Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Las violetas son flores otoñales, pequeñas y abundantes, tan fuertes como bellas.
Los colores del otoño son sólidos y radiantes, tal vez como rebeldía a los grises que pronto traerá el invierno cubriendo la tierra y los seres.
Las pequeñas lilas son inconformidad. Florecen cuando la savia de los árboles bombea la última sangre y más espesa a sus hojas tiñéndolas de rojos trágicos, marrones y dorados; para al final morir en una bella tragedia. Cuanto más muere el bosque, más lucen estas pequeñas sus aparatosos violetas. La desgracia de unos seres es el placer de otros. Y también de una dulce melancolía que propagan todos esos millones de muertes incruentas.
Tal vez las margaritas áster saludan al frío, alegres de que se aleje ese sol abrasador omnipresente e inagotable que ha desecado la tierra y el pensamiento mismo.
Cuando las lilas, violetas y cardos lucen su radiactivo color, las lagartijas dejan de cruzar los caminos y trepar por los muros. Como mini dinosaurios que vuelven a extinguirse. Es un poco triste el paseo sin ellas…
Los cuervos no temen al frío o al calor, graznan malhumorados todo el año. Siempre tornasolados, metálicos. Inteligentes. Son la banda sonora del letal silencio del invierno.
Y ocurrirá que las pequeñas flores de otoño morirán cuando llegue el riguroso frío. Se marchitarán bajo la grisentería que enferma el bosque todo; haciendo de los árboles esqueletos con los brazos elevados al cielo pidiendo piedad.
Pisando hojas muertas me pregunto sin tristeza y con curiosidad si será el invierno o la primavera quien me marchite. Si pudiera elegir, quisiera caer muerto en el camino; preferiblemente en invierno. Hay menos gente, los cadáveres somos celosos de nuestra intimidad.
Me parece un final feliz.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Algún semi hombre impotente frente a una hoguera prehistórica nocturna con un collar de abalorios modelados con excrementos secos, predicó a aquellos monos humanos de la tribu que, se folla con la misión de procrear. Gozar es pecado, promiscuidad.
A medida que la civilización adquiría asentamientos fijos, los pecados, faltas y leyes se predicaban en templos construidos con el esfuerzo y la sangre de los creyentes para el brujo o sacerdote. Y más adelante, una casta de sacerdotes se hizo política.
Pocos hicieron caso de este follar reproductivo y gozaban; pero por mansedumbre, por miedo a las leyes de los dioses inventados por brujos y sacerdotes, aceptaron con falso arrepentimiento el pecado. Y por ello el castigo por el placer.
La humanidad es una especie imbécil y ha sobrevivido y evolucionado físicamente durante miles de años porque es plaga, como los insectos. Por muchos humanos que mueran, quintuplican sus nacimientos insectilmente.
Esta prédica religiosa y política, sobre la obediencia y el pecado de gozar se graba en las mentes de los niños con ejemplos de virtud, como pueden ser las hormigas y las abejas que trabajan hasta morir y sin lamentarse (de ahí también el uso actual del bozal o mascarilla en jerga nazi o fascista), para engordar a la puta reina.
Es un concepto llamado ahora “trabajo en equipo”, que se inculca desde tiempos inmemoriales en las mentes de los niños, para convertirse en la madurez en un mantra laboral siempre en boca del insecto u obrero productor humano. El trabajo en equipo consiste en anular la creatividad humana para evitar que ningún insecto sobresalga y usurpar el equipo de idiotas la inteligencia del individuo.
Al final, el 99,99 % (la minoría restante son líderes políticos religiosos y millonarios) de los cerebros humanos útiles solo trabajan como receptores de timos, dogmas y mandamientos fascistas, todo entra y nada sale de ellos.
Y como los líderes del panal u hormiguero son humanos, también son imbéciles; pero gracias a la enfermiza ambición genética y una paranoica codicia, han desarrollado instintos para convertirse en putas reinas del sucio termitero, con su imbecilidad intacta. Es la denominada suerte de los tontos, a los que se les aparece dios o la virgen y se consideran mesías de la mierda.
En fin, este pequeño ensayo explica que la especie humana, a pesar de los miles de años que holla sobre La Tierra, no pueda evolucionar: su reproducción insectil irremediablemente eterniza el gen imbécil.

Iconoclasta

Desde el gélido norte llega un cielo como el cobalto, pesado, denso, hermoso.
Monumental y devastador.
Deseo ser un efímero rayo parido por las bajas nubes y conocer que esconden dentro, durante mi infinitesimal y cuántica existencia, esos peligrosos bloques de vapor de plomo que si los ha creado un dios, felicidades al artista aunque no exista.
Tal vez no son nubes, es un planeta arrasando a La Tierra. Evoco aquella película, Melancolía. Y me fascina esta muerte a todo color…
Lenta e inexorable llega desde el filo del mundo.
Con un susurro triste le digo a nadie: “Aplastará a la montaña, nos aplastará a todos. Todo…”.
Y mientras la oscuridad avanza engullendo la luz, el heroico sol intenta lucir desde el oeste a través de un pequeño claro de vida, lanzando sus últimos rayos del día sobre el valle; pero es como la hipócrita y burlona esperanza que le da el sacerdote al pobre que muere de hambre.
No puede ganar.
Si se acercara el sol, si pudiera acercarse a su majestad la tormenta, las preciosas y radiactivas nubes lo devorarían sin piedad, sin maldad; como el león a la gacela.
Si es el fin de todo, me quedo. No quiero perderme el mayor espectáculo del mundo.
¿Sabes, cielo, que las pequeñas aves revolotean entre los últimos rayos del Sol y por algún mágico acto de última belleza parecen de oro? Se ofrecen con sus mejores plumajes en sacrificio a su inmisericorde diosa Oscuridad. Quisiera estar cerca de ti…
No es un lamento, es un grito de rabia a la vida que por fin se aplasta, con todas sus tristezas y fracasos.
¿Cómo me voy a ir y dejar abandonada esta belleza de muerte y vida, de luz y oscuridad?
Tengo el corazón de plomo, de alguna manera se lo robé al soldadito que no pudo besar a la bailarina. Los dos fallamos en lo importante de nuestra existencia. Fuimos plomo y a plomo morimos.
De repente me siento tan solo…
Siempre he pertenecido la oscuridad, la certeza llega con el primer trueno que quebranta mi pensamiento y la primera sangre que brota de mi oído.
Nunca podría haber sido un ave dorada.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Al “concebido no nacido” hay que protegerlo para que sea un ciudadano al cual colocar un bozal, segregar, encarcelar, extorsionar y arruinar. Se trata de eso ¿no?
El ex cacique no es mujer, ni sabe de lo más elemental que es una mujer, no sabe de su biología ni de sus aptitudes características, es un simple ganadero.
Biológica e intelectualmente, la madurez mental y física de una mujer de dieciséis años corresponde a la de un macho de veinticinco. Aunque no sea representativo de la actual sociedad aniñada y decadente, sigue prevaleciendo quieran o no, la genética y la biología.
El hecho de que a una mujer joven se la califique de niña, corresponde a un acto de degeneración y humillación del poder contra la población.
Es necesario para el estado hacer idiota a la gente para guiarla y educarla a su conveniencia. Idéntico a lo que ocurre con los curas y todo pelaje de religiosos: se ha de estigmatizar cualquier aspecto de la vida para que todo sea pecado y ellos, los religiosos, erigirse en guías y autoridad. La política es tan solo una evolución de la religión. Los políticos aportan además, la prostitución de la razón.
Lo del aborto ya es viejo como la vida misma, nadie desconoce las brutalidades cometidas por las mujeres, sobre todo las más pobres, en toda época de la humanidad para interrumpir el embarazo.
Y ahora quiere decir este cacique autoritario surgido como un protector de la humanidad con el coronavirus, un prócer de la bondad y la pureza; que las mujeres de dieciséis años no tienen cerebro ni razón para tomar decisiones en su vida.
Todo el mundo se equivoca en algún momento, quien impide la reparación del error convirtiéndose en juez de la vida es simplemente un hijo de puta.
Si una mujer de dieciséis quiere abortar, que lo haga. Porque lo hará por las malas y si no, parirá un hijo que no será bien amado. Y tendrá una vida perra como ocurre con todos los nacidos no deseados.
La mayoría de edad es solo una convención, como lo es la existencia de Jesucristo y el color rojo de los semáforos. Es un invento religioso para rebajar la autoestima de las personas que el estado pastorea.
Las mujeres jóvenes o mayores, deben hacer lo que crean conveniente, y si no ayuda el estado, que lo hagan ellas. Con su valor, con su pena, con su dolor, con su miedo, con sus dudas; pero que hagan lo que deban. Y lo que deben hacer es lo que en el momento de sus vidas es preciso. Incluso equivocarse, porque es el derecho básico de la vida, el de la experiencia, hijos de puta.
Convertir a una mujer en una idiota incapaz de decidir lo que le afecta directamente, es la monstruosidad primera de cualquier dictadura, fascismo o degeneración de la razón.
Por otra parte, que nadie se olvide que la infancia en los inicios de la era industrial, moría en las fábricas y minas trabajando a partir de los seis años.
Así que hay que proteger; pero en modo alguno negar la supervivencia de las personas y su gran capacidad de superar situaciones límite sin la ayuda de un apestoso político de cualquier ideología mierdosa, que lo son todas.

Tenía dieciséis años y no recuerdo sentirme especialmente imbécil, sino todo un hombre.

No se conforman con volar, tienen que trepar arriba y abajo por los árboles.
Volar es demasiado fácil, demasiado vulgar.
Son buenos escaladores…
Y yo solo hago lo fácil.
Mierda…
Verticalmente, cabeza abajo avanzan tan veloces como hacia arriba.
En la ribera del río, donde escribo a menudo, se me queda suspendida la pluma a unos milímetros del papel observándolos. Y me doy cuenta de que no es necesario escribir, solo ser. Al final, carezco de importancia.
Soy menos que ellos.
Escribir es una patética vanidad, un intento por trascender a nada.
Cuando el silencio es largo y sin roturas, se acercan y me miran desde el árbol girando la cabeza con curiosidad, me arrancan una sonrisa secreta. Y al cabo de un instante, se acercan a mis pies sin timidez.
Pero cuando se acercan las estridentes voces humanas o sus horribles músicas ajenas a ellos; se van.
Y me dejan solo con los que no quiero.
Quisiera trepar y volar tan veloz como ellos, para alejarme con rapidez de los otros, los invasores. Y no puedo, soy de una torpeza que me da vergüenza escribir.
Nací estropeado, o algo pasó que no fue bien en mi concepción.
Si fuera un trepador, no me acercaría a alguien como yo, tan anodino… Pero son buenos tipos. Demasiado buenos.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Cuando me estiro en la cama, aún no tengo claro si tengo aspecto de genio o de cortesana (puta, hablando en plata). Al despertar no tengo duda, me siento puta y muy trabajada.

Las águilas son vanidosas, afirmo.
Porque vuelan muy alto sin ser necesario.
La vanidad es un pecado inventado por los religiosos. Una forma de decir y adoctrinar a los devotos y crédulos que solo dios es digno de sentirse orgulloso de sí mismo y todos los hombres y mujeres son indignos de respetarse o enorgullecerse.
Vanidad u orgullo no es pecado, es la envidia y codicia del religioso. La enfermiza obsesión de los sacerdotes porque los creyentes sean débiles y tristes.
Temerosos hasta la obediencia indigna e imbécil.
Dicen curas y sacerdotes que ellos son los reparadores y sanadores de pecados. Y si no hay pecado se quedan sin trabajo y por tanto; su codicia desconsolada.
Y quieren enfermar para curar con oraciones que matan. Quieren la miseria para dar limosnas que provocan más hambre y debilidad.
Me gustan las águilas porque vuelan sobre toda mísera religión e ideología, como yo que soy mi propio dios.
Y soy perfecto.
Los fabricantes de pecados, miserias, debilidades y enfermedades, lloran cuando observan mi sombra planeando en el suelo.
Mientras yo viva, habrá un hombre en la tierra. Un hombre portentoso.
Y follo con las diosas.
Y desde sus sexos de labios húmedos que me enloquecen de deseo y vanidad, gotea mi semen que riega las catedrales, iglesias, pagodas, sinagogas y mezquitas, dándoles un perfume humano y noble, bendiciendo los templos y sus ministros y sacerdotes con la cremosa verdad tangible e indiscutible, sin debilidades ni enfermedades. Con la vanidad que yo cultivo celosamente en mis cojones.
Mis diosas orinan con traviesas sonrisas sobre crucifijos, lunas, tótems, pirámides y candelabros.
Preciosamente…
Soy el hombre dios que existe, suda y folla. No como esos dioses modelados con excrementos amasados con envidia, pereza, codicia, cobardía, fe y obediencia.
Si Dios existiera, se hincaría de rodillas ante mí.
Y le tiraría unas monedas al suelo y un trozo de carne podrida.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Dicen los gurús del buen rollo y la filosofía de cariz homosexual que no se puede vivir amargado.
Y una mierda.
YO vivo amargado desde que tengo conciencia de MI propia existencia. Ya de muy pequeño me escapé de mis padres siguiendo a un payaso hasta su camerino en un circo. Decidí que aquello que hacían era aburrido de cojones, así que me puse a investigar al payaso a ver de dónde coño salía.
No sé qué estarían haciendo mis progenitores, si estaban fumados ambos o qué; pero me escapé de ellos; y seguí al payaso que una vez en el camerino me dijo ¿Y tú qué haces aquí? Yo tenía apenas dos años y no supe que decirle porque era lerdo y tenaz no hablando. Hasta que llegó mi padre resoplando a buscarme, tras él cacareaba mi madre. Debí ser muy veloz y por ello esa respiración enfisematosa de papá. Gracias a mi padre en aquel entonces, nació mi amor por el tabaco, que en cuanto cumplí los trece (pasó muy lento el tiempo) comencé a fumar y hacerme cada vez más hombre, más perfecto, fuerte, poderoso y follador.
Ya empiezo a divagar…
Quiero decir que si me dan por culo, no le invito al estado a que me la clave otra vez.
Y que si alguien me pega una bofetada, le arranco sus mejillas con una navaja hasta dejar el hueso limpio.
En fin, que me paso por el nabo todas aquellas catequesis franquistas de los curas que tan de moda están ahora en las pseudo democracias fascistas y homosexuales del coronavirus, el cambio climático y la puta que parió al estado en pleno que surgió como un mal franquismo en aquel aciago catorce de marzo del 2020.
Claro que se puede vivir amargado, y ser guapo, inteligente, elegante, artista, fotógrafo, hijo de puta como nadie, fumador carismático, impaciente y cuando hay una tía buena y esperanza de follar, sacar la mejor de mis sonrisas también.
Soy el hombre definitivo. Y todo gracias a esa amargura tan mía que me hace tan desconocido de mierda a todo el mundo. Tan absoluta e impunemente anónimo.
Cagándose en Dios, vuestro puto servidor de mierda: Iconoclasta (como si queréis llamarme iconocojones).

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Ayer vi a un tipo con el bozal prendido del codo, preparado para colgárselo en el hocico ante una posible situación de peligro.
Me subió una náusea por el hedor de su cobardía, mezquindad y mansedumbre vacuna; pero encendí un cigarro y no vomité.
Pensé en la extinción de los seres serviles y cobardes como única forma de acabar con la miseria y la indignidad humanas, que son epidemia. Lo imaginé en una fosa a cielo abierto cortado a piezas, junto al hacha ensangrentada contaminada con su humanidad repulsiva.
Y me sentí dos veces bien.
En una sociedad decadente y cobarde, la imaginación es pura terapia para la serenidad, la mía.

Los políticos, jefes de estado, ministros y toda esa mierda del estado, es una raza que con solo un movimiento de cabeza condena a millones de personas al hambre y la penuria. Al genocidio y al encarcelamiento.
Está bien, que paguen. No se les puede tener lástima, son malos por naturaleza.
Y cuando te roban hasta el aire y quieren meterte en la cabeza una doctrina como si fueras una bestia de circo, siempre será una buena inversión comprar unas balas.
Y dispararlas contra el culpable.
Y que las balas hagan su trabajo. Hay tan poca mortalidad de políticos, líderes, jefes de estado y religiosos, que es frustrante vivir en esta sucia época de cobardes y borregos.
Lo malo, es el riesgo de que se encasquille el arma. Es la desgracia del pueblo, no tiene suerte.