Cuando escucho las sintonías de los dibujos animados de mi infancia pienso que entonces mis seres más queridos estaban vivos. No podía imaginar su muerte por esa inocencia que nos deja indefensos a todo. Y admito que nunca se me había ocurrido pensar que debería deshacerme del niño para ser hombre. Lo hice de repente, como una revelación que nada tenía de divina. Es mentira, el ser humano adulto no puede ni debe esconder al niño dentro de sí. Es obsceno solo imaginarlo. Lo ha de matar y asumir su forma definitiva adulta. Jamás un adulto debe usurpar edades que no le corresponden, porque es indignidad y cobardía. Los recuerdos de mi infancia son las pruebas del crimen, lo que queda tras el asesinato que cometí. Si te matas a ti mismo, matar lo demás es casi intrascendencia. Si has asesinado al niño que fuiste y te has untado la cara con su sangre, te has hecho adulto. Es un bautismo cruento. No hay lenta metamorfosis, un disparo en la cabeza y tomas el mando. Y mejor así. Si el pequeño residiera en una parte de mí se asustaría como cuando despertaba gritando por una pesadilla. La pesadilla era yo, el adulto, el poderoso; un tumor que acabaría con él. No lo echo de menos, no quisiera volver a ser aquel indefenso Pablín; pero a veces miro su esquela y le digo que lo siento; aunque no sea verdad, no puede hacer daño. Si el mal está hecho, no es necesario ensañarse más. Hay días malos y días peores. Mejor que esté muerto.
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.
Este pensamiento ya estaba escrito e iba a publicarlo cuando he sabido de la muerte de mi amigo, de mi viejo amigo Gerardo Campani. ¡Qué puta tristeza! Por eso es mejor que el Pablín esté muerto, para que no llore por las muertes de los seres queridos. Porque hoy, al saber de la muerte de mi amigo, hubiera llorado dentro de mí. Gerardo me llamaba blasfemo (con tal gracia que me hacía reír durante todo el día) a menudo, era un creyente, era uno de esos genios que sabía lo muy puta que era la vida y aún así, cultivaba una ternura rayana en la inocencia con su creencia religiosa. Varias veces le hablé a mi hijo de que era realmente uno de los pocos y grandes amigos que tenía, un académico de la lengua con un elegante sarcasmo que para si hubiera querido Camilo José Cela. No siento en absoluto lo que voy a decir, él sabía que lo quería mucho, incluso sonreiría por esto; que Dios se pudra por lo que ha hecho. Hago un ejercicio de esa fe optimista de Gerardo, y digo que pronto me tocará a mí, y allí nos encontraremos. Que se pudra Dios, porque ha estropeado más el mundo al matarte, amigo mío. Que se pudra…
Si al español medio, al votante usual y visitante asiduo de los centros comerciales, se le supone una edad intelectual media de unos cinco años infantiles, los políticos ascienden en el escalafón intelectual hasta una madurez máxima de siete, ocho años máximo. Es por ello que se pueden subir tranquilamente en la chepa de sus votantes y darles por culo con una sonrisa comprensiva del sodomizado. Ambas especies están muy lejos de mis ciento setenta años de madurez mental. Bueno… Que se le va a hacer, hay idiotas ricos, idiotas poderosos, idiotas pobres, y luego estoy yo. Mi humildad es algo que llevo con dignidad; aunque si pudiera compraría una de las muchas y follables presentadoras y mentirosas profesionales de los telediarios, elegida al azar, para hacerla puta mía de lujo. Visto esto, si el nuevo y normal fascismo español del coronavirus decretara a su chusma votante y obrera (sin que le temblara la mano) el viaje de una nave espacial al Sol para embotellar rayos UVA y Gamma de primera calidad con los que combatir el coronavirus, más conocido como La Covid 19. Y por ello, decretara a su vez un nuevo robo o estafa subiendo el IVA en todos los productos de alimentación y profilaxis un 1000 %; los que disfrutan de una mentalidad de cinco años, aplaudirían ilusionados (otra vez) y colgarían de sus ventanas y balcones pancartas con dibujitos de Pocoyo y mensajes como: “Todo irá bien”, “El Sol nos cuidará, el Sol nos salvará, el Sol es nuestra esperanza”, “Os esperamos astronautas, feliz viaje, ángeles”, “Que viva el Zumosol” y más mierda como éstas. Los más lelos, con su bozal muy bien puesto, irían por la calle con botellas vacías de vino, sin tapón, para recoger rayos de sol y ducharse con ellos en la intimidad y la endogamia de sus casas de mierda. En definitiva, si a los españoles les venden que se puede viajar al Sol; los españoles buscan en internet vuelos low-cost de fin de semana a Nuestra Preciosa Estrellita con gafas ahumadas de regalo. El resto del mundo, sobre todo países con cierta dignidad y valor, como Holanda y algunos países nórdicos; incluso algunos mexicanos relajados del miedo; exclamarían: “Pinches españoles culeros”. Y así, en dos semanas el nuevo y normal fascismo español con sus infantiles votantes, vencerían y erradicarían el coronavirus cambiándolo por una epidemia de cáncer de piel que los mataría a todos lentamente y aplaudiendo a sus respetados caudillos y sus decretos de mierda; dejando (con un poco de suerte) espacio a nuevas generaciones con una mejor y mayor madurez mental y dignidad.
No se puede entender el amor como ocurre en las películas, la literatura, la música o el arte. Se debe tener muy presente, porque las artes existen para evadirse de la realidad. De la mediocridad. Ir a un museo o al cine para ver más de la misma decepcionante realidad sería un asesinato a la imaginación. El amor real (si lo hubiera) no alimenta el cuerpo ni construye decorados preciosos. El amor real se diluye, se asfixia con mil y un problemas que lo sepultan todos los días a lo más ignorado del pensamiento. Cuando el amor debe compartir espacio con la supervivencia, ésta lo pisa, le mete la cabeza en el barro. Porque la supervivencia es feroz, nada puede oponerse a la instintiva lucha por la vida. Podríamos pues, concluir que el amor, el romanticismo es el producto de una sociedad acomodada, ergo decadente. Tal vez… Pero para eso existen las artes y el cine, para proteger el amor de la decadencia y la indignidad. Y la dura realidad es que solo unos pocos privilegiados decadentes pueden vivir del amor bohemiamente. Además de esto, el amor es sesgado porque el hedonismo va de su mano. Y la búsqueda del placer per sé, es una de las grandes aspiraciones de cualquier ser humano. Es lógico pedir otro amor, y otro, y otro. Renovación. Es tan bello tan trascendente que, sería estúpido castigarse, castrarse. Y también es cierto que la lealtad es una virtud hermosa: ahí radica también la lucha, la tragedia de amar. El mundo, la vida está llena de posibilidades y cuanto mayor es la imaginación, las ansias de amar son más voraces. El único amor, esa unión religiosa de por vida, es una imposición de los poderes políticos, religiosos y económicos que pretende limitar la felicidad y el placer para dedicar todo el tiempo de vida posible del trabajador al enriquecimiento de los que ostentan esos poderes. Tampoco hay que confundir la búsqueda de amores con la poligamia; el amor debe ser único en su justo momento, es su naturaleza voraz y acaparadora; fiel hasta que se extingue y dure lo que dure. La poligamia es solo ganadería, reproducción. Putas y putos en un corral de gallos y gallinas ponedoras que follan como si cagaran. Necesitamos la literatura, las películas, la música y las artes para que nuestros sueños e ilusiones adquieran el tinte de la posibilidad, aunque solo sea por un par de horas un día en el cine, frente al televisor, escuchando esa música preciosa que nos transporta a un tiempo y lugar que está lejano, tanto en el pasado como en el futuro. Un par de horas de amor hermoso en esta vida inmersa en una sociedad venenosa que es pura mezquindad y mediocridad, puta mentira y abuso. Y estafa. Hay mentiras hermosas por las que vale la pena abandonarse un tiempo y solazarse en una desinhibida ingenuidad.
No ha conocido jamás una época de tanto trabajo. Ni de tantos desengaños. Hay cientos de miles de almas que se han encontrado entre los circuitos electrónicos, con una inmediatez que supera sus esencias humanas y por tanto su vida. Los cuerpos no pueden moverse a la velocidad de la luz; por ello hay tanta frustración y crean necesidades que realmente no lo son para entenderse a si mismos, para curarse. Los expedientes de amor se acumulan y son tantas las esperanzas infundadas, que la tristeza le contagia. Tantos amantes desincronizados en el tiempo y en el lugar… La tecnología es una apisonadora que no da un respiro; descuartiza a los amantes en partículas infinitesimales que vagan en frecuencias que no importan a nadie más que a lo que queda de ellos. Y mueren amores, las pieles vagan por un limbo de penas, insensatez y locura. No hay un respiro para reflexionar y que la madurez guíe en consecuencia a esos hombres y mujeres entre todas las posibilidades y lo imposible. Pero él es quien dicta sentencias y cree en el amor y su fuerza que, trasciende más allá de lo que la razón pueda aconsejar. Y aunque duela, el amor necesita una oportunidad; que sea efímero o no es una cuestión que no sopesa ningún amante. Se ama en presente, sin fin. Se ama con una fuerza sísmica; la misma que un día arrasará todas las ilusiones. San Valentín solo quiere un descanso a todas esas contagiosas melancolías y tristezas de esperas y soledades compartidas mediante impulsos eléctricos. Se siente pringado de desesperaciones y anhelos. Las almas que antaño no llegaban siquiera a sospechar la existencia de quien hoy aman, son legión buscando el ansiado encuentro entre palabras fulgurantes y suspiros que empañan las pantallas. Son muchas melancolías que gestionar. Fuma y observa desde la ventana de su despacho en el ministerio del amor, en el octavo coro celestial, a los amantes sorteando como buenamente pueden sus horas de soledad. Y como en casa del herrero, cuchillo de palo; San Valentín está solo, solo y triste, solo y agotado. Solo y abandonado. Sentencia un amor por vía ejecutiva y respira aliviado, la número ochocientos mil quinientos seis en lo que va de jornada. No quiere mirar a su izquierda, donde hay pilas de expedientes que suben hasta el techo. No quiere pensar que muchos amantes, cuando dicte sentencia, ya estarán muertos. San Valentín desearía que las computadoras ardieran, es inhumano tanto trabajo. Es cruel. Tantos perfiles que acarician punteros inútiles, tantas necesidades y mensajes y promesas y sueños… Sabe muy bien que muchas de las peticiones de encuentro de amor que se han solicitado con tanta urgencia, acabarán en un desengaño. Y deberá anular la sentencia que ayer dictó. Muchos de ellos llegan a la decepción de que no son especiales cuando los besos no son lo que soñaban, lo que sus labios pedían; cuando el abrazo no llega al tuétano de los huesos. Y sentirán vergüenza de su infantilismo y del padecimiento de meses de angustia de espera que han empleado en nada. Solo un microscópico porcentaje durará el tiempo suficiente para llenar años juntos o hasta su muerte. Aquellos pobres románticos que añoran escribir al ritmo de su pensamiento, reflexionando sobre cada idea y emoción que traza la pluma en la carta que envían a su amor. Aunque tarde en llegar. Que los amantes tengan una prueba tangible de amor entre sus vacías y necesitadas manos, es el único consuelo a esas distancias y tiempos aterradores que tienen por delante. Esas palabras en un papel bastarán para alimentar la fuerza necesaria para afrontar las esperas. Y para llorar la muerte con cierto consuelo cuando se da el caso. Por poco que vivan, habrá valido la pena el agotamiento de San Valentín. El amor vale lo suficiente para merecer un papel escrito con amor, algo a lo que aferrarse cuando la soledad y la desesperanza los aplasta. Es un sacrificio hermoso, si lo fuera. Porque lo que amas no es sacrificio. El amor solo exige ilusión y determinación. Qué menos que tener la esencia de alguien en el papel que ha tocado, leer las palabras que salen directas de su sangre. Y llevar toda esa triste pasión al pecho cuando duele. Bálsamos de amor de tinta y papel aplicados al pecho, al corazón… ¡Qué belleza! Y eso se acabó… San Valentín piensa que incluso se ha banalizado el amor. San Valentín no tiene quien le escriba. Ni tiempo para amar. Está agotado y no sabe si podrá continuar por más tiempo dictando sentencias de amor. San Valentín piensa que se han vuelto todos locos. Y él es solo uno. Y está solo. Y un revólver descansa junto a su tabaco, para dictar su propia sentencia de paz.
Sentía la almohada en mi rostro, suave y dulce; una mortaja de paz. Y soñando en ella, avanzar por un camino de vapor de seda y calidez. Algunas cosas, algunos seres, muchos; iban delante de mí, detrás y a los lados, rodeándome. A todos los sentía, los reconocía, avanzaban felices, festivos. Y ninguno era lejano. Era todo lo que me ilusionó e ilusiona, todo lo que amé y amo. Todo estaba a reventar de vida, los podía tocar, abrazar, besar, les podía sonreír sin tristeza. Estaban tan vivos que me contagiaban alegría y fiesta. Vi Su bondad, la belleza de la inmensa ternura y alegría que la Muerte trae. Y lloré con los ojos cerrados cálidas lágrimas de descanso. Y la serenidad impregnar una sangre que ya no tenía. No puede ser un sueño… Me decía. Las lágrimas que se escapaban por mis ojos cerrados, daban una humedad de realidad al sueño mojando la almohada y de mi rostro hacía un difuso recuerdo. No puede ser un sueño. Me repetía… Por favor, que no lo sea, que no lo sea, que no lo sea… Me aferré a la almohada, al sueño, para no perderlo en ningún momento. Para no volver de aquel camino, de aquel mundo de dicha absoluta. Y Cantares de Serrat era un himno de una belleza que me arrebataba cualquier valor que un día pudiera o pude haber tenido para dibujarme la sonrisa más feliz que nunca haya esbozado.
“yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”.
Nunca me había sentido tan bien llorando. Qué bello es morir… Caminaba entre recuerdos traviesos, tan diminutos como miniaturas. Y eran miles. Y Super Mario tan pequeñito, corría y saltaba y me hacía reír… Pinche Mario… Todo aquel desfile de mis recuerdos y yo, que también lo era; formábamos una silenciosa dicha presurosa. Y una sonrisa cubría mi alma. Todos éramos táctiles, los recuerdos se hicieron sólidos… La muerte es Dios resucitándolo todo. No teníamos prisa por llegar no sabíamos adónde; pero casi corríamos solo por gozar de aquel camino sin fin. No sé, pero era tan extraño… ¿O era la simple alegría de una hermosa muerte? Qué bello es morir… Un estruendoso y silencioso rumor de alegría; lo llenaba todo, toda mi vida, toda mi bella muerte. Y mis lágrimas tibias, de aceite… Por favor, se parecían a los labios de mi madre y mi padre cuando de pequeño me besaban, antes de ser la bestia. Padre y madre estaban allí… Ya no eran una tristeza. Quiero llorar, no quiero dejar de hacerlo. Qué bello es morir… ¿Quién puede querer una resurrección y volver? Qué bello es morir…. Cuando las lágrimas se deslizan por los párpados cerrados, crees que pequeños ángeles te besan los ojos.
“Me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse… Nunca perseguí la gloria…”.
He despertado sin recodar durante unos instantes, que una parte de mí está muerta y al plantar el pie en el suelo, no ha dolido. Hoy no ha dolido. Y la almohada estaba mojada. Y mis ojos también. Y sentía la tristeza de un sueño que tan solo era eso, mientras que aún resonaba en mi cabeza el eco de las silenciosas alegrías de mis amigos los recuerdos. Super Mario que no estaba quieto… Qué bello es morir… Qué pena, que puta pena volver.
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta. Versos de la canción Cantares, de Joan Manuel Serrat.
Sin novedad alguna continúan las oscuras noches de prisión, policías y ratas; en un “democrático” toque de queda marcial. Siguen eternas las putas noches fascistas de una España Cobarde y Castrada. Una, enferma, cobarde y mezquina; debería ser su lema.
Las noches del miedo y la sumisión son noches de vergüenza y asco. Putas noches…
Las noches de los aplausos y la indignidad son noches de vergüenza y asco. Cochinas noches…
Las noches de la desconfianza y el acoso son noches de vergüenza y asco. Sucias noches…
Las noches de la hipocresía y la ignorancia son noches de vergüenza y asco. Apestosas noches…
Las noches negras de espías y envidia son noches de vergüenza y asco. Repugnantes noches…
Las noches de la pobreza y amén son noches de vergüenza y asco. Pornográficas noches…
Las noches de ratas y policía son noches de vergüenza y asco. Bastardas noches…
Las noches de cárcel y calles oscuras son noches de vergüenza y asco. Perras noches…
Las noches de televisión y mentiras son noches de vergüenza y asco. Mezquinas noches…
Las noches de los caudillos, caciques y serenos son noches de vergüenza y asco. Vomitivas noches…
Las noches del coronavirus y el fascismo son noches de vergüenza y asco. Enfermas noches…
Son las auténticas noches de la vergüenza y el bochorno, en las que los caudillos y caciques decretan que la libertad es enfermedad y los mediocres frente al televisor y el móvil, lo creen con fe analfabeta. Son las noches que avergüenzan a mujeres y hombres; y dan paz y protección a las bestias de las granjas humanas. Y a la noche de la vergüenza y la náusea, le sigue el amanecer indigno del bozal y las miradas cobardes. Un nuevo sol para respirar el aire corrupto que se acumula en el bozal de sus hocicos medrosos.
El nuevo y normal fascismo español del coronavirus, del miedo y la vergüenza; ha llevado a España a la edad media, de donde nunca debería haber salido.
Otro nuevo día. Amanece en la república bananera del fascismo español tras una noche de ratas, bofia y basura. Las únicas cosas que pululan en las tiranas calles frías y malolientes Las tres cosas se llevan fenomenal en la nocturnidad franquista. El toque de queda no frena el coronavirus, ni los bozales; cosa que no le importa al Caudillo, ni a sus caciques. No es por eso la cárcel nocturna, es algo más mezquino, más criminal. Y mientras la cosas ocurrían o no, soñaba con un follar cremoso. Su vagina voraz pulsaba exprimiéndome de la polla hasta la última gota de mi humanidad retornándome a la animalidad más salvaje. Era táctil, era húmeda la onírica realidad fascinante. Después he despertado de nuevo en la pesadilla de siempre con la polla aún dura y el glande agotado y empapado. Y está bien. He jugueteado con una navaja sin precisar ideas, solo tabaco y café. Ha sido una buena noche, definitivamente. Mi lascivia es solo comparable a mi absoluta indiferencia a quien vive o muere. Me pregunto si padre y madre podrían imaginar en lo que me convertiría, en una nocturna obscenidad insaciable ajena a todo, cruel con precisión y un vocabulario perfectamente escogido, ni una palabra o idea al azar. El amanecer hace foco en la mezquindad: en los que se colocan el bozal en el hocico y sonríen invisiblemente a un nuevo día de mierda, a la madre puta cobarde que, tiene miedo a que su hija entre en casa y la contagie de coronavirus. A las embarazadas desarrollando fetos de rata que nacerán vestidas de humanos y roerán libertad y dignidad hasta pudrirse en vida. Y yo cierro la ventana a la mezquindad. Rezo cosas innombrables cagando y jugando con un videojuego. Bofia, ratas y basura… Estoy a salvo de toda esa mierda. Y ahora ya tengo hambre. Que los jodan a todos a plena luz del día. Que los tigres y los leones los devoren. O las bombas hagan su trabajo, hasta que la cobardía desaparezca de toda estirpe humana; o que desparezca toda estirpe humana, me da igual. No importa, ya he vivido suficiente y no quiero más mierda. Bon apetit.
He mirado hacia el cielo, de noche y de día. He observado el mar, sus olas y su serenidad. El río cuando fluye y cuando es hielo. He visto la degeneración y la descomposición de la carne, y también la he follado. He amado a mis pequeños compañeros de vida, y he llorado su muerte piadosa por la bondad del veterinario. He visto y derramado las lágrimas del dolor y el miedo y las otras, las de los cobardes. He escuchado tu respiración en el orgasmo y durmiendo. Y a las montañas respirar por las mañanas y hacerse negras como la muerte en la noche. He visto a un bebé nacer y hacerse hombre. He visto tantas cosas que se amontonan unas encima de otras. Y la ganadora de este concurso a la cosa más fascinante, eres tú y tu respiración, no hay nada comparable a lo que siento cuando gozas y cuando descansas.
“1984 (en su versión original en inglés: Nineteen Eighty-Four) es una novela política de ficción distópica, escrita por George Orwell entre 1947 y 1948 y publicada el 8 de junio de 1949. La novela popularizó los conceptos del omnipresente y vigilante Gran Hermano o Hermano Mayor, de la notoria habitación 101, de la ubicua policía del Pensamiento y de la neolengua, adaptación del idioma inglés en la que se reduce y se transforma el léxico con fines represivos, basándose en el principio de que lo que no forma parte de la lengua, no puede ser pensado. Muchos analistas detectan paralelismos entre la sociedad actual y el mundo de 1984, sugiriendo que estamos comenzando a vivir en lo que se ha conocido como sociedad orwelliana, una sociedad donde se manipula la información y se practica la vigilancia masiva y la represión política y social.” Wikipedia.
El fascismo, sea como sea y donde sea, pretende inyectar en todo momento y lugar su ideología y marcadores de conducta. Primero lo intentó metiendo porquería falangista, socialista, comunista y revolucionaria en los cráneos vacíos del pueblo. O sea, adoctrinando al vulgo mediante himnos y panfletos de un mundo mejor y justo. La radio acostumbró al rebaño a reunirse en torno a él para escuchar los mensajes del poder y unas noticias que aún no podían ser amañadas a la velocidad adecuada. Luego inventaron la televisión para que cualquier piojoso gobierno entrara en las casas de su ganado con un rostro familiar. Con la informática llegó la corrupción del periodismo, amañar las noticias a la velocidad de la luz, incluso la historia. Mientras tanto, mediante reformas de los sistemas educativos entraban en los colegios para hacer idiotas a los niños, amañando y ocultando la historia para crearles una burbuja de bienestar y permisividad en la que se hicieron cobardes y mansos. Los incitaron a la ingesta masiva de alcohol y drogas narcóticas; castigando, a sí mismo, el tabaco (ya que es un hábito reflexivo y no narcótico) y refrescos (ya que el azúcar es el alimento que más consume el cerebro). Entre otras cosas les enseñaron que en el homosexualismo y transexualismo son todo ventajas y les negaron el conocimiento de las infamias de la historia para mantenerlos ciegos y torpes. Crearon las redes sociales para que esos idiotas que crecían, se sintieran formar parte de una gran rebaño de reses, y felices por ello. Con las nuevas redes de telecomunicaciones de gran potencia y alcance directamente en el teléfono móvil del ganado, consiguieron un gran y útil control estadístico, de movilidad y veterinario. Y provocaron un estado de alarma planetario para robar cualquier asomo de libertad y someter al populacho a sus decretos mediante histeria colectiva, por medio de una simple gripe; y todo ello con la alegría de los idiotas, a pesar de la cárcel y la ruina. De la evidente estafa. Y ahora, lo definitivo: inyectar la mierda de su ideología y control directamente en la carne, en la sangre de la hiper adocenada chusma. Le llaman vacuna, precioso; el fascismo hace alarde de una poesía de niño de cinco años. Y si alguien se piensa que no habrá marcadores en sangre, debería dar un repaso a su madurez intelectual. Antes han asesinado a muchos miles para crear un gran estado de alarma y pánico social que lleve a las reses a vacunarse ávidamente, desesperadamente. Y ahora, tendrán a sus cerdos, vacas, gallinas, cabras y ovejas, sometidos a un estricto control, con una precisa ubicación cada una de las bestias votantes. Orwell se quedó muy corto con su 1984 y sus ovejas mansas y estúpidas; pero con sus gobernantes fabricando noticias y rehaciendo la historia a su conveniencia continuamente, hizo gala de una precisión quirúrgica, es plena actualidad. Es literal a la novela lo que los fascismos que antes decían ser democracias, con la estafa del coronavirus han llevado a cabo el más importante y global movimiento dictatorial jamás creado y han subordinado toda noticia, toda literatura y arte en pro de su ideología y fines lucrativos y de poder estafando con el método epidemiológico. Que Orwell se quedara corto describiendo una sociedad de mierda como esta en la que estoy viviendo, es normal. Nadie podría haber imaginado el grado de mezquina decadencia en la que se precipitarían las actuales sociedades. Orwell era un cándido que sobrevaloraba al género humano. Un ser humano capaz de escribir sus ideas con claridad e imaginación, es uno entre millones. Su existencia nada tiene que ver con la inteligencia ni las habilidades de la especie humana. Los nuevos y normales gobiernos fascistas del coronavirus están formados por una piara de trileros con una corrupta ambición como nunca en la historia se había visto con tanta desfachatez y ceguera por parte de un populacho endogámico; sin rastro alguno de dignidad e inteligencia, salvo la básica del cobarde para encontrar un lugar donde esconder su cabeza vacía de todo. Los actuales presidentes y ministros de los países más ricos y algunos, como España, de los más pobres, son auténticos degenerados como el mesías Hitler; solo que con otros trajes, otro decorado y, sobre todo, con la retórica de los telepredicadores y sus mandamientos sagrados: Si respiráis sin nuestro permiso, moriréis. Si os movéis donde os prohibimos, moriréis. La libertad os matará. Y sin nosotros moriréis. Los nuevos fascismos surgidos con la estafa del coronavirus, han adquirido un carácter mesiánico para un rebaño degradado globalmente en su salud e intelecto que, en lo más absurdo nunca visto, se ha dedicado a aplaudir desde los balcones y ventanas de sus prisiones a sus perros carceleros: la feroz y carente de cerebro policía y ejército; cuando según las noticias del nuevo y normal régimen fascista, estaban muriendo cada día centenares de reses. Los actuales trileros fascistas electos en una falsa democracia, son unos genocidas que nada tienen que envidiar a los nazis o a los jemeres rojos. Se dice que cada pueblo tiene el gobierno que se merece; pero los pueblos nunca han tenido la habilidad y la oportunidad de merecer nada, de la misma forma que las vacas no saben que las llevan al matadero hasta que las destripan; un colectivo, o un conjunto de reses humanos jamás podrá crear nada, y menos de provecho. Son meros esclavos al servicio de reses que son poco más listas que ellos. El asesinato del individuo, como libre pensador, ha sido la consecuencia de una sociedad insectil, basada en la importancia del rebaño. Y ser parte de un rebaño es el más grande y ofensivo insulto que a un ser humano se le podría hacer, salvo ahora, en esta sociedad endogámica, asfixiante en su cobardía, analfabetismo y dejadez.