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Los hay que tienen un grave conflicto con el amor y sus imposibilidades.
Ocurre cuando existe el amor real y las posibilidades se escriben con el humo de un cigarrillo en día de viento.
Existen infinidad de formas para explicar y llorar las tragedias del amor; pero sólo son efectivas las crudas y precisas, sin eufemismos y circunloquios.
No existe forma alguna de conciliar el amor con la distancia y el tiempo cuando están desincronizados.
O arrancan juntos los dos latidos de los amantes o están condenados.
A la amistad, la fraternidad y el amor filial no sólo no les afecta la distancia y el tiempo; incluso con distancia y tiempo mejoran, se enaltecen. No son emociones carnales donde el sexo sella la unión del deseo y la ternura.
No te follas a los hijos para consagrar tu amor.
El amor de hombre y mujer es espíritu y carne. Y deben sincronizarse en el tiempo y las distancias: si estás en la vejez, debes ser consecuente, como si estuvieras a diez millones de años luz de distancia, en un planeta que explotó.
Si falla la espiritualidad, la carne sabe insípida y piensas en el precio cuando pagas.
Y si falta la carne, te quedas sólo con el cinco por ciento del total del espíritu. Que nadie piense que lo espiritual es vital, somos casi cien por cien animales, todo nuestro peso es carne; el espíritu es un pequeño porcentaje, ocupa un espacio mínimo entre los huesos, la carne y la piel.
Mientras intentas cuadrar ese amor por una vana y rebuscada esperanza imposible de materializar, las carnes se marchitan y los espíritus se desecan.
Es necesaria la madurez para reconocer la imposibilidad y acabar con el tormento que no conduce más que a la tristeza y desesperación.
Lo que ha de morir, debe morir.
Que el amor muera lenta e indoloramente, dependerá de cuánto deseo y tristeza has derrochado en cuadrar lo imposible. Aquel deseo y afán no satisfecho, al cabo del tiempo se convierte en un alivio al verlo muerto. Es una carga que te arrancas de los hombros y te lastraba en la tierra ardiente y doliente.
Es importante que a los amores que nacen muertos, a pesar de reconocerlo, darles un tiempo de expansión e ilusión para que se desengañen por sí mismos. Así evitas que espíritu y carne se desgarren con ese dolor de pesadilla que tanto tememos; el espíritu y la carne se acomodan a sus propios fracasos si les das tiempo.
Se debe hacer espacio, liberar ese cadáver de amor para otras posibilidades, el mundo no está lleno de amor; pero la soledad tampoco abunda, es una costosa gema.
Que cada cual haga lo que deba.
O lo que pueda.
Es fácil concluir que si llevas décadas viviendo en soledad, puedes morir solo sin ningún problema, puede que incluso tu muerte anónima sea grata.
Morir no requiere de explicaciones a nadie.
Tal vez caigas, ante la proximidad de la muerte, en la tentación de a quien amaste un día pedirle perdón por tu imposibilidad y torpeza; pero no sería bueno; pudiera estar viviendo un nuevo amor. Las palabras surgidas del pasado estropean y enturbian el presente. No necesitas humillarte y disgustar a nadie por un romanticismo que no existe más que para el egoísmo de darte importancia en el morir.
No importa cuán numerosos sean los amores fallidos, recuerda que consuelo de muchos es consuelo de tontos.
Ten clase, elegancia, llora lo que debas después de haber cumplido con tu deber.
Piensa en el soldadito de plomo y su bailarina: en la versión para adultos no quedó nada de ellos tras deshacerse en el fuego de la chimenea.
Cuando éramos pequeños la gente sabia nos preparaba para lo temible…
Y cambiaron a los sabios por idiotas y ahora engañan a los niños.
A lo mejor no fueron fallidos los amores.
Tal vez no es la palabra correcta o piadosa; pero qué más da el nombre del cadáver.

Foto de Iconoclasta.

Desde el antiguo puente del Raval, sobre el cauce del Freser, he sentido estar en el palco principal del Gran Teatro Planetario.
El cortejo fúnebre más bello.
Y yo solo y aplastado en el palco de honor por el peso de una belleza casi voraz. Sin ser nada, sin ser nadie.
Sin merecerlo.
Un ocaso tan hermoso como monstruoso.
Me pregunto qué veneno lleva el cielo, porque sé que las cosas más bellas del planeta son venenosas y cortantes para evitar que los mediocres las marchiten.
Las nubes parecían dirigirse a devorar los restos del sol agonizante, teñidas de sus últimos estertores lumínicos.
El sol en agonía…
La lucha del Este contra el Oeste.
Y al igual que ocurrió con la última corona lunar, nadie miraba la bellonstruosidad que pasaba sobre sus cabezas.
El espectáculo planetario, el desfile de la grandeza y del color.
Si la televisión o internet (el Estado en definitiva) no lo anuncia, nadie mira al cielo oscuro del anochecer.
Caminan con las cabezas gachas, con temor, con servilismo; como si llevaran un bozal que los humillara. Caminan con el reflejo sucio de un teléfono en sus ojos incoloros y velados, con el cerebro desconectado del planeta.
Son tan dolientes los colores…
Sin opción a filtros o corrección alguna, porque es una creación perfecta. Insuperable, inimaginable cuando te encuentras ante ella.
Y tan grandes los espacios, amor… Y nosotros tan pequeños que sólo puedo pensar que un fenómeno cósmico nos enfrentó y nos reconocimos en una fracción de segundo, con el ángulo exacto del tiempo y la luz.
Desde este viejo y pétreo púlpito, con las manos ateridas por el aire gélido que arrastra el río, observo este inefable y efímero momento de apoteosis. Apenas durará un minuto, el tiempo que el sol recorra tan solo un milímetro más hundiéndose en el camposanto del Oeste.
Todo lo bello está ahí, todo el arte y toda la grandeza.
Si estuvieras aquí… Hubiera cogido tu mano, no sé si atemorizado o epatado, buscando tu calor y la fuerza de tu cariño para que las nubes no me arrastraran a la oscuridad donde muere el sol.
Porque es tentador seguir el rumbo hacia el bellonstruoso ocaso de malva agonía.

Foto de Iconoclasta.

Desde que a finales del otoño caen las primeras heladas nocturnas, el hielo en algunos lugares no se derrite y se acumula noche tras noche, allá donde el débil sol invernal no puede llegar porque las montañas crean umbrías que se extienden por la tierra.
Sombras que el frío pinta de blanco cada noche y cuyos contornos observo con la curiosidad de mi pensamiento atávico e inquebrantablemente asombrado.
Los parajes son metáforas de uno mismo; es un ejercicio, a veces cruel, encontrarlas o formarlas o deformarlas. O pervertirlas para que todo cuadre en tu cabeza.
Metáforas y coincidencias del pensamiento necesitado y voraz de vida y muerte, calor y frío, hambre y comida, dolor y follar…
Los lugares son eternos, estuvieron allí en el nacimiento del primer humano y continuarán cuando muera el último. Al morar en ellos, la tierra y su hielo nos contamina de sí misma.
Unos, los más, buscan la luz y la calidez. Yo estoy bien entre la escarcha acumulada, vieja y agreste porque no hay nadie en ella.
He visto asaz de humanos, los conozco a todos.
Duele más un golpe en la carne fría que la caliente.
Sin embargo, necesitas profundizar más el filo en la carne fría para que sangre. Si has de cortarte las venas o tirarte por un precipicio, que sea en tierra cálida; todo son ventajas para los inquietos suicidas.
Frente al definido límite de lo templado y lo helado, es parecido a asomarse a un barranco, pero sin muerte. Un paso más y metes el pie en la frialdad. En ambos casos, inevitablemente, imaginas con inquietud la consecuencia de avanzar.
Caminando por el hielo los pies pierden temperatura gradualmente en un acto parecido al de la muerte, así se deben enfriar los cadáveres.
No importa, no soy forense.
Es por no callar, sufro verborrea aguda.
Pero si fuera forense, llenaría de ceniza la fría boca del cadáver al que no le molesta ya quien fuma.
Si das el paso al bando blanco sentirás el hielo crujir, la suela de la bota enfriarse y los dedos encogerse incómodos. Y un poco más tarde, babosas que trepan por tus piernas robando el calor la sangre.
Me gusta pisar con fuerza el hielo y el crujir de mis botas que hace los pasos potentes, lo que no son en la tierra templada…
Aún me quedan rastros de una injustificada vanidad.
Es un hielo bueno, que no parte los huesos haciéndolos salir astillados por la carne, como cuando caes al resbalar velozmente en el pavimento de la sucia ciudad.
Con cierto esfuerzo, habitamos donde debemos o elegimos.
Si podemos…
Porque nacemos en cautividad y es difícil escapar de los cochinos amos y sus mierdosas calles y ciudades.
Hay lugares a los que no llega la calidez de la luz en todo el día, en todo el invierno.
Permanecen mudos en la gélida luz, esperando el ansiado próximo equinoccio, como las ramas desnudas de los árboles pidiéndole al cielo algo de calor.
Tienen algo cruel y viejo las zonas heladas a pesar de su blancura que evoca bondad.
En el hielo la piel se llena de una escarcha que te come la energía y te detienes a menudo, más que cansado, harto al final del invierno.
Y te preguntas cosas absurdas al observar la luz detenerse ante la raya que separa blanco y tierra: ¿teme la luz congelarse? Es como un perro que furioso ladra, pero no da un paso más.
Afirmo también, en base a la experiencia, que la esperanza es lo primero que se pierde y se congela durante eones en ese paraje donde hay una luz insuficiente para templar los sueños.
No hay esperanza alguna para sentir la calidez de la piel amada; sin embargo, con el primer paso del día en el hielo, pienso en ella y su calidez.
Pareciera entonces que el hielo se deshace y chapoteo en agua.
Mi amada cálida puede más que el sol…
La esperanza está congelada; pero el amor y la fantasía de amarla es un fuego imparable que hace mis pasos líquidos como su lejana mirada que me diluye todo por dentro.
El humo del cigarrillo no sube con la frialdad del aire y su rostro se dibuja en la voluta de humo flotante.
Una comadreja, con su coqueta mancha blanca en el pecho me mira de lejos con curiosidad, se pregunta si estoy vivo o muerto en el páramo de nadie.
Bueno, puede que no esté muy vivo.

Foto de Iconoclasta.

El gran problema del cuerpo es el alma que lo humilla haciéndole creer que es un super cuerpo con superpoderes.
El alma es todo emotividad e ilusión. Espiritualidad sin descanso.
Pero la vía del dolor y el placer es la carne, siendo el dolor lo más habitual.
Calor, frío o indiferencia en el mejor de los casos.
Al no tener nervios el alma no conoce el dolor, ni el placer más que como poesía o ilusión para recrear tragedias y romances oníricos. Y como es el dolor lo que hace realmente notoria la vida y es el parásito pegado a la piel desde el nacimiento, el placer se queda en mera anécdota y una exaltación excelsa del alma de la reproducción, la cópula sexual.
Y así en toda situación, momento y lugar; con el deseo, la libertad y el planeta entero. Si le das libertad al alma convertirá tu vida en un falso paraíso aún que no eres cadáver.
He sido lo suficientemente hábil para domar el alma, hasta el punto de dudar si la tengo.
He amorrado mi alma contra mi sexo y el de mi puta para que tuviera un atisbo del acre y fuerte olor de los genitales, que no huelen a rosas o esencias divinas, sino a humores sexuales dulzones y picantes como el ácido olor de los restos de orina y su animalidad afrodisíaca. Como a mí me apasiona y excita, sin circunloquios de poetas con el alma escindida del cuerpo, ingenuos…
Mi alma es conocedora del agrio aroma a sudor de mi carne, la que como y follo. Y evoca su coño en toda su magnitud, fragancia, viscosidad, elasticidad y sabor, con el más obsceno pragmatismo y deseo animal.
Hace eones que mi espíritu aprendió de la carne y no la humilla con rebuscadas imágenes idílicas, extraterrenales aromas y gemidos de mitológicas posesiones.
Mi alma asume los jadeos animales de lucha, posesión y placer. Un cansancio acumulado de dolor y frustración que se diluyen por unos segundos con el semen mezclándose con su viscosidad en la cópula.
Y así, sin engaños, admiro con profunda emoción las cercanas y abruptas montañas y las nubes que las acarician masturbándolas.
Precioso…
Las amo por lo que son en realidad, sabiendo que caminando por ellas y sus nieblas, la muerte, el dolor y el cansancio se hacen posibilidad en mi alma como el frío y el deseo angustioso de encontrar refugio y sobrevivir.
No ser cazado, no caer y partirse las piernas o la cabeza dentro de esa bella foto que el alma en su ignorancia, juzgaba como el sumun de lo idílico.
Aprendí a amar y admirar a pesar de la verdad de la carne y su dolor, a pesar de las fantasías del alma ignorante y cándida.
Los reyes magos no existen; sólo importa su sabor aún en mi boca, la textura de sus endurecidos pezones o la agridulce baba de su coño.
Y mi rabo oliendo a ella…
Mi cuerpo es uno con el alma, sin remilgos y con la adecuada pasión y fuerza.
Ya no sé cuándo perdí la gracia de la ingenuidad. Y ahora amo lo bello a pesar del terror y el miedo que pueda prometer. Amo el sexo crudo como despertar con una ternura al lado de quien amo.
Amo a las hostiles montañas y sus nieblas que me dejan ciego.
Mi alma se hace vieja conmigo, íntimamente insertada en cada fibra muscular.
Moriremos juntos, sin fantasías.

Foto de Iconoclasta.

La Luna y su corona, un halo multicolor que la convierte en un sol frío, en un ojo abierto en la oscuridad del cielo.
Un búho cósmico ha abierto un párpado…
Vale la pena alzar la mirada al cielo nocturno y observar a la voluble Luna.
Es tan fascinante que obliga a observarse uno mismo presa de las aleatoriedades de la vida y las cosas malas que ofrece a los que no nacimos en el tiempo y lugar correctos. Y caes en la cuenta de la inmensa oscuridad que eres. Que no luces, no brillas, no hay nada que te corone.
No fascinas.
Sólo te matan.
Y es inevitable pensar en ti como la luz a la que me aferro en mi negritud.
Otra vez…
Eres mi Luna. Ojalá fuera yo la corona que te rodeara, ser tu halo es una de esas imposibilidades que me preocupan: no rodearte entera y hacer de ti una perla en mi núcleo de apagados colores.
Te pienso sostenidamente, perdido en ti; y en lugar de fría y lejana, la Luna se hace cálida como las caricias de los amantes desfallecidos.
Hoy la Luna luce con corona, es su majestad de las noches frías.
El centro de oro en una gélida aurora boreal que la envuelve.

Y alzamos la mirada a la majestad, preguntándonos si conoce nuestra existencia.
Es tan deseable como letal.
Una corona lunar… Podría ser que la Luna se siente alegre o tal vez furiosa, no sé… Depende de la tristeza de mis días.
No sé qué pensar, me pierdo en mí mismo.
Concluyo que a la Luna no le queda bien la corona. Está muy guapa desnuda y blanca. La corona la vulgariza.
No es habitual que luzca como un átomo, el más grande del cielo; pero cuando lo hace pierde la nitidez y la pureza de su piel de plata.
A la Luna la amo desnuda, como tú ante mí.
La Luna y tú nacisteis para ofrecerme un atisbo de la belleza más pura, una condescendencia piadosa para un ser mínimo como yo.
También es fría y me roba el calor de la mirada cuando más falta me hace, cuando hace obvio que estoy abandonado aquí.
Te quiero desnuda, os quiero desnudas y frágiles en mis brazos, sentir así que existo, que no soy inmaterial a vosotras.
Es posible que no quiera corona y se sienta agobiada. Enfadada.
Cansada de protocolos…
Aún así impacta con su corona de poder.
¿Y si la Luna está enojada y muestra su halo de oscuros colores de guerra?
Tal vez se sienta así más sola, encerrada en su propia ira.
Sola e irritada allá arriba…
Con lo bella que es desnuda y blanca, fría y lejana, vanidosa y hostil.
Tanto deseos y sueños que provoca, y tan letal…
Tan árida.
Es el cadáver más cercano a nosotros en el espacio y algunos pretenden hacerla diosa, guardiana piadosa y la personificación de los amantes bajo el influjo de su conjuro de lechoso amor y fría luz.
Quieren verla así porque rechazan la muerte que hay en el universo. Ingenua y cobardemente se obstinan en creer que al morir no mueren y vivirán en algún lugar del cosmos venenoso y congelador.
Los humanos son cobardes y la Luna indiferente a quien vive y muere.
A veces pienso que cuando esté tan muerto como la Luna, mi vapor subirá hasta ella y descenderé en su superficie, como el polvo que la cubre. Y así, tal vez, observe a las cosas vivas de la tierra sin sentir nada por ellos, como si nunca hubiera estado allá, donde he estado muriendo toda mi vida.
Estar sobre tu piel desnuda y ya no esperar, sólo estar en paz.

Fotos de Iconoclasta.

Son malos tiempos para la libertad, que es lo mismo que afirmar que una ballena es grande. Pura retórica para gente con pocos recursos lingüísticos.
A mí me la pela, la cuestión es dejar para la posteridad muchas faltas de respeto y ofensas, al fascismo establecido y sus fans. Soy macho humano con escasas tolerancias sociales, ninguna concretamente. El resto de consideraciones religiosas, de género y sexo o de tolerancia hacia las ratas sarnosas que tienen su lugar en el mundo, pueden usarlas de supositorios los anodinos y ambiguos wokes con demasiado espacio libre en el cráneo que se entretienen en rellenar sus amos y lobbies.
Y bueno, ya se sabe que para lo que me queda en el convento me cago dentro.
Aunque soy un romántico redomado y llevo haciendo lo mismo desde que era nuevo en el convento. Y si una monja está buena, te la follas.
A la mierda hijoputas.

Hacéis lo que debéis.
Y lo hacéis bien.
Incluso en vuestro gran día mantenéis la compostura.
Gracias por ese magnífico y perfecto silencio, muertos.
Sois unos artistas…
Deberían tomar ejemplo de vosotros estos vivos quejumbrosos, superficiales.
Que nada ni nadie enturbie vuestro silencio en vuestras tranquilizadoras tumbas.
No os aprecio; pero respeto vuestro quedo trabajo.
¡Bye, hasta pronto!

Es un día de sol otoñal, de los que hacen sudar al caminar largo rato y al detenerse, la piel se enfría más rápidamente de lo que se consume el hálito del moribundo atiborrado de morfina.
Si te detienes estás muerto, desconfía de dios si existiera.
Pienso en las infecciones pulmonares y la penicilina.
Y extrañamente, en el soleado camino, se encuentra orando al sol una mantis en lugar de estar fundida con la hierba.
Cuando me he acercado a fotografiarla no se ha movido de su lugar, simplemente ha girado su predadora e impía cabeza y me ha observado con su mirada gélida a pesar del sol que la baña.
¡Qué valiente!
Me emociona ese ingenuo coraje de los animales pequeños. No temen, no huyen y protegen su tiempo y lugar que ocupan.
–No eres más que yo –dice con su mirada mecánica y las mandíbulas mordiendo las palabras apenas han salido.
Lo mata todo… Qué envidia.
Y no lo soy, no soy más que nadie. No necesito que una mocosa mantis me lo diga. Sólo nos parecemos en el verde de los ojos, si se le puede llamar “parecido” a su verde intenso y vital contra mi verde irritado por el sudor, el acumulado exceso de luz y desgastado por un hartazgo vital.
Todas sus patas son perfectas, yo tengo sólo 1,2.
Ella es perfecta, eficaz, una cazadora nata. Yo un cerdo que se alimenta plácida y cómodamente.
Ella es estilizada, la cima de una evolución perfecta. Yo un gorila a medio hacer, torpe y asqueado de mi especie.
– ¿Por qué estás en el camino y no oculta en la fronda?
–Porque soy alérgica al diente de león y hay mucho por aquí.
– ¿Cómo va la caza?
–No tengo hambre, sólo quiero secar la humedad de mi coraza.
–Como se dice que eres tan voraz…
–Yo no viviré tanto como tú, me he de apresurar en cazar y matar cuanto pueda, no es una cuestión de hambre, si no de trabajo. Disciplina, disciplina… –divaga ella olvidando mi presencia.
–Pues ahora mismo estás muy tranquila, relajada.
–Estoy pensando en cómo sería devorarte, no seas frívolo.
–Te podría haber pisado.
–Claro… Lo que no ocurre, no importa. No soy humana y mi tiempo es breve.
Ninguna parte de su cuerpo se ha movido en todo este tiempo, y su mirada ha adquirido la frialdad de la luna muerta. Parece haber eclipsado el sol. Tan pequeña…
Pienso que está neurótica, nada es perfecto.
Le digo adiós, como se saludan los caminantes en alta voz, sin que sea necesario, antes de alejarme cojeando de su camino. Me responde con un adiós rascado, triturado.
Las comparaciones entre ella y yo no son odiosas, son tristes. Aunque muerdo con fuerza el cigarro por una rabia que arde en mi cerebro, la tristeza me arrastra siempre a la ira, tal vez por hacerme sentir avergonzado.
No puedo entender cómo, en algún momento, mis padres llegaron a sentirse orgullosos de su hijo. Madre me quería tanto que me hace sentir ser un fraude, aún que está muerta. Incluso en la adultez vi en sus ojos el brillo del cariño. A veces pillaba a mi padre mirándome con orgullo. Agradezco a sus amados cadáveres aquellos halagos.
No sé… Los padres se equivocan tanto como los hijos, incluso más porque abusan de su tamaño y fuerza.
La mantis mira al sol pensando en cómo devorarlo. Sus espinosas garras se agitan en un tic constante intentando desplegarse y cazar.
Y agradezco al día el encuentro con la señorita mantis, agradeciendo también no ser el señor mantis atraído por esos ojazos suyos.
Aunque morir no es bueno ni malo, simplemente sucede.
Así que le deseo sin dramatismo o teatralidad alguna, larga vida (más que la mía) a miss mantis, ella sabe disfrutar del planeta con su orgullosa mirada y estilizada perfección letal.
Dios es un mierda, es imposible que la creara.

Foto de Iconoclasta.

Tengo el amor tan clavado en la carne que es imposible ignorarlo.
No hay día que esa astilla no se mueva y libere un doloroso placer enrojecido de una delirante esperanza, una ilusión cuasi infantil.
Y sin tocarme, se me derrama un semen como un lamento…
No hay día que cuando sangra al moverse, me libere de la carne haciéndome vapor hacia donde habita.
Soy nubes rectas como flechas, deshilachándose veloces para clavarme entre sus muslos.
Mi puño veloz como ellas fustiga hasta despellejar el deseo del cíclope amoratado y ciego. Mi bálano es un volcán incruento de bebés sin esperanza de nacer.
Amar es una acto de locura y un surrealismo impío que concilia el sueño y la realidad.
Y soy crema cálida desbordándose por su coño…
Mi amor que se hace jirones en el cielo indolora y majestuosamente liberando la energía que la urgencia tiene y haciendo por unos segundos, el pensamiento algodón.
Ser aire, al fin, en sus pulmones.
Porque adonde la carne no llega, el vapor lo inunda.
Si no fuera así ¿para qué existo?
Un semen desembocando a ninguna parte por las laderas de mi pene ardiente…
Solidificándose en frío sin sus dedos que lo templen.
Tengo el amor tan clavado que no comprendo cómo puede latir el corazón.
No entiendo porque quiere latir así…

Foto de Iconoclasta.

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Una nota que me acompaña desde que nací.

Porque nací en el mismo instante que supe de tu existencia.

Cuando ya había consumido demasiada vida.

La escribiste rápida con una sonrisa pícara en la cama y la pegaste en una página en blanco de mi cuaderno. Estabas desnuda y al reír tus pechos oscilaban hipnóticamente como el mar respira sus olas. Y te besé hasta el orgasmo.

Asistí al primer amanecer de mi vida a tu lado.

Aquella nota nunca se separó de mi cuaderno.

Y así, cuando soñando me alejo del mundo.

Cuando blasfemo por el mal lugar y tiempo en los que nací.

Cuando miro absorto la vida no humana del bosque.

Cuando duele algo en lo profundo de un hueso o bajo la negra piel sin sangre parece que corren hormigas.

Cuando cierro los ojos al placer e intimidad del silencio humano en mi elaborada soledad; abro el cuaderno y leo tu nota con tristeza porque no son tus labios acercándose sensuales a mi oído, los que susurran lo innecesario.

Estás en todas partes y en todas las edades del universo.

No es una nota, es un papel impregnado de la esencia de tu alma. Acaricio el relieve de tus palabras y siento que es tu piel cálida y vibrante, de una vida contagiosa.

Conservo como salvavidas tu breve y tierno pensamiento, grabado como hacían antiguos escolares, rasgando y arrancando cuidadosa y silenciosamente la esquina de una hoja de la libreta, para escribir una hermosa ingenuidad. Y entregarla con la mano rápida y secretamente en clase de historia.

Como renacuajos traficantes de amor.

Este posit es lo único palpable de ti, me ancla a la tierra donde tú estás. Un breve pensamiento como una sonrisa traviesa eternizada en mi cuaderno de locuras.

Podrías haber escrito “te odio” y seguiría sintiendo la suave y húmeda tristeza de no ser tu voz la que susurrara la confidencia.

Toda palabra que escribes está impregnada de ti como polvo de hada.

No podría olvidar amarte, cielo.

———————–

El hombre, inclinándose más hacia la rodilla donde apoyaba el cuaderno, repasó las letras del posit con el bolígrafo. Y cuando cerró la desgastada tapa de la enésima bitácora de la soledad, la guardó en la mochila como si fuera algo importante. Se levantó con cierta dificultad de la roca donde se había sentado muy cerca del río.

Y no había ilusión o emoción alguna en su mirada, nadie excepto él había escrito aquella vieja nota.

Salió al camino con el fracaso colgando de un hombro otra vez.

Con su solitaria mentira y el eterno fraude de sí mismo.

Tal vez, cuando encontraran su cadáver y alguien leyera esas dos palabras de la nota en su cuaderno, nadie pensaría que su vida había sido tan árida como él se sintió siempre de seco y vacío.

Carta

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