. Caer repentinamente en la onírica locura, cuyas aberraciones se diluirán al instante mismo de despertar. Y si no fuera, así… Misericordia.
Es fascinante, mágico e incluso espiritual observar las almas surgir y desprenderse de la tierra y los árboles cuando el sol derrite la escarcha de la noche. Hacen el frío más cálido y aterciopelado, no muerde con tanta fuerza el pensamiento. Tal vez sea por respirar las almas libres y serenas que se extienden por el prado silentes, sin drama. Las saludo en silencio, con la mano acariciando el aire. Y les deseo feliz viaje a donde quiera que vayan. Con cierta melancolía anticipada pienso que en mi último latido, antes de la definitiva horizontalidad, añoraré estos hermosos y escasos momentos que el mundo regala. Me gustaría que el sol hiciera eso conmigo, sacarme con su calidez de la tierra y darme la libertad de la flotabilidad. Pero sé que me quemarán como un puto neumático viejo o meterán en un cajón de hormigón. Aunque una vez muerto, me sudará la polla lo que ocurra. Estoy en el momento y lugar preciso para variar. Es lo único que ahora me importa y gozo. Y casi siento desprenderme de mi piel siguiéndolas y dejar mi carcasa aquí y ahora que todo es perfecto. Es importante acabar bien. “Vivir agota ¿verdad, amigas?”, pienso. Siento… À bientôt! bellas almas. Ya pronto…
Hace frío y la niebla rechaza el sol. El frío agota más que nada el organismo; y pérfido te invita a dormir… Rompe la piel de las manos y pies, se mete hasta el tuétano de los huesos. Hasta el desánimo de no saber cuánto resistirás. Congela el tiempo que se queda quieto como un último suspiro en la boca muerta. Y a pesar de ello hace de la naturaleza una obra de arte de hermoso dramatismo. El frío te consume bellamente, es astuto con sus trampas. Es urgente desear tu calor que también me consume. Elegir tu piel que acapara los rayos del sol y te erige en este frío páramo en una diosa áurea. Pero nada es perfecto ¿verdad, cielo?
Lleva varias semanas luciendo muy por encima de todas las flores y altas hierbas, rozando las ramas de un árbol. Soportando las gélidas noches. No he podido evitar admirar a la bella guerrera. Temo el día que desfallezca mustia ante el impío invierno. Y luego muerta. Seca. ¡Qué valentía y fortaleza! Yo ya estaría muerto en la intemperie invernal de la primera noche de mi “floración”. No adorna nada, es libre y salvaje. Y ese orgullo hemoglobínico y pasional que luce… Ha subido majestuosa, tan alto por encima de todas las flores, que era difícil capturarla y así muriera tristemente en un florero. Tal vez haya algún ser humano honesto que admire la vida y no la ha raptado para decorar su guarida vertical. Nunca ha sido necesaria la navidad para que surgiera la nobleza. Es una cuestión de ética personal e intransferible. Naces mal o naces bien. Si naces bien, con la capacidad de sentir ternura y admiración por las vidas menudas tan valientes que mueren luchando, sin recostarse en nada ni nadie. En el silencio más triste que existe. Pienso en la fuerza de los menudos seres, su determinación para vivir y me siento tan mediocre… Viven sin acumular posesiones, a piel y pelaje descubierto. No sé si al cerrar la mano en su tallo y clavarme sus espinas, le daría más fuerza para resistir la embestida del frío. Temo envenenarla con mi sangre insanamente caliente. Luce tan soberbia en su extraordinaria altura que me evoca al buen Juan Salvador Gaviota, ya asesinado por una humanidad, una globalidad cobarde y adocenada. Encajonada en sus pocilgas-ciudades. Mirarla en contraluz con el cielo, ofrece el espejismo de un ángel de terciopelo sangre. Como las bravas águilas ofrecen sus vientres dorados a nosotros deslumbrados. Y el rocío… La han comido a besos durante la fría y oscura noche, como un amor prohibido.
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Esta noche ha caído la primera gran helada del otoño. Y he pensado en ella. He temido.
He encontrado a la pode-rosa un poco cansada, combada por su batalla contra la escarcha. Gritaba en rojo su agotadora supervivencia contra el arrollador invierno. No miraba directa al cielo como ayer. Pobre…
Y luce sanguíneamente hermosa, como si le dijera al invierno: ¿Eso es todo lo que puedes hacer? Aún le queda agua en sus labios-pétalos.
Mi guerrera… Pero la suerte está echada, el invierno ya no cesará hasta borrar el último color cálido. Qué tragedias, qué brutal la batalla por la vida de los pequeños seres. ¡Cómo no admirarlos! Cómo no llorar su gesta indómita, su muerte heroica. Su vida desnuda. Sin posesiones. Sin legados. Porque vivir es vivir, no se vive “para…”. Se vive y punto. La muerte cabe en todos los cuerpos, por muy pequeños que sean. Es una puta. Y cuando estés vencida, no se lo diré a nadie que pueda sentenciar con hipócrita “sabiduría” de borracho: “Es ley de vida”. Esa ley de la que huye y teme el humano mezquino.
Adiós pode-rosa vuelvo a mi guarida cálida y protectora como un triste cobarde. ¡Bye, belleza!
Esperanzas impávidas, sin emociones visibles, son las que mantienen los rotos que conocen la frustración y las imposibilidades de las cosas, donde cosas = humanos. Los humanos son cosas porque son ajenos a la esencia natural del resto de las especies animales. El humano, mayoritaria y secularmente, es una especie animal de mente insectil y cuerpo de mamífero. ¿Qué animal se puede permitir unas vacaciones y no morir de hambre? O peor aún ¿qué animal es capaz de vivir esclavo toda su vida? Excepto los de explotación ganadera que nacen muertos o temporalmente vivos. Dios creó a los animales y ya harto y hastiado, al ser hombre y a la mujer como su esclava. No me invento nada, está en las sagradas mamadas. Datos, datos, datos…. Pero existen las cosas rotas, los humanos rotos que fuerzan la pasión más allá de lo que la lógica y mediocridad pueden entender. Se fragmentan, desgastan y agotan la vida con muy pocas esperanzas de ganar.
Hay una voluntad de trágico romanticismo en romperse una y otra y otra vez. ¡Qué valientes son los seres que se dejan rasgar el alma y la piel por la pasión de amar! Por deseo. Por trascender. Por sentir. Por existir. Por un amanecer con su amante. Porque se equivocaron una vez e insisten en volver a equivocarse. Se parten en dos mentes, una es para quien desean y la otra sobrevive en la realidad en la que son presos. No existe el amor perfecto y eterno; pero no se rinden acunando su fragilidad, protegiéndolo incluso de la propia química de sus biologías. Y temen lo peor: que cuando el amor se haga tangible se infecte de mediocridad, de la realidad. La realidad es un lugar hostil para algo tan etéreo como el amor. Lo saben y por eso han partido su mente en dos pedazos, en dos dimensiones, en dos universos: en un sueño de acceso restringido que los hace únicos y abandonados. Y una praxis que les permite las elementales tareas de supervivencia. El sueño al que asisten cuando la realidad los aplasta y les roba la alegría tan poca. No dan consejos de amor y pasión aunque son ingenieros doctorados en arquitecturas oníricas del amor y la pasión. Seres que escriben metáforas arcanas, indescifrables para los intrusos y otros hongos. Se abrieron el pecho con sensualidades y construyeron dentro una cámara acorazada de seguridad contra la vulgaridad para su tesoro de amor. A veces divago… Me gustaría ser un superhéroe del amor; pero es tarde. Mis fracturas no se regeneran ya no cicatrizan. Un día con una tos, se me escapó el amor de mis pulmones rasgados. No puedes romperte continuamente y pretender salir ileso. Quedan secuelas. Al final de la fortaleza, sólo queda un eco de amor que podría derivar en locura. El amor nos degasta porque es su función, se alimenta de ilusiones de nuestro pensamiento, del cerebro, del alimento, de nuestro tiempo… El amor es frágil, pero exige fortaleza para resistir sus embestidas. Os veo sangrar por dentro y llorar quedamente por fuera con una sonrisa que no engaña. ¡Cómo os admiro, mis apreciados quebrados! El amor debe ser violento en su pasión y demoledora exclusividad; pero al igual que con una tormenta, no se puede luchar contra él. Sólo soportarlo y que su viento no te arrebate de la realidad y te precipites a un purgatorio donde nadie tiene la posibilidad de hacer tangibles los deseos mínimos. Donde no es posible dar o recibir y colapsa la mente. Una vez experimentado el amor, no sólo se pierde el miedo a la muerte. Hay momentos de angustia que te preguntas dónde está esa hija de puta para llevarte lejos de tu tragedia de amor. Lo peor de un tiempo sin amor es la visión de un horizonte vacío. Los rotos sois unos privilegiados de la tragedia. Puedo escuchar vuestros corazones forzados y buscar el aire del amor dibujando sus labios en el aire con un dedo que gotea la esperanzas muertas. Vuestra agonía es la más hermosa, fascinantes vuestras fracturas y la determinación de no curarlas. Y lo más increíble es que toda esa épica, un día la volveréis a vivir. ¡Qué locos mis rotos! Qué generosidad derrochadora de vida. Alguien os aconsejó prudencia y dijisteis: Y una mierda. ¡Bravo, mis ensangrentados seres admirados! Mujeres y hombres rotos derrochándose, dándose a sí mismos como materia combustible. Regalándose a pesar de la realidad que los somete con su vulgaridad, cotidianidad y banalidad. Un cártel de mafias que como la banca, siempre nos vence. La cuestión es cuánto tiempo aguantar. Por ella o por él, bien vale una fractura ¿verdad? Y otra más… Qué delirio y privilegio ser uno de los pocos rotos que habitan en la Tierra. Nadie contará vuestra historia porque el amor no es un libro, es un vapor, una emotividad, un padecimiento y placer que escapa a toda lógica, mesura, planificación y voluntad. Si el amor dotara de una visión superior a los amantes se verían como hermosos zombis con rosas clavadas profundamente en el pecho y los sexos palpitantes porque no hay pasión sin una carne que la contenga. No en esta dimensión. Guardáis silencio porque no os fiais de mí, que sólo soy una gris realidad. Tan solo ejerzo de notario, sin afán de lucro. Gracias por mostraros abiertos, sólo pretendo admirar lo que ya no puedo sufrir porque ya no hay tiempo y un ataúd es el aislante perfecto del amor y su desproporcionado voltaje. Cortocircuitos neuronales, fisuras entre el tejido muscular, roturas óseas, hernias y corazones al límite del fallo cardíaco; son las patologías de los rotos por amor y la pasión en un lugar donde un liquen mezquino lo cubre todo. Los puedes distinguir porque sus miradas están saturadas de curiosidad y determinación, como si miraran a tus espaldas cosas invisibles. Captan las invisibles e inaudibles frecuencias del amor. Yo mismo soy un roto; pero ya desgastado, apenas tengo una poca carne para el amor y ningún hueso que ofrecer. La pasión es una droga degenerativa para el organismo. Soy un yonqui con las venas podridas.
En el aire había una distorsión, parecía un torbellino de agua flotante. Siempre la busco y ubico en todos los lugares y tiempo de mi cotidianidad y de esa deformación del aire, aunque fuera una espejismo de mis ojos gastados, me permití la ilusión de que podía ser un portal para llegar a ella en un instante. Y entré en el torbellino como un adulto que no cree en lo extraordinario, pero nada ni nadie le impide soñar. Una solitaria y secreta travesura más de amor, no podía hacer daño… Era sólo un espejismo, una avería de mis ojos. Me hice pequeñito como los niños de algunos cuentos de la infancia. Me sentía turbado, alterado por un temor extraño que corría bajo la piel, como cuando la tierra se mueve por un terremoto y te das cuenta con un escalofrío de la enorme magnitud de la fuerza del planeta. No volví atrás, si en el mundo grande no te encontraba, la buscaría en un mundo en miniatura. A veces hay intuiciones… Comencé a caminar esperanzado en un bosque en el que las cosas mínimas formaban otro bosque, tal vez mágico como ella, mi hada amada. Avanzaba penosamente entre una selva de altas hierbas y flores grandes como árboles. El mundo era, al mirar al cielo, terroríficamente grande. Los árboles colosales parecían no tener fin y perderse sus copas más allá de lo azul. Y no sé el tiempo si también se encogió, porque agotado me senté a descansar bajo el sombrero de una seta y en un instante de lucidez fui consciente de estar loco de amor. Y tuve miedo, temí lo peor: ¿Quién va a amar a un loco? Deseé que estuviera loca también para no ser ajeno a ella. No soy un ingenuo; pero cuando eres miniatura piensas como tal, sencilla y pequeñamente sin alejarte demasiado de lo que eres, sin sobrevalorarte, esperando lo peor. Respiré hondo, me serené y tuve la certeza de que fuera adonde fuera, al mundo más grande, al profundo, al etéreo, al líquido, al de piedra… No la encontraría porque está en todo tiempo y lugar. Es sencillamente inabarcable, sólo puedo sentir una fracción de ella. De la misma forma que le preguntas a alguien en qué piensa y se bloquea porque no hay suficiente vida para traducir a palabras el pensamiento. Bajo el sombrero del hongo lloré secamente esta verdad revelada. Purgué mi incapacidad hasta que una oruga voraz erizada de gruesas espinas me comió en dos segundos el meñique, anular y corazón de la mano izquierda que acariciaba la tierra cálida y húmeda. Con la derecha fumaba un micro cigarrillo. Y escapé lejos de la monstruosa oruga sintiendo una inmediata añoranza de mis dedos más que dolor. Ahora entiendo porque los cuentos infantiles no tienen final feliz o les pasan cosas malas a los pequeños. El problema es que cuando te encoges, el mundo se hace colosal e insensiblemente cruel. Sólo eres un microbio… Y tal vez el amor se torne también monstruosamente voraz. Me come ahora que soy pequeño. Sentía angustia, ¿cómo iba a ser mi vida sin mis dedos, cómo explicar la mutilación? ¿cómo un día acariciarla con la mano mutilada, fea, horrorosa? Y aun así, en otro alarde de locura pensé que era un precio razonable por buscar a mi amor en otra dimensión como he soñado tantas veces. Comenzó a oscurecer a pesar de que a miles de kilómetros arriba se podía ver entre las lejanas ramas el azul del cielo. El miedo se apoderó de mí, no quería que la oruga me comiera también la cabeza. La oscuridad se llenó de ruidos, de amenazantes chirridos, algunos tan cercanos que me llevaron a correr a oscuras y caer y caer y caer… Y la aguja de un pino se clavó en mi muslo como una lanza. Conseguí extraerla, pero manaba tanta sangre… En la última luz que quedaba vi una hebra de telaraña vieja y rota prendida en las púas bajas de una zarzamora y me hice un torniquete. Se me cerraron los ojos de agotamiento, miedo y dolor. Cuando encontré fuerza para abrirlos, un disco de plata iluminaba suave y gélidamente el bosque. La luna llena era demasiado lejana y pequeña a mis ojos, me costó identificarla. No tenía frío, la tierra me transmitía su calor vital. No podía dar un paso más, notaba un corazón palpitando en mis heridas y me negaba a examinar la mano mutilada. Y otra aberración óptica apareció como un pequeño sol ante mí. Un burbuja dorada que se estiraba y contraía, como el cebo de un anzuelo para atraer a los peces. Avancé lentamente hasta ella y cuando miré dentro, me succionó. Imaginé que era una alucinación, una metáfora de mi muerte por desangramiento. Y ahora soy donde nada duele, donde no hay sonido, ni orugas. No siento ni siquiera necesidad de amar porque soy una partícula, un pensamiento inmaterial que no precisa respirar. Una conciencia eterna, un quark indivisible donde el amor ya no es deseo, sino serenidad. Y sin cuerpo, el amor es una obra de arte de mi conciencia, un orgullo de sentir. Fue importante amar, la ilusión no fue una pérdida de tiempo al final. Soy una partícula subatómica indivisible sometida a las fuerzas y corrientes de la materia oscura de un cosmos tan grandioso y tan inabarcable como tú, mi lejano amor. Soy una mínima y completa estructura de pensamiento puro que cobija infinitas ideas. Así son los dioses que pueblan el universo: partículas indivisibles que guardan la memoria vivida y contemplan y se llenan de experiencias. Ahora sé que todo mi pensamiento, no ocupa espacio ni tiempo. Soy un pensamiento libre de materia y estoy en todo lugar y tiempo expandiéndome a mi interior. Hace unos segundos la oruga casi me devora y me he emocionado con la formación de una estrella que se ha convertido en una agujero negro a lo largo de millones de años en la escala temporal de la carne sufriente. Sin cuerpo, en la dimensión cuántica el tiempo pasa tan veloz que puedo ver estrellas formarse e implosionar en un instante y tan lento como para reírme de la angustia que sentí en aquel bosque en miniatura hace unos segundos. Todo ocurre al mismo tiempo, en un caos fascinante. Soy un fenómeno cuántico producto del amor y la imaginación, de alguna forma me convertí en lo que buscaba. Y dentro de un millón de años o de una trillonésima parte de un segundo, no habrá variado nada, de lo que siento, lo que amo, temo y admiro. De lo que experimenté y descubrí. Soy un proceso libre. Lo que importa es que ya no hay búsqueda y no es necesaria la esperanza. Soy un todo consciente liberado de toda carga, incluso atómica. Y mi amor será eterno e indivisible como mi naturaleza cuántica. Bye, amor, todo irá bien, te lo juro.
El caballo no está en un cercado, soy yo el que nací dentro. Me observa desde fuera. La alambrada la instalaron para mí y unos miles de millones más que no la perciben. El tan cacareado “pecado original” es nacer en cautividad. Puede parecer desolador; pero a todo se acostumbra o sensibiliza uno. La libertad sólo se puede obtener viajando a un lejano planeta decente que puede que ni siquiera exista. Así que no hay otra que habituarse a las alambradas y los hijos de puta que las tendieron y siguen tendiendo. Me mira con indiferencia, tal vez con cierta compasión de ver a un animal incapaz de ser libre. Y debe concluir, como yo tras años de cautiverio, que visto uno vistos todos. La especie humana cayó en manos de un timador y la libertad se fue a tomar por culo, incluso la del puto estado de mierda. No sé a qué viene eso de la inteligencia de la especie humana. Y mucho menos su valor. Hay que escapar de La Tierra como sea, porque esta tristeza vital desarrolla tumores malignos que extingue a los humanos dentro de sus cercados.
Hay gente que no puede morir porque ya está muerta aunque se mueva estúpidamente. Sólo se descomponen y se consumen sin dejar siquiera ceniza. Nacieron cautivos y prácticamente muertos de voluntad. Sin embargo, los patos están a salvo. Si han de volar contra el viento, vuelan. Tienen mucha vida, la suficiente para hacerlo. No tienen que sentirse libres porque desconocen la cautividad, es connatural en ellos no divagar sobre estas cosas. Tienen lugares a donde ir, cosas que hacer y no rendir cuentas a un estado/dios esclavista. Son libres sin otra consideración más que su desconocimiento de la esclavitud o cautividad. Por ello, esclavos y cautivos son muertos vivientes, sin voluntad, sin determinación. Viven con el único fin de acatar y obedecer. No han conocido la libertad y no sabrían qué hacer con ella si se la dieran. Me provoca una gran melancolía ver marchar a esos escandalosos patos. Siento que las esperanzas de libertad se van con ellos a otros lugares, a otros mundos ajenos a los humanos. Y a veces quiero llorar de rabia y resentimiento. Regar mi tierra de mierda con mis lágrimas cautivas y rencorosas por la libertad que me han castrado. Entiendo las ansias de violencia que asumo con la misma vehemencia que el crédulo la sagrada hostia entre sus dientes. Volar nada tiene que ver con la libertad que es el conocimiento de uno mismo y obrar según tu naturaleza dicta. Los pilotos no vuelan, flotan en una cabina, encerrados. O los paracaidistas, cautivos de sus cuerdas, a merced del viento. Los barcos son cárceles flotantes que no buscan libertad, sino otra prisión donde atracar. No, eso no es libertad por mucha poesía que le metan. Es una patética ilusión y un engaño para esconder la frustración de lo que nunca podrán ser: libres. Los animales nacidos y criados en cautividad ya no son aptos para vivir libres. Y los urbanícolas son primates nacidos en cautividad que viven en su propio zoo acotado física y mentalmente por alambradas de corruptas leyes dictadas por el estado/dios para su propio beneficio, el maleficio para los cautivos; su pecado original presente en todas las sectas políticas y religiosas. Yo debería vivir como los patos, caminar hacia dónde el horizonte me tiente y usar las aduanas y fronteras como cagaderos. Estamos muertos, nacimos muertos… Volved pronto, volved con un atisbo de esperanza. Por favor…
Las dos caras de la moneda, en el mismo instante, en el mismo lugar y yo entre ambas. Es un magnífico privilegio el mío. Estoy donde debo. No necesito nada más. Miro al sudeste para encontrar el sol radiante y su luz. Al noroeste, y dándole la espalda a la luz, la oscuridad plomiza y majestuosa. El paisaje inspira en mi pensamiento una metáfora de la vida en cautividad mientras observo la aguja de la brújula estabilizarse e indicar la dirección de la oscuridad que me da paz. De luz hay tanta… Mis ojos tienen cierta edad y una mirada atávica que he trabajado segundo a segundo. Allá en la ciudad, en cautividad, si miras a la luz das la espalda a la mezquindad y su maldad, al oscurantismo, la represión y la esclavitud a la que te condenan al nacer con pecados, mandamientos y leyes. Con sus condenas siempre pendiendo sobre tu cabeza, afiladas y mortales para la libertad. Y como al cielo plomizo, nada detiene. Se podría creer que la luz es la esperanza; pero sería una puerilidad, un infantilismo indigno de un ser humano adulto. Sin embargo, es lo que hace el humano cautivo en sociedad: mirar la luz esperanzado en la milagrería de sus amos y sacerdotes que muestran sus puñales rituales para hacer de él sacrificio a nadie. Escupo la colilla del cigarro con displicencia molesto con la metáfora y su alegoría, algo que sólo se da lejos de aquí; en este momento a millones de años luz de mi pensamiento. En libertad las metáforas se diluyen y pierden todo significado ante la belleza y majestuosidad del cielo y la tierra, de lo palpable, visible e incorruptible por los sacerdotes legisladores de pecados, condenas y privaciones que alzan desde el púlpito sus símbolos doctrinales predicando absurdidades con codicia. Amo la oscuridad y la luz que sin hipocresía y con la sencillez de un respiro el planeta ofrece en libertad absoluta. No necesito nada más, ni una moneda. Es todo y soy con ello en este instante y lugar, entre la oscuridad y la luz; donde los sacerdotes en una justicia salvaje son cadáveres cubiertos con hojas muertas alimentando la tierra. Donde podría partirme un rayo o la luz templar mi piel, sin más consideraciones. Y lo mejor, elegiré entre la luz y la oscuridad, no le temo a la libertad. Sin palabras farfulladas o urnas construidas con deshechos. Elijo la cara o la cruz, según mi ánimo. Relajado e ilusionado, ahora sí; es mi precisa y firme elección.